Doble rasero en la función pública



Hay palabras en el argot periodístico que reflejan la realidad mejor que grandilocuentes razonamientos políticos o alambicados análisis. Están, por ejemplo, los vocablos “doble rasero” y se usan para describir situaciones cuestionables en las cuales los altos funcionarios del Estado, como el de presidente de la República y el de fiscal de la Nación, no le otorgan a las personas o las cosas el mismo trato.

Qué curiosas son las acciones y las decisiones del primer mandatario y de quien lidera a los fiscales del país, sean estos de lavado, de corrupción de funcionarios, de turno, etc. La similitud entre esas acciones y decisiones incluso podrían describir líneas paralelas perfectas más que antojadizas coincidencias.

El primero de ellos, Pedro Pablo Kuczynski, tiene otra vez en perspectiva la vacancia, mientras que el segundo, Pablo Sánchez, además de tocayo del jefe de Estado, es quien tiene como espada de Damocles una acusación constitucional formulada por la oposición de Fuerza Popular y es quien representa a todos los fiscales del Perú, llámense Hamilton Castro, Germán Juárez Atoche o José Domingo Pérez. Todos de consuno no están actuando conforme a la coherencia y a la ética en la función pública.

El discernimiento les ha fallado tanto al jefe de Estado como al fiscal de la Nación. Por eso actúan sin darse cuenta de las consecuencias que con sus actos generan a la gobernabilidad. El primero pasa por no reconocer el difícil trance de sus consultorías y sus relaciones para con Odebrecht y Jorge Barata.

El otro, desde el Ministerio Público, demuestra su doble estándar, por más autonomía o independencia que tengan sus fiscales en los diversos casos que ven, pues resulta evidente que una es la medida para los políticos de Fuerza Popular y otra diferente es para la amiga y asesora de campaña del señor Kuczynski, Susana de la Puente, o para su prima y tocaya, la exalcaldesa Susana Villarán, entre otros políticos como el propio Luis Alva Castro.

No puede sacudirse de este baldón el fiscal de la Nación y a estas alturas no puede negar que no tiene injerencia ni influencia en lo que diga o haga algún fiscal en los casos emblemáticos, y el caso Odebrecht lo es.

Eviternos la doble moral y más aún cuando se ejerce cargos públicos de jerarquía y envergadura para la marcha de la nación. No subestimemos la inteligencia de los ciudadanos y sobre todo desde las instituciones del Estado las señales que se den tienen que ser limpias y sin consigna política. Eso no le hace bien a la democracia, a las instituciones ni a la imagen del país.







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