¿Madurazo o Fujimorazo?

La dictadura arrecia. Un nuevo capítulo se abre provocado por la reacción tiránica que ha eliminado a la Asamblea Nacional en una suerte de “golpe institucional prolongado” en medio del incesante caos económico, la crisis humanitaria, la posible activación de la Carta Democrática de la OEA y las recientes sanciones al vicepresidente madurista, Tareck El Aissami, por parte de los EE.UU..

El alcance internacional lo veremos pronto; pero es casi un axioma que si el factor militar interno, si alguna facción de uniformados consecuentes no activa en contra de la dictadura para dar una oportunidad a la República de restablecerse, los llamados a una resistencia antidictatorial en las calles –que la Constitución ampara– serán poco productivos. Incluso puede dudarse que una especie de ‘vladivideo’ tumbe al fin el castillo como ocurrió en el Perú el año 2000.

“Pobre Venezuela: tener la economía de Alan García 1 y el autogolpe de Fujimori en un solo gobierno”. Así es como resume el publicista Gustavo Rodríguez al proceso venezolano. Y sí pues, una mescolanza de socialismo y dictadura obra en suelo llanero [como ‘autoritarismo competitivo’ la etiquetaría el establishment politológico].

Si bien es fundamental que las arremetidas dictatoriales contra las instituciones y las libertades tengan que ser rechazadas vengan de cualquier lado del espectro, es notable cómo hoy se ensaya igualar lo que sucede allá [30 marzo 2017] con lo que pasó aquí [5 de abril 1992]. Los procesos pueden ser comparables, más no equiparables: los móviles, los entornos son distintos. Así, el chavismo ejecuta en un contexto de rechazo de la opinión pública, luego de casi dos décadas de detentar el poder y con una crisis hiperinflacionaria causada por ellos mismos; en contraste a un fujimorismo con apoyo popular, dos años en el poder [1992] y por una coyuntura de terrorismo y crisis económica heredada de los ochentas y que la población pugnaba por cambiar. Hoy el chavismo maniobra huérfano de aprobación, en proceso de deterioro –y por ello más peligroso–, con afán de continuación de las políticas económicas estatizantes y sin válvulas de escape como la perspectiva electoral de una Constituyente, post autogolpe, que canalice las tensiones.

Incluso el alcance de la experiencia venezolana es de grado muy superior a lo ocurrido en el Perú de los noventas. Estamos, pues, ante un régimen que es solo una parte de un proyecto político descomunal, con epicentro en Cuba –y 58 años de poderío-, con fines de dominación y control de poderes permanentes. De hecho varios países de la región siguen bajo su órbita sobre la base además de tremendos recursos propagandísticos. La superioridad articuladora de este ‘socialismo del siglo XXI’ no es equiparable al influjo del fujimorato montesinista que operó circunscrito a nuestras fronteras. De ahí lo sumamente difícil que es salir, para nuestros vecinos, de esta trampa de franquicias resistentes a dejar el poder.

¿Cómo desmontar una maquinaria ideo-política tan potente y que se expandió por años sin contrincantes eficaces que le hicieran frente? Bueno pues, las confrontaciones que hoy vemos en América Latina y el Caribe son muestra de esa dinámica de prepotencias e impotencias.

Las oposiciones se enfrentan a un escenario interno peligroso. Los contragolpes oficialistas, por no perder espacios de supremacía y salvar cabezas, pueden ser más brutales si la reacción internacional no actúa con firmeza. Estamos, sin duda, ante un régimen de signo criminal que se oxigenó además por la ingenuidad de ciertas oposiciones que pretendieron ‘dialogar’ con sus agresores y que insistieron en mantener a buen recaudo al verdadero generador del desastre económico, político y social: el socialismo marxista.

No hay que olvidar que la indiferencia ayudó a que esta situación prospere. Las franquicias castro-chavistas fueron hábiles en salir adelante sirviéndose de las interpretaciones intelectuales que decían que en Venezuela, por ejemplo, solo había un mero ‘déficit de democracia’ y no una tiranía en claro proceso de consolidación antiliberal.

La región se calienta. A la circunstancia venezolana se suma la segunda vuelta el próximo 2 de abril en Ecuador donde empiezan a saltar sospechosas tretas del correísmo por quedarse en el poder. Un bastión más de la famosa ‘revolución bolivariana’ continental.

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