¿Debió el fujimorismo entrar al gobierno?

El fujimorismo debió ofrecer desde el primer día al gobierno asumir el premierato y entrar al gabinete.

Hacerlo no le habría reportado pérdida de terreno político ante la izquierda. En el último año habría tenido tiempo de sobra para desmarcarse. A cambio, en una democracia de baja gobernabilidad como la nuestra, habría cumplido con el servicio civil obligatorio de apoyarla activamente.

Eso es lo que los peruanos esperaban. Ese era el mandato. No una oposición que no aportara activamente. No una que aguardara pasivamente a ver pasar por el río el cadáver del adversario.

Para Keiko habría significado aprender la administración del gobierno desde dentro, algo que aun necesita conocer y para lo cual no ha tenido oportunidad. De ser exitosa su gestión, habría sido el mejor título para pedir a los peruanos la oportunidad de seguir adelante en un nuevo gobierno.

Más pudo el temor de fracasar, sin embargo. No sospechó Fuerza Popular que ese temor era una profecía que se cumpliría a sí misma: que su abstención del gobierno profetizaba el fracaso que también podía ser el suyo.

El verdadero parteaguas de la política peruana no es el que separa al gobierno del fujimorismo, sino el que separa a ambos de la izquierda radical, que una vez más ha intentado imponer su agenda mediante la violencia en las minas y otros espacios políticos.

Por lo mismo, todos los gobiernos recientes han terminado echando a la izquierda caviar, luego de intentar inútilmente llegar a términos con ella solo para terminar dándole al cabo, una vez más, las gracias por los servicios prestados.

Hoy vuelve a abrirse la ventana de oportunidad de lo que debió ocurrir desde un principio: que el fujimorismo presente un frente unido contra la izquierda radical con el gobierno.

No con una sola de sus alas, sino con la fuerza de ambas.

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