La privacidad, el mejor regalo

  • Fecha lunes 26 de diciembre del 2016
  • Fecha 8:50 pm

Fue el año pasado, cuando el niño, quien es un gran entusiasta de la Navidad, y que apenas acababa de regresar con su madre de un viaje al extranjero, me daba el encargo de buscar una película basada en un cuento llamado “Elf on the Shelf”. Mientras lo hacía, me dijo que se enteró de la historia gracias a otros niños con los que había coincidido en un lugar tan lejano como el Sudeste Asiático, niños que tenían el libro y el muñeco y que hablaban del relato como algo típicamente navideño. Yo no recordaba esa historia de ninguna parte, pero terminé preguntándome: “¿Quién sabe?”. Poco después, googleando encontré la portada del libro, la cual no dejaba espacio para la duda: “Elf on the shelf. Una tradición navideña”.

Pese a la clara alusión a una tradición, esta historia no existió hasta el año 2004, cuando fue creada por una madre y su hija como un libro autoeditado. En pocos años, el cuento, el muñeco y la película, que por cierto es muy mala, se convirtieron en una máquina de hacer dinero. De pronto este Elfo o duende estaba presente en todos lados; tanto que en 2016, en Estados Unidos y algunos países del hemisferio norte, ha aparecido en programas de televisión, desfiles, notas periodísticas, blogs y redes sociales(en Perú sus menciones en internet se han disparado del año pasado al actual). La historia que narra el cuento es simple. Todo se basa en un Elfo de felpa que se regala a los niños y que cambia “mágicamente” de ubicación todas las noches. Todo ese tiempo, hasta la Nochebuena, estará observando si los niños se portan bien o no para decírselo a Papá Noel.

Como bien señaló días atrás el periódico The Guardian, “Elf on the shelf” es el muñeco o regalo “post-verdad”. Se vende creando la ilusión de ser una tradición cuando nunca lo ha sido. El problema es que “Elf..” además de ser un producto netamente comercial, tiene un peligro adicional. Acostumbra a los niños a vivir sometidos a un estado de vigilancia permanente. Ese que ha llevado a que el derecho a la privacidad en internet sea un reclamo no solo de activistas sino de la sociedad occidental actual; nadie quiere vivir en un estado similar al que planteaba el gran hermano de la novela “1984”. Una situación a la que sabemos que nos estamos acercando gracias a las filtraciones de Edward Snowden, Wikileaks o las leyes que en diversas partes del mundo otorgan a los gobiernos el derecho a acceder a todo tipo de información personal de sus ciudadanos con el fin de combatir la amenaza terrorista.

Pero en estas navidades no es “Elf on the shelf” el único obsequio que genera debate sobre los menores y su derecho a la privacidad. Diversos juguetes y regalos tecnológicos están poniéndola directamente en riesgo. Ejemplo de ello son las muñecas “My Friend Cayla”, “Hello Barbie” y un robot infantil llamado “I-Que”. Los tres juguetes tienen un gran atractivo para los niños de la era de internet y es que ellos pueden conversar con estos y esperar de los mismos respuestas inteligentes a diverso tipo de preguntas. Todo gracias a que los artefactos mencionados cuentan con software de reconocimiento de voz e inteligencia artificial conectada a internet. El peligro no está solo en que estos juguetes escuchen constantemente a los niños y guarden dicha información personal en servidores remotos con el riesgo de que la compartan con terceras partes; es que además, también pueden ser hackeados como se demostró en un programa de la BBC unos meses atrás, cuando se introdujo lenguaje impropio en la respuestas de uno de estas muñecas ante una típica pregunta infantil. Demás está decir que hoy en día el objetivo principal de los hackers se encuentra en los dispositivos conectados a causa de su relativa sencillez y mínima protección ante ataques si los comparamos con una computadora apena provista de antivirus.

Por otro lado, dos productos tecnológicos que en el hemisferio norte han sido sensación como regalo estas fiestas, también plantean serias dudas sobre que estamos compartiendo o no a través de internet. Uno de ellos es “Echo” el asistente para el hogar de Amazon, el otro “Google Home”(pronto se les sumará “Jarvis” de Facebook el cual aún está en desarrollo). Ambos dispositivos están destinados a facilitarnos la vida en el hogar digital. Se les puede, tanto ordenar que busquen algo en internet sin tener que encender la computadora, como solicitar que pongan un video de Youtube en el televisor o apaguen las luces de la sala. El problema es que para hacerlo tienen que estar escuchando todo el tiempo lo que uno dice. Y si bien se puede desactivar el botón del micrófono, seamos sinceros..Una vez acostumbrados a dar órdenes al dispositivo para que encienda o apague el televisor o las luces ¿Quién tiene ganas de levantarse del sofá una y otra vez para desactivarlo?.

Dos son los riesgos en un mundo en el que los hogares empiezan a integrar dispositivos conectados. El primero, el aceptar una cultura de vigilancia permanente y el segundo, el que estos dispositivos cumplan funciones distintas a las concebidas en su fabricación a causa de la intervención no autorizada de terceros. Son dos aspectos que forman parte del mundo actual en el que vivimos y para las cuales recién se están estableciendo mecanismos y protocolos destinados a protegernos. Si bien es estupendo que las máquinas en base a escucharnos todo el día faciliten nuestra existencia gracias a predecir que queremos o que vamos a hacer, también es necesario que encontremos la forma de contar con cierta intimidad. Por lo que no cabe duda, de que si hay un regalo que valdrá la pena tener en cuenta en las navidades futuras este será el derecho a gestionar y cuidar nuestra privacidad.

 

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