PPK y KF: ¿acordarán no estar de acuerdo?

El diálogo –con o sin Bedoya– está planteado. Y como sostiene J. de Althaus el mismo será un mero ‘juego de apariencias’ si no se obtiene resultados prácticos que a la par cancelen, o al menos moderen, la dinámica confrontacional que se arrastra del quinquenio pasado.

Un acuerdo prorreformas, incluso viéndolo de forma cruda y real, no se viabilizaría sobre la base exclusiva que implique un cogobierno ‘por el país’ –figura que también se resiste desde las canteras naranjas– sino por una cuestión elemental de supervivencia política. Es decir: o estos actores del establishment consensúan o la opinión pública les pasará progresivas facturas hastiados de los humores guerreristas.

Un entendimiento de resultados y de adecuadas maneras se espera pues por parte de las dos fuerzas principales con responsabilidad de gestión y poder que dominan el Legislativo y el Ejecutivo según lo dictaminado democráticamente por la voluntad popular.

Sin embargo el acuerdo tiene su escenario; que no es ya el improductivo ‘Acuerdo Nacional’ con obvias limitaciones según indican los precedentes y donde, en todo caso, se alimentaría el proceso de ‘gobernabilidad suicida’ en el que se encuentra el tensionado sistema político.

Una oportunidad se pierde, dando oxígeno a los ánimos de disolución o vacancia, si los cálculos políticos –usualmente declarados como inexistentes por los mismos políticos y sus asesores– creen ver este proceso como una mera chance fotográfica. Ahí radica el escepticismo ciudadano de recurrir una vez más a un manoseado encuentro publicitario en el desgastado ‘Acuerdo Nacional’.

La coyuntura actual tiene sus antecedentes. Ya en junio de 2016 PPK y Bedoya habían coincidido en la posibilidad de gestionar conversaciones maduras con Keiko Fujimori. “El hecho de que Fuerza Popular sea oposición no significa que no se trabajará por el país… eso es parte de la democracia y la República” dijo Bedoya. “Una idea que me parece buena del doctor Bedoya y que yo endoso”, replicaba PPK.

Un año después no se trata de ecualizar gobernanzas de ‘baja intensidad’, sino de neutralizar la –heredada– gobernabilidad suicida. Una gobernabilidad nutrida por los ‘antis’ [como ‘identidades políticas negativas’ las etiqueta la politología] de todas las canteras que juegan indirectamente no en función de los urgentes y prudentes reformismos sino a favor del antisistema ‘refundador’ y radical.

No se puede precisar cómo afectará a mediano y largo plazo la pelea permanente, pero un ensayo intuitivo lleva a señalar que la guerra puede abonar al desplome de los actuales protagonistas y sus organizaciones. En esa línea, los análisis políticos han llevado, no con poca razón, a señalar que esto beneficiará a los radicalismos de tomo y lomo. Sin embargo no necesariamente tiene que ser así.

De hecho la tóxica conflictividad puede hacer que muchos electores –sobre todo los más jóvenes– apuesten por otras opciones no extremistas que los representen, al fin, sin confusiones. Los insalvables desacuerdos de los operadores actuales puede alentar el surgimiento no solo de proyectos autoritarios sino también de alternativas serias que viabilicen al país a través de propuestas pro liberales tanto en los aspectos económicos, políticos como civiles [donde también es imperativo entendimientos razonables como los ocurridos incluso en países más conservadores] que se postergaron a medio camino o pugnan por su consolidación.

No es excesivo anotar que esas alternativas en busca de corregir con efectividad las fallas de un sistema perfectible –no destruyéndolo como sí pretende el antisistema– pueden emerger provocando la misma ‘explosión’ o ‘implosión’ política de las organizaciones del momento muy prestas hasta hoy a seguir ‘acordando no estar de acuerdo’ persistiendo en la irrevocable confrontación.

Las percepciones de los estrategas yerran al presumir que los peruanos ‘solo están divididos’ o ‘solo optarán’ entre ‘fujimorismo-antifujimorismo’ o entre ‘pepekausas-antipepekausas’

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