Luis García Miró Elguera
Hace casi cuatro meses estalló el escándalo de los “pertroaudios”. El asunto contenía pura dinamita. Desde el inicio la puntería estuvo en el presidente Alan García. Y sigue hasta ahora. Cómo será la cosa que pocos días después de que la opinión pública conociera el contenido de las grabaciones ilegales obtenidas por Pablo O´Brien y Fernando Ampuero, ambos fueron despedidos de
El Comercio, grupo mediático que había divulgado los audios por órdenes de su antigua dirección. A la vez, el mismo grupo retiró a Augusto Álvarez Rodrich de la dirección de un tabloide de su propiedad. Recordemos asimismo que en torno a la estratagema de los audios –y de muchas cosas más– aparecieron muy solícitos los caviares José Ugaz y Fernando Rospigliosi.
Pero lo relevante del caso es que, en paralelo al retiro de aquellos personajes de tercer nivel, fue expectorado nada menos que el ex director de El Comercio de nombre “Alejo” Miró Quesada Cisneros. Aunque en rigor lo trascendente fue que tras defenestrar al más insignificante de los directores que ha tenido en su larga historia dicho periódico, El Comercio optó por reemplazarlo por un profesional de sólida solvencia moral y destacada trayectoria periodística, como es Francisco Miró Quesada Rada. Sin duda entonces el tema de los “petroaudios” tiene mucha, demasiada cola.
Por eso llama poderosamente la atención que casi cuatro meses más tarde de haber reventado el escándalo, el mismo periodista O´Brien recién entregue a la Fiscalía otros audios –esta vez fueron 86– sobre el mismo tema. ¿Cuántos más tiene en su poder? ¿Qué hizo con esos instrumentos de extorsión durante tanto tiempo? ¿Por qué no dio cuenta de que los tenía tanto al juez, a la Fiscalía y a la propia comisión investigadora del Congreso? ¿Qué enjuagues hay detrás de toda esta mugre? ¿Tiene algo que ver en este juego macabro el ex director de El Comercio y su plataforma caviar constituida por inefables “asesores”, periodistas, “estudios” de abogados, etc.?
De otro lado resulta alarmante y torpe que algunos “periodistas” intenten apañar el comportamiento de O´Brien –y de quienes están con él– esgrimiendo una y mil razones en vano intento por justificar la demora en la entrega de pruebas de espionaje obtenidas ilícitamente. Razones por cierto aberrantes y falaces que obedecen más bien a ucases de una cofradía de “periodistas” caviares dedicada desde hace una década a proteger a sus integrantes y a “ajusticiar” mediáticamente a los profesionales del diarismo que no actúan con ese doble estándar tan característico en los progre como ellos. Es pues intolerable el comportamiento de O´Brien. Y por qué no, de toda la elite de la cual forma parte. La Justicia y el Congreso deben aplicarle todo el peso de la ley a este caso emblemático de tráfico de espionaje, un delito al que debe ponérsele coto ya.
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