Tenemos que cerrar filas
Carlos Bruce
El domingo 9 de noviembre de 2003, el cónsul argentino adjunto en Punta Arenas, José Andrés Basbus, abrió las oficinas de la sede diplomática a las 9 a.m. para que pudieran ir a votar los argentinos residentes en las elecciones provinciales de Chubut.
Estaba todo revuelto, y encontró in fraganti a dos sujetos dentro de la oficina, logró forcejear con uno de ellos, y éste, al huir, dejó caer un documento personal que lo identificó como Luis Alberto Robles Ricus, agente chileno de contrainteligencia.
El 30 de octubre de 2009, a pedido del PJ, el agente de inteligencia de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), Víctor Ariza Mendoza, fue arrestado, y hace unos días se supo que este suboficial cobraba entre 5 mil y 8 mil dólares mensuales por traicionar al Perú y vender información clave a Chile. País que está acostumbrado a espiar a sus vecinos.
El Presidente de la República esta vez habló fuerte y claro: “Estos son actos repulsivos que no corresponden a un país democrático y que dejan muy mal la presencia de Chile ante el mundo”, y añadió que algunos sectores en el país sureño “todavía conservan las costumbres dictatoriales y pinochetistas en la relación de Chile con sus vecinos”. Lo menos que se esperaba en una situación como esta, era que el gobierno de Chile, primero, determinara el nivel de espionaje que se había cometido y quiénes estaban comprometidos, y también quién había pagado ese espionaje.
Había una responsabilidad y una explicación que nos tenía que dar el gobierno de Chile, porque para que haya espías hay quienes pagan a los espías para que les proporcionen información. En el caso de espionaje en Argentina, el hecho amenazó con desatar una tormenta en las relaciones bilaterales. Pero el gobierno mapocho actuó rápido: condenó el episodio –aunque no lo quiso calificar de “espionaje”– y ordenó una investigación donde rodaron cabezas de militares chilenos de alto mando.
Mas en este caso, la presidenta Bachelet, en lugar de hacer lo mismo, dar explicaciones y ordenar una investigación, calificó de “ofensivas y altisonantes” las declaraciones de nuestro presidente, y además pidió mantener el “respeto”. Sin comentarios. Una cosa está clara, como oposición, no estoy de acuerdo con el presidente García en muchas cosas, pero en el tema de Chile, nuestro total respaldo. En este asunto no hay colores políticos, todos somos uno. Como peruanos, más allá de nuestras desavenencias, para defender los intereses de nuestra patria, tenemos que cerrar filas.
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