El caudillo ‘anticorrupción’

Miguel Lagos

¿Cuál será el impacto real que tendrá en el sistema político y partidario el factor de la corrupción que pone en sospecha casi a todos sus actores y organizaciones? ¿Cómo moldeará a futuro este factor el comportamiento de los electores?

Y el epicentro de tensión no solo es capitalino. En regiones, provincias y distritos la gente también tantea el influjo pernicioso entre corrupción y política. Más en aquellas zonas donde se contó y cuenta con amplios recursos –gracias al vilipendiado crecimiento económico– y donde se han mezclado con cemento, contratos y pillerías.

En medio del ‘despelote ético’, no es imposible por cierto que adalides autoritarios, ‘salvadores anticorrupción’, tengan llegada en la población. Un ambiente de percepciones que parece mostrar un sistema que tiende a la descomposición en muchos de sus niveles, hace lo suyo.

De hecho estos ‘salvadores’ empiezan a oler la purulencia así como la oportunidad política. Ahí está por ejemplo, reperfilándose y con no pocos aliados, Antauro Humala –próximamente libre– y su ‘Frente Patriótico Etnonacional’, anunciando su campaña política de ajusticiamiento o ‘paredón para todos los corruptos’. Antauro ya arrancó en su propósito ‘exhortando’ a su hermano Ollanta ‘suicidarse’ en su celda –a lo Frank Pentangeli– ante su debacle.

El ejemplo puede verse abultado o hasta gracioso para algunos, pero no debería ser subestimado. Basta recordar cómo el antaurismo logró, con megáfono en mano y sin soroche, convocar una base social y electoral considerable en plazas, punas y valles que dio gran impulso inicial y popular a su hermano Ollanta facilitándole así su acceso al poder –con posteriores negociaciones y ‘garantes’ como sabemos– en 2011. Con este precedente, cabe preguntarse cuán eficaz puede ser al alcance de un caudillo –llámese Antauro o quien aparezca– ‘luchador anticorrupción’ y antiestablishment, en algunos sectores de la población en un contexto de ‘hipercorrupción’ que petardea la estabilidad del sistema político.

Una revisión de los análisis políticos nos muestra que todos los comentaristas coinciden en que el fracaso de las opciones políticas actuales oficialistas, opositoras, etc., catapultaría a un actor antisistema de manera inevitable. A un individuo que impulsaría un cambio de dirección proautoritario y vertical, intervencionista y sancionador, tanto en el terreno político como en el económico. Esa parece ser la preocupación de fondo en estos análisis, y no sin poca razón.

Sin embargo, esta peligrosidad no es inevitable y puede ser contrarrestada con la emergencia –organizada o espontanea– de frescos liderazgos que se desmarquen de cierta forma del establishment y atrapen proyección en pro de la transparencia institucional y democrática en la política, y en pro del mercado competitivo en la economía. Liderazgos que reorganicen a una opinión pública hastiada ante las pruebas del delito, el enjuague entre operadores estatales y privados mercantilistas, así como del enfrentamiento irrevocable y los populismos demagógicos.

Ciertamente, si estas alternativas no se dan, es posible que la abstención –una opción también legítima– en futuros procesos electorales se incremente rechazando por completo el menú político desacreditado.

Sin ánimo de equiparar los procesos, en la reciente justa presidencial en Chile que irá a una segunda vuelta, donde el voto es voluntario, no triunfó en estricto el 36% de Sebastián Piñera o el 22% de Alejandro Guillier. Ganó el 54% del total de electores habilitados que se abstuvo de votar; o porque no les importa lo que ocurra o porque repele el menú de opciones políticas. Chile va así camino a la incertidumbre sobre la base de una endeble legitimidad de sus elegidos.

En el Perú, la abstención puede apuntalarse si los sectores políticos tradicionales no se reconfiguran en hechos y actitudes. O si además no surgen nuevas opciones que representen al fin a los disconformes con el elenco político: opciones que promuevan, sin ambigüedades, un proceso ya no confrontacional, de estabilidad y de efectiva solución a los problemas reales.

Los protagonistas partidarios de hoy, no obstante, cuentan aún con chances. En esa vía, las organizaciones actuales tienen pues un reto enorme de ‘purificación’ interna, inevitable, si pretenden sobrevivir a las tensiones que seguro dominarán aún más las circunstancias, incluso más allá del 2021. Confiarse en no hacer cambios drásticos ya que el voto obligatorio empujará a los electores a optar sí o sí por el establishment político o por el ‘mal menor’, puede ser una estrategia desacertada a largo plazo.

Podrían caer en el fango, favoreciendo indirectamente al extremista antisistema, al caudillo que ataviado de ‘demócrata’ busca zonas de legitimación para después agitar, tensionar precisamente al sistema –no para reformarlo, sino para destruirlo– desde adentro.

Noticias relacionadas

Noticias de una categoría relacionadas

Top