Aprendamos de la historia y pongamos las cosas en su sitio
Marcos Ibazeta Marino
Mucha furia nos ha causado el traidor que debería ser fusilado si el marco legal lo permitiera, pero no lo permite. Sin embargo, más cólera y desasosiego nos ha producido constatar que, respecto de Chile, nuestros sucesivos gobernantes vienen repitiendo la historia del siglo XIX que desembocó en la mal llamada Guerra del Pacífico.
En aquel tiempo la inestabilidad política en nuestro país era una plaga de intereses subalternos a la concepción de un Estado. Nadie pensaba en una gran nación sino en satisfacer sus propias ambiciones, de modo que no existía institucionalidad y, por ende, tampoco una fuerza material para construir y garantizar nuestra seguridad interna y externa, salvo aquella ilusión que provocó Castilla y que rápidamente desmantelaron los blandengues que lo sucedieron.
Los chilenos comprendiendo que para consolidarse como Estado debían sustentar su estabilidad en la fortaleza de sus fuerzas armadas, apostaron por éstas y las utilizaron “a pedido de los caudillos derrocados” en el Perú, para, según sus intereses, desplazarlas como fuerza material para restablecer en el poder al que sería nuestro máximo líder. Era una costumbre irse exiliado a Chile y desde allí volver al poder.
No podemos entonces quejarnos porque los chilenos fortalecen a sus fuerzas armadas, pues nosotros los peruanos las financiamos en mucho antes de la guerra del 79. Lo que debemos hacer es tomar una decisión de Estado para construir unas FF AA muy profesionales y debidamente equipadas, con planes que deben ejecutarse de inmediato y continuar en el tiempo sin prisas ni pausas, porque más tarde o más temprano se producirá un conflicto del cual saldremos tremendamente chamuscados, tal vez peor que la vez anterior.
Si lo tomamos como un movimiento táctico, la cruzada pacifista que ha emprendido el gobierno puede tener algún asidero, aunque si no tenemos cuidado, puede que sea el mayor ridículo que hagamos en un entorno donde todos están armados hasta los dientes y nosotros a merced del viento. Ahora resulta repudiable aquella política del desarme unilateral porque frente a la matonería de alguien que se prepara para golpearlo a uno, sólo una enorme falta de autoestima y valor, puede haber provocado como respuesta el “no me hagas nada porque ni siquiera estoy armado”. ¿Lloraremos sobre mojado de nuevo? Ojalá que no.
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