El país necesita clase dirigente



No es nada cómoda ni baladí la situación que envuelve a Odebrecht y la Confiep (Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas). ¿Por qué esa constructora y sus similares de Brasil ingresaron tan fácilmente al Perú y desarrollaron sus “operaciones estructuradas” repartiendo coimas a diestra y siniestra?

La respuesta es muy sencilla. Eso ocurrió porque hay mucha gente, no todos por fortuna, metida en política y en el empresariado que solo son unos peseteros y angurrientos, sin dignidad ni pundonor. Por supuesto que si el Perú hubiera contado con partidos políticos institucionalizados y con gremios empresariales serios, jamás Odebrecht hubiera convertido a nuestra patria, a nuestra sociedad, en una de las más corruptas del mundo.

Esto hay que decirlo sin ambages ni miramientos, pues delante debe ir la verdad por más dura que parezca. Gritamos con mucha fuerza contra el gobierno de Nicolás Maduro y se le requinta en el Perú hasta su quinta generación, pero por qué se tienen manos tan blandas como para evitar que empresas mafiosas como Odebrecht se levantaran en peso a políticos y empresarios, tan prestos estos para asistir a la mesa opípara de dicha constructora como si fueran ganapanes y abyectos cómplices para corromper a medio Perú.

Hablemos las cosas claras. Desde que EXPRESO fue el primer medio de comunicación que se enfrentó a Odebrecht, y a sus socios políticos y corporativos, no solo flotaba en el ambiente sino que se evidenciaba su proceder y sus malas artes basadas en la coima y la compra de conciencias. Jamás cejamos en esa lucha y cuestionamos coherentemente esos megaproyectos jalados de los cabellos como la carretera Interoceánica.

Sin embargo, ni la clase política ni los líderes empresariales nos acompañaron en ese descubrir hace más de diez años y en esa fiscalización, contribuyendo con su indiferencia o connivencia a generar las condiciones para que la corrupción mine nuestra nación y la deje en la delicada inestabilidad en la que se encuentra. De este modo todavía no aprendemos la lección, pese a lo experimentado con Montesinos o con otros pasajes de corrupción que encontramos en nuestra vida republicana.

Por tanto, va el llamado a los peruanos de buena fe, a aquellos que están en la política o en los gremios empresariales del tipo Confiep, a que definan su rol y se preparen para renovar sus instituciones; como también va la exhortación a los cuadros más maduros de los gremios a fin de que dejen el camino libre a las nuevas hornadas. Ante los escándalos que tocan a las instituciones, lo mejor es darles la oportunidad a otros que tengan mejor moral, temple y coraje para enfrentar la realidad.







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