El virus duerme

¿Por qué no habría de poner un alcalde la mafia de Chilca si una empresa brasileña corrupta puede poner presidentes en el Perú? Es el mismo fenómeno, la diferencia está en la escala. La mafia puede deshacerse del alcalde cuando ya no lo necesita. El encarcelado dueño de la empresa puede hacer meter preso a ex presidentes para que su delación sea eficaz.

La corrupción es un virus, se expande siguiendo las mismas leyes probabilísticas. La corrupción es altamente contagiosa. Infecta el principal mecanismo del mercado: la libre competencia. Si una empresa es desplazada del mercado por un competidor corrupto y la situación se prolonga en el tiempo sin ser atajada por la acción del Estado, las empresas tarde o temprano tendrán que optar entre venderse a la corrupción o la quiebra.

Así, por ejemplo, la demolida constructora peruana debe estarse preguntando: ¿qué se suponía que hiciera, quebrar dejando en la calle a diez mil trabajadores? No es una defensa legal eficaz, pero puede ser un atenuante ante los ojos de los peruanos que viven lo mismo todos los días en pequeña escala.

Nadie lo sabe mejor que la población de Chilca o la del Callao. O la de Ancash, Moquegua o Ayacucho, cuyos gobernadores están sentenciados, o las otras once regiones cuyos gobernadores están procesados o investigados. ¡Catorce regiones atacadas por la corrupción de un total de veinticinco! Eso ya cae fuera de toda normalidad. Es peor: en los últimos diez años se ha sentenciado a otros siete ex gobernadores distintos de los anteriores y procesado a seis.

La corrupción se desató viralmente como una explosión en cadena en los años recientes, de vacas gordas, a causa de la masiva transferencia del presupuesto público a los gobiernos regionales. ¿Quién es responsable? Además de las corruptos, la vehemencia política inexcusable que creó arcas abiertas en la ingenua creencia de que así el crecimiento se aceleraría. Y por la omisión flagrante, luego, en detener a tiempo la corrupción.

Confinar al virus de la corrupción y mantenerla dentro de dimensiones “normales” pasa por un rediseño institucional de los tres poderes del Estado. El poder judicial es un escarnio cotidiano y debe ser devuelto a un único sistema de justicia bajo la autoridad de la Corte Suprema. El poder Ejecutivo necesita rediseñar el equilibrio interno entre el gobierno nacional y las regiones, porque la regionalización ha fracasado y es necesario reconstruir la descentralización. Y todo esto debe hacerlo el Congreso comenzando por su propia reforma para asegurar la gobernabilidad cuando el gobierno no tiene mayoría parlamentaria.   

Llegadas hoy las vacas flacas, la corrupción probablemente disminuya en magnitud, pero no porque se avanza contra ella sino porque ya no hay plata. Se halla ahí larvada, intacta, y amenaza el esfuerzo de la reconstrucción y la prevención necesarias para enfrentar el Niño que irremediablemente volverá en algunos años.

 El virus solo duerme.

Jorge Morelli

@jorgemorelli1

jorgemorelli.blogspot.com

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