La contrapolítica ‘pepekausa’

El oficialismo es ya una piñata. Hasta los analistas-activistas que hasta hace poco empujaban al régimen a la guerra política irreductible, dándole soporte estratégico en consonancia con sectores mediáticos muy activos, vienen siendo críticos con sus habilidades políticas en ‘momentos de crisis’ y hasta parecen darse cuenta de la inconveniencia de haber convertido a la confrontación en el norte de la acción política.

Dicha estrategia, sobreviviente de la campaña electoral, se empoderó –sobre todo vía redes sociales– luego del repunte que se produjo en la aprobación presidencial, a raíz de los desastres climatológicos, gracias a un costoso plan publicitario [sobre la base de rescatables acciones coordinadas entre el sector público y los privados de todos los tamaños] que hoy ha perdido su efecto al asomar nuevamente la desaprobación popular. Así, es posible que ya no otorgue el sostén requerido el apoyarse en afanes meramente publicitarios para conseguir popularidades evasivas que no se sustenten en políticas eficaces y concretas; afanes que además se realizan en un contexto polarizado y de impunidades selectivas impopulares. El pepekausismo, en esa línea, estaría construyendo pues sobre el fango.

Sin embargo las circunstancias no significa que ‘no se hace política’ como indican las críticas. Lo que parece caracterizar el actuar de ‘este gobierno tecnocrático’ no es la señalada antipolítica, mucho menos el apoliticismo; es en realidad, un errado direccionamiento de la misma: una mal entendida ‘respuesta’ contrapolítica, que no es la ‘ausencia de política’ sino una forma desacertada, en este caso, que privilegia el enfrentamiento, la ‘bronca’ relegando el lado consensual y coordinador que es también propio en la administración del poder.

Creer ver las debilidades gobiernistas como consecuencia exclusiva de la ‘desafección política’ es un exceso. Un exceso que subestima los antecedentes, no solo del presidente, sino del hecho concreto de que es el pepekausismo el que está ocupando ahora en el poder; que pudo, de una u otra manera, con los recursos y juegos propios del realismo, ‘hacer política’ práctica permitiéndole llegar al gobierno y provocando incluso la derrota de competidores que contaban con aparatos organizativos mucho más consolidados. Qué más político que ese logro.

Cierto es que la pelea tuvo sus efectos durante la lucha electoral; sin embargo ha mostrado ya sus limitaciones a la hora de gobernar. He ahí el quid del asunto.

En ese sentido, no es pues el ‘abandono de la política’ el factor clave en el vaivén de aprobaciones y desaprobaciones gubernativas actuales. Es la contrapolítica mal llevada, basada en una energía que insiste en la conflictividad, insostenible e improductiva, que reta su estabilidad.

Este andar guerrerista replica las tensiones de los cinco años precedentes de influjo nadinista. Una manera de ‘ejecutar la política’ que no se cansa de gobernar hipertrofiando el proceso de reformas políticas e institucionales y menguando las dinámicas que apuntalaban un crecimiento económico que se va desvaneciendo.

Los límites de esta ‘operatividad’ alcanzan también a sus contrarios. Las oposiciones tendrán así que sopesar si la réplica de igual intensidad confrontacional les es útil a largo plazo. En esos cálculos mucho influirá, o bien la perspectiva de darle continuidad a un sistema –que es perfectible– manteniendo lo que funciona, o el peligroso ardor antisistema que pugna por el caos como ruta al éxito para ‘refundarlo’, si es posible, todo.

Es importante anotar que, a pesar de los golpes también recibidos, la iniciativa de alcanzar entendimientos viables está principalmente en el Ejecutivo. El llamado a rearmar los puentes inconclusos petardeados por la hegemonía de los termocéfalos que gatillan desde todas las trincheras, oficialistas y opositoras, es imperativo.

A la par, el apuntalamiento del lado tecnopolítico del régimen [Bruno Giuffra parece mostrarse como un ‘technopol’ eficaz que puede moverse tanto en conflictos como el de Saramurillo como en la gestión pública] puede marcar la pauta contrarrestando, de pasada, la arremetida del establishment politológico que también dispara desde los medios escritos.

La ‘contrapolítica del pecheo’ –al estilo nadinista– en desmedro de la ‘contrapolítica de la negociación y los acuerdos’ no permitirá al régimen adoptar un signo, una característica propia. Lo cual agudizará aún más la politización canibalesca que distrae la eficacia gubernamental en la búsqueda de soluciones a los problemas de la gente; convirtiendo de ese modo, a Kuczynski, en una prolongación del Humala ambiguo y paralizante post 2011. ¿El país perderá cinco años más?

 

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