Una dictadura cubanizada

  • Fecha jueves 24 de mayo del 2018
  • Fecha 4:20 pm

Nicolás Maduro —el fiel ejecutor del legado ideológico de Hugo Chávez— y sus controladores castristas en La Habana han optado por el exterminio. No el propio por supuesto, según sus cálculos, sino de las ya casi inexistentes instituciones que cubrían los rezagos de las libertades políticas, económicas y civiles venezolanas.

Vía otro descomunal fraude electoral se reatornilla en el poder sin importarle nada. Ni siquiera la presión internacional. El jaqueo al que será sometido por un sector mayoritario de países alrededor del mundo le será compensado por el apoyo de aliados claves —sobre todo rusos, chinos e iraníes— que buscarán neutralizar el temible aislamiento político que por sí solos ya no pueden contener. Aliados que a su vez miden el territorio venezolano como centro de operaciones —antioccidentales— políticas y estratégicas.

La dictadura chavista así, con socios colosales y subterráneos [algunos conectados al crimen organizado y el terrorismo internacional], se ha convertido en un riesgo serio para la seguridad de los sistemas políticos democráticos de la región; aún más si su proceso de cubanización totalitaria continúa acelerándose.

Es obvio pues que la lógica dictatorial profundizará ese proceso que en la práctica se va equiparando al cubano. Y lo consolidará sobre las cenizas de las libertades y los derechos humanos de aquellos que desde la resistencia política prorrepublicana —no del sector ‘opositor’ que sigue jugando a favor del régimen— se atrevan a enfrentarlos sobre todo en las calles. ¿Se quiere conocer más sobre cómo el terrorismo de Estado opera actualmente? Pues a prestar mayor atención a lo que ocurre en Venezuela.

Tras casi dos décadas de hegemonía chavista la mayoría de venezolanos, tanto los que se quedaron como los que huyeron, han comprobado la inutilidad de la vía electoral para desmontar a este tipo de dictaduras que instrumentalizan a las democracias inadvertidas para perennizarse. Y el otro conducto, el de la protesta legítima, ha sido inoculado por el temor a la violencia política estatal que puede desplegarse con una mayor y brutal intensidad. Esa represión política que se ejecuta vía las ‘fuerzas de seguridad’ oficiales a la par de las ‘milicias civiles’ y los ‘colectivos armados’ —como las famosas ‘turbas’ o grupos de choque oficialistas de Daniel Ortega en Nicaragua—, han  bloqueado las válvulas de escape y explica para muchos el porqué la salida al problema es endeble desde el frente interno. De ahí a que muchos venezolanos se esperancen en el apoyo internacional el cual creen llegará, vestido de verde militar, por mar y tierra. Un escenario remoto por el impacto político que tendría en el conflicto involucrando a otros actores más allá de las fronteras llaneras.

Las opciones de salida a la debacle venezolana son pues impredecibles y, de darse, pueden tener un altísimo costo humano. Lo que sí puede estimarse, teniendo como guía el efectivo modelo cubano totalitario con seis décadas a cuesta, son los factores de control político —y económico— a los que recurrirá el chavismo, en grado cada vez mayor, para consolidar su poder interno en la etapa madurista.

¿Qué otras medidas asumirá la comunidad internacional para restablecer a la maniatada república?

“Venezuela jamás será como Cuba”, se escuchó decir hace algunos años [como hoy se dice también que “Colombia jamás será como Venezuela”]. Un gran error.

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