ATACÓ A CONVOY CUANDO PERSEGUÍA A LOS ASESINOS DEL ALCALDE DE QUILLCACCASA

Sendero Luminoso masacró a militares

Las Fuerzas Armadas y policiales fueron las únicas instituciones capaces de contener las embestidas del terrorismo.

El genocida Abimael Guzmán impartió una demencial orden en febrero de 1968 durante el primer congreso de Sendero Luminoso. Allí, junto con su cúpula criminal, afirmó que “para  demoler al viejo Estado había que destruir a las fuerzas represivas reaccionarias”

Este evento fue el acto de convencimiento para los mandos senderistas a quienes se les aseguró que estaban a dos o tres años de ganar la guerra popular.

“Después de ese cónclave del terror, Guzmán salió fortalecido y el pensamiento guía se convirtió en dogma”, indica en un informe de Inteligencia, José Páez Warton, entonces asesor del desaparecido Comando del Frente Interno (COFI) del Sector Defensa.

El 13 de mayo de 1988  llegó a la Base de Huancasancos, Ayacucho, el convoy “Mosca” al mando del capitán (E.P) José Arbulú Sime del Batallón Contrasubversivo N° 34. Estaba  compuesto por dos vehículos UNIMOG en los cuales viajaban 2 oficiales, 3 suboficiales y 34 soldados cuyas edades fluctuaban entre los dieciocho y veintitrés años.

Ese mismo día, el convoy continuó su itinerario con dirección a la Base de San Pedro de Hualla  a donde llegó cerca de las 7:30 de la noche, según consta en los archivo del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE).

Los reportes de aquella época dan a conocer que durante el trayecto, el personal militar  observó con extrañeza que a lo largo de la ruta había grupo de mujeres y niños que observaban atentamente su desplazamiento.

En la Base de San Pedro de Hualla los militares cenaron. Una hora más tarde el capitán Arbulú Sime dispuso continuar el viaje pese a la recomendación del jefe de dicha unidad militar quien le advirtió sobre lo peligrosa que era la zona. Por ello, le recomendó que partiera al amanecer del día siguiente luego de desayunar.

Pero, ¿qué impulsó al joven oficial a continuar la ruta? Posteriores investigaciones revelaron que luego de cenar salió a caminar fuera de la guarnición militar y, en esa circunstancia, fue informado por un lugareño de que los senderistas que habían victimado meses atrás a Juan Linasco, alcalde del Concejo Menor de Quillcaccasa, estaban acampados en la quebrada Misquimayo y podrían ser fácilmente capturados.

EMBOSCADA

Era una noche fría y lluviosa. Todos estaban cansados del largo desplazamiento y un tanto preocupados por las perspectivas que tenían por delante. Sin embargo, se imponía el deber y cuando un suboficial exclamó: “muchachos, suban a su camión”, todos corrieron a tropel hacia los vehículos y el convoy “Mosca” emprendió la marcha.

“Estamos en guerra, ahora pondrán en práctica todo lo que aprendieron estos últimos meses”, dijo en voz alta el  capitán Arbulú Sime, según revelaría luego uno de los sobrevivientes a la emboscada.

Después de una aparente calma, pasaron por el pueblo de Cayara. Los soldados estaban adormilados por la larga travesía, pero tenían sus armas listas para repeler cualquier ataque.

Habrían avanzado tres kilómetros cuando de repente la tierra tembló como consecuencia de una serie de explosiones. “Eran tantas que sonaban como un solo trueno prolongado”, diría después un efectivo que salvó milagrosamente.

Lo cierto es que tras una potente detonación se detuvo el primer vehículo. Eran las 10.30 de la noche. Trascurrieron unos minutos de absoluto silencio y luego se inició el enfrentamiento entre los miembros del Ejército encabezados por Arbulú, el teniente Juan García Calderón y 19 subalternos.

La diferencia de fuerzas era abismal: 21 militares contra más de un centenar de terroristas (entre hombres, mujeres y niños) armados con metralletas, dos lanzagranadas RPG y gran cantidad de latas vacías de leche acondicionadas  como explosivos caseros.

“Inmediatamente todo el personal del primer carro saltó y se protegió detrás del vehículo para repeler el ataque. Los del segundo vehículo nos ubicamos en la parte baja de la carretera y pudimos controlar la situación”, afirma en su testimonio el suboficial EP Elmer Cerna Osco  de acuerdo con el Parte N° 002/JGC-2daDI del 14 de mayo de 1988.

El resto de la historia forma parte de la estela de asesinatos y masacres cometidas por las huestes de Sendero Luminoso durante la época de terror en la que sumió al país.

El calvario de Arbulú

Otros sobrevivientes  del ataque narran que en medio de la oscuridad y favorecidos porque uno de los camiones UNIMOG se quedó con la luz encendida, los terroristas dispararon sin piedad contra el capitán Arbulú.  Relatan que éste intentó protegerse tras unas malezas pero no lo consiguió porque un explosivo le destrozó la pierna derecha.

“Durante el ataque se pudo escuchar gritos de los subversivos dando vivas a la lucha armada así como a Abimael Guzmán y frases como: perros miserables, sólo queremos los fusiles, dejen su armamento y váyanse. Entre los gritos podían distinguirse las voces de niños, mujeres y hombres”,  señala en su testimonial el teniente EP Juan García Calderón, otra de las víctimas de la cobarde celada terrorista.

También afirman que nueve soldados se lanzaron por la quebrada y que, después de varias horas de caminata entre los matorrales, llegaron a la Base de Huancapi. En tanto que otros cuatro militares se enfrentaron a tiros con los genocidas de Sendero Luminoso.

El enfrentamiento se prolongó por varias horas. Como consecuencia del desigual combate, además de la muerte del  capitán Arbulú, cayeron en defensa de la democracia el sargento segundo Ángel Vargas Tamara; y los cabos Fabián Rondán Ortiz y Carlos Espinoza de la Cruz. Este último falleció en el hospital de Huamanga.

Así mismo se encontraron los cadáveres de cuatro terroristas, tres hombres y una mujer a los que personal del Ejército les dio sepultura. Además, la emboscada dejó como saldo  varios soldados mutilados. Todos fueron asistidos por la patrulla “Tarántula” que llegó procedente de Huancapi.

Trascendió que un día antes de la emboscada, una columna senderista había ingresado a Cayara en circunstancias que los fieles celebraban la fiesta de la Virgen de Fátima y los obligaron a entregarles todo lo que poseían bajo amenaza de muerte.

Los pobladores sabían que de no acceder a las exigencias de la banda terrorista serían sometidos a un juicio popular por considerárseles “traidores a la revolución y enemigos del partido” como había sucedido en anteriores oportunidades.

CÉSAR REÁTEGUI


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