La política del desastre

El país se empantana con los arrebatos climáticos que ha tocado asumir. El impacto en la población en términos humanos y económicos es altísimo. Y mientras el régimen trata de contener el resultado de las imprevisiones pasadas y presentes, capitalinas y regionales, la imagen de un Estado, a lo largo y ancho del país, inoperante y con serias limitaciones se va mostrando ante los ojos de una ciudanía impotente.

Las acciones en adelante son titánicas. El aporte de los sectores públicos y privados hará lo suyo y debe ser rescatado. Sin embargo, para bien o para mal, la política no descansa, ya que el conflicto le es inherente y los costos de la resultante pueden ser muy altos como para dejarlo todo al azar. El abandono del ‘control’ de los escenarios parece no ser una opción.

Una muestra de ese inevitable afán es la tensión que obra, en medio del desastre, entre los actores políticos en pugna con respecto a los roles, responsabilidades y presupuestos. Por momentos parece una discusión ridícula, infantil, fuera de lugar. Pero es real, sobre todo en una sociedad altamente polarizada y politizada como la nuestra. Hay pues resultantes políticas ineludibles que surgirán a raíz de la crisis presente y que estrategas de todos los colores y perspectivas buscarán ponderar. La pregunta es, en todo caso, si la prudencia y el compromiso serán móviles claves de las estrategias.

La variable más importante que estará bajo la atención de los estimados políticos –inconfesados– del momento es el del vaivén en el nivel de aprobación presidencial. En un contexto de caída sostenida de la popularidad, la adrenalina gobiernista estará al tope en medio de esfuerzos descomunales por tratar de contener el derrapamiento a toda costa. ¿Podrán frenar a bajo costo el descenso? ¿Serán exitosos insistiendo en una política de confrontación que recuerda las peores épocas del nadinismo gobernante? Duro reto.

Las oposiciones, por su lado, sopesan su rol en la coyuntura. La población también los está viendo. Y si bien el Ejecutivo ha sufrido un declive serio pues tampoco es que los liderazgos opositores se hayan beneficiado. De hecho también han bajado, a la par, en sus índices de aprobación. ¿Se insistirá en la idea de que el fracaso oficialista es la llave para el éxito futuro? ¿Las oposiciones responsables abonarán a la tensión de las circunstancia sumándose indirectamente a los planes por los que está apostando, con suma paciencia, el radicalismo antisistema?

Es casi redundante señalar que el sentido común y el instinto político de supervivencia aconsejan prudencia. La onda expansiva de una bomba de tiempo activada por la falta de entendimientos y consensos alcanzará a todos. Lo viable no está ahora en la foto ni en los medios, sino en las soluciones reales, en la ejecución.

Ello pasa también, dicho sea de paso, por reconocer, por fin, que el más grave problema de los peruanos hoy es la falta de gestión de un aparato estatal ineficaz, venal y despilfarrador. Un Estado lastre que tarda en llegar a los ciudadanos y que como nunca en la historia ha contado con millonarios recursos para actuar gracias a un crecimiento económico injustamente vilipendiado por años. Un crecimiento integrador que operó y acumuló [por la fuerza emprendedora de los contribuyentes de todos los tamaños] a pesar de los petardeadores ideológicos del absurdo anticrecimiento. Increíble.

En suma, las tensiones a las que estará sometido el sistema político en adelante estarán condicionadas por la capacidad práctica de reacción de los instalados momentáneamente hoy en el poder; pero también de sus contradictores. ¿Imperará una suerte de ‘gobernabilidad suicida’?

La impredecible dinámica de reconfiguración electoral hacia el 2021, quiérase o no reconocer, ha empezado. Y en el peor momento.

JUEVES 16 MARZO

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  •  Fernando Rospigliosi
  • SÁBADO, 18 MARZO 2017 EL COMERCIO

Las desgracias vienen juntas para PPK, por Fernando Rospigliosi

“La fortuna que acompañó a PPK gran parte de su vida, sobre todo en la última campaña, lo abandonó empezando su gobierno”.

El Niño costero, como lo llaman los expertos, que está dañando gran parte del territorio nacional, es una desgracia para millones de peruanos afectados y también para el presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) y su gobierno, que se verá seriamente perjudicado. 

“Esta es una emergencia nacional que no tiene nada que ver con política”, ha dicho PPK. Infortunadamente, no es así. Sus adversarios están usando la anomalía climática para desprestigiarlo, y continuarán haciéndolo. No es muy difícil. 

En primer lugar, a diferencia de otros años, esta vez nadie previó que ocurriría y menos con la fuerza devastadora que está teniendo. En segundo lugar, se trata de un gobierno recién llegado, poco sincronizado y que ha tenido que atender diversos frentes desde el primer día. En tercer lugar, a pesar de que cada cierto tiempo el Perú se ve arrasado por un fenómeno similar, el Estado ineficiente y corrupto no está preparado adecuadamente para hacerle frente. 

Y por último, lo más importante, siempre todas las deficiencias son atribuidas directamente al gobierno en ejercicio, no importa si –dentro de las circunstancias– se comporta bien, regular o mal. 

Así ocurrió en 1983 con Fernando Belaunde Terry y en 1998 con Alberto Fujimori. En ambos casos su popularidad se degradó significativamente. (En esas dos ocasiones coincidieron crisis económicas internacionales que afectaron al Perú). 

Naturalmente, el impacto político sobre el gobierno puede ser más o menos importante, dependiendo de cómo se comporte el presidente, sus funcionarios y la oposición. 

Un ejemplo es lo que acaba de suceder con la interpelación al ministro de Transportes y vicepresidente, Martín Vizcarra. La oposición lo ha estado golpeando ásperamente en las últimas semanas y se preparaba para vapulearlo el jueves 16, pero ante el nivel de destrucción ocurrido en días anteriores, suspendió su presentación, a pesar de que el gobierno insistió en que se realizara ese día. 

Como es obvio, si se efectuaba la interpelación, Vizcarra, que había estado visitando ostensiblemente los lugares damnificados, se podía presentar como una víctima de la oposición insensible que perdía el tiempo en discusiones y evitaba que el ministro de Transportes estuviera ayudando a la población. Además, en ese contexto, era prácticamente imposible que se planteara la censura, aunque fuera solo como amenaza o posibilidad. Por eso el gobierno pidió al Congreso que se hiciera de todas maneras. 

Todo eso también lo entendió la oposición claramente y decidió postergar la posible crucifixión de Vizcarra. 

Ambos, gobierno y oposición, dicen hacerlo en aras del interés nacional, aunque en realidad están pensando en sus beneficios políticos. 

Cosa similar ocurre con los Juegos Panamericanos que el Perú debe realizar en julio del 2019. Aunque desde hace tiempo varios economistas vienen arguyendo que son un desperdicio de dinero y esfuerzos que pueden ser mejor utilizados, ahora se han convertido en un arma política que la oposición está blandiendo con un argumento sencillo y comprensible: es mejor destinar esos miles de millones de soles a reparar los daños y atender a las víctimas. 

No importa que se exhiban cifras de que hay plata para ambas cosas o que se intente demostrar que los problemas en atender a los damnificados son básicamente de ineficiencia del Estado –empezando por municipios y gobiernos regionales– para gastar adecuadamente. 

Los millones de afectados directa e indirectamente tendrán una razón adicional para señalar al gobierno como el culpable de sus desgracias cuando sus necesidades no sean satisfechas con urgencia, como inevitablemente sucederá. 

Así, la diosa fortuna que ha acompañado a PPK gran parte de su vida, pero sobre todo en la última campaña electoral, lo abandonó nada más empezando su gobierno. 

Solo para mencionar otro asunto importantísimo que está contribuyendo a su caída: las repercusiones peruanas de la operación Lava Jato. La investigación comenzó en Brasil en el 2013 y se hizo pública a comienzos del 2014, pero las evidencias de sobornos en el Perú aparecieron justamente en diciembre del 2016, apenas iniciado el gobierno de PPK, coadyuvando a su desplome. 

Pudo haber sido antes o después, pero ocurrió precisamente en un momento muy delicado para el nuevo presidente, arrastrándolo como uno de los tantos huaicos que asolan el país. 

Sin la ayuda de la fortuna, PPK requeriría de mucha habilidad para evitar ser aplastado.

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