Nicolás es la continuidad de Hugo

“Hace 10 años, cuando denunciábamos que Chávez quería implantar un régimen como el cubano, nos trataban de exagerados y locos. Hoy es tarde”, así sentencia con mucha razón el periodista argentino Jorge Lanata sobre lo que ha ocurrido con Venezuela.

Y cierto. En distintos países de la región, incluyendo el Perú, quienes advirtieron durante años sobre los peligros de una expansión del izquierdismo radicalizado en Latinoamérica –que incluso llega a lugares como España vía los afiliados podemitas– fueron estigmatizados, entre otras etiquetas, como facilitadores o ‘lacayos del imperio yanqui’.

Un señalamiento absurdo, ridículo, por decir lo menos, más cuando se comprueba como signo de máxima contradicción que los capitanes del socialismo ‘antiimperialista’ del siglo XXI son muy afectos a concentrar sus bienes y riquezas precisamente en la tierra del Tío Sam. Ahí están –solo dos ejemplos– Nicolás Maduro y el vicepresidente Tareck El Aissami [acusado de sus vínculos con el Hezbolá libanés y el narcotráfico, un letal binomio que pronto dará mayores sorpresas en la región], cabezas de la élite chavista siendo sancionados por el Departamento del Tesoro de los EE.UU. por millones de dólares en activos de todo tipo. Los estadounidenses, por cierto, hoy hacen un viraje notable en contraste con la administración de Obama que apostó –suponemos que con candidez política e ideológica– por comprar la ‘estabilidad’ de la región “apuntalando la tiranía en Cuba, tolerando la deriva dictatorial en Venezuela y transformando a las [narcoterroristas] FARC en privilegiado partido político cogobernante en Colombia”, como lo señala Guillermo Rodríguez, investigador del Centro Juan de Mariana en Venezuela.

Maduro y El Aissami –y muchos otros funcionarios y dirigentes de la ‘boliburguesía’ también sancionados– han sido pues unos potentados en suelo yanqui. Es sorprendente cómo se odia al ‘imperio’ pero es el lugar donde se acumula materialmente y hasta en donde se anhela apasionadamente residir. Curioso.

La ‘experiencia’ venezolana –que ya sabemos hasta el empacho ha sido conducido por el castrismo cubano dominante de los hilos de poder interno– viene siendo respaldada por sus franquicias regionales quienes van haciendo ‘control de daños’ vía alambicadas justificaciones a la dictadura antiliberal, no solo en lo político, sino también en el crucial terreno económico. Los últimos relatos son que lo que ocurre allá no tiene “nada que ver con el socialismo” y que “Maduro está traicionando el legado Chávez” [como la que declama la exfiscal Luisa Ortega, convertida en ‘opositora y perseguida’ del madurismo y novísima líder del chavismo ‘crítico’ que, por arte de magia, ya tiene hoy una potencial candidata presidencial].

Nada más inexacto ya que las mayores agresiones al sistema político pero sobre todo al económico provinieron de la radicalización ideológica socialista, apuntalada por el hiperactivo estatismo interventor, que empezó con Chávez y que Maduro ahondó.

Nicolás pues no es el antagonista, el contradictor, la “traición del ideario y del legado” de Hugo. Es su continuidad. Su consecuencia lógica, si cabe el término.

Y hay que repetirlo: esos relatos han sido amplificados además [lo cual está provocando decepción en la resistencia ciudadana y juvenil aún sangrante en las calles] por un sector de las oposiciones izquierdistas que se convirtieron en funcionales al régimen para no provocar el derrumbe total del verdadero artífice del desastre: el socialismo marxista. Y para, de paso, no facilitar la viabilidad de fuerzas distintas a la hegemonía zurda del discurso ideopolítico imperante que terminen favoreciendo electoralmente a los sectores liberales –cada vez más numerosos–, prodemócratas y promercado, en la etapa post chavista radical.

Los recelos a esa inconveniente posibilidad política es tal que hoy esas ‘oposiciones’ vuelven a apostar a un proceso electoral de gobernadores y alcaldes teniendo a la dictadura instalada y controlando las instituciones electorales a su antojo. Increíble. Otra obvia estratagema que hace ganar tiempo a la tiranía y enfría la resistencia en las calles: una energía que a un alto, pero inevitable costo social, sigue luchando por la libertad de la República.

Así las cosas, cae precisa la pregunta que se viene haciendo de hacia dónde va Venezuela con ciertos liderazgos opositores –enraizados en la vieja política y los viejos partidos que parieron a Chávez por su ineficacia– que parecen solo estar negociando algunos fragmentos del poder.

En ese sentido, el rompimiento de la unidad opositora no debe ya descartarse. Y hasta quizá haga bien el sinceramiento de la dinámica del proceso político y de las distintas posturas de los actores. Actores que se obligarán a medir el serio reclamo que empieza a surgir desde los sectores ciudadanos en resistencia: “Queremos salir del chavismo, pero cierta ‘oposición’ no nos deja”.

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