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No debemos decir todo lo que pensamos, sino pensar todo lo que debemos decir.

Al pie del volcán

El tema, como diría don Ricardo Palma, tiene mucha tela para cortar, pero hace tiempo lo guardé como curiosidad benigna. No me ha llamado el instinto del historiador para rastrear y conocer el verdadero origen de Blanca Ciudad, como segundo nombre, si le parece, mejor diremos como apellido de Arequipa.

El cuento es largo, veremos cómo hacerlo corto. Ahí vamos. De chico vivía en Tacna, donde medio equivocado cantaba “Blanca Ciudad de tierno cielo azul…”, y seguía con “… montañas de Milán donde nací…”, desorejé hasta que me corrigieron y el tierno fue “eterno” y Milán volvió a ser “… mi lar…”. Completaron la corrección diciendo que la Blanca Ciudad era Arequipa.

Cuantas veces habría preguntado de dónde, cómo y por qué le venía a Arequipa eso de Blanca Ciudad, como respuesta tenía la réquete conocida, casi dogma,  explicación del sillar, en el momento me fue suficiente y punto. Pasaron muchos años, añísimos, hasta que me dieron con tono de sabiduría bien cimentada esta otra, mucho más curiosa. “Arequipa es Blanca Ciudad porque no tuvo población negra”. Respuesta que no he confirmado ni descarto, pero la tengo registrada. Cuántas veces las que alegremente me di no iban exactamente al blanco.

Las flores del jacarandá del hospital San Ramón marcaban el final del año escolar, venía de vacaciones a Lima en el vuelo de Faucett que hacía escala en Arequipa. El único blanco que veía era el de las paredes de ladrillo del pequeño aeropuerto que perfumaba la retama y el del Misti cuando estaba nevado. No tenía más de la cantada blancura ni la buscaba. Era bastante la vitrina con las llamitas de bronce y los sanguchitos de salchicha blanca antes de reembarcar.

El chico creció, ya no vivía en Tacna, trabajaba en 7 Días, la revista de La Prensa. Por primera vez fui a Arequipa, quise conocer el convento de Santa Catalina recién abierto al público y en mi sección Para Ella, Para Él, Para Todos escribir y publicar mis fotos. Descubro en los claustros y caminando por calles y plazuelas, que más que blanca era una ciudad que vibraba con color. Me llamaba desde las fachadas, los zaguanes con techos abovedados, los patios. En el mercado de San Camilo estaba en las grandes mantas tejidas, las flores, juguetes de madera, objetos de uso.

Por donde iba me envolvía la luz, me sorprendía con esas atmósferas azules en las sombras; al atardecer con el oro y los matices de los arreboles la ciudad era como uno de los broches que MaMua usaba en el abrigo.

El color y la luz, la luz y el color estaban en donde quisiera verlos dando vida al sillar.

En una bodeguita al lado de la catedral ví un pequeño óleo, sin firma, un patio conventual, un campanario blanco, delicada vegetación y macetas hacen el conjunto. Creí era Santa Catalina. Lo compré. Pasó un tiempo, no muy largo, antes de identificar el patio como del convento de Santa Teresa y la pintura como obra de Enrique Masías. En esa pequeña y querida tela, que conservo, hay ocre amarillo y rojo en las paredes, acentos grises como decoración en la arquería. Detalles que son testimonio de época y lamentablemente se perdieron al rasquetearlos para hacer honor a la idea de la blancura del sillar. Una pena.

En ese viaje hice los primeros de mis muy queridos amigos mistianos; volví una y otra vez al pie del volcán, intenté quedarme a vivir, le tomé tanto cariño que una nota publicada en el Excelsior de Costa Rica, por una exposición  de mis dibujos, decía: “…limeño nacionalizado arequipeño…”. Blanca Ciudad, ya está incluida en mis escritos, es parte de mi lenguaje porque deben ser escasos quienes no entienden o no saben de qué se habla cuando la usas. Cada regreso es una nueva serie de fotos y aumentan los buenos amigos. No he perdido el interés ni el cariño por la Blanca Ciudad ni por esas caminatas cuando la mañana se levanta en una esquina de Tronchadero y la noche va cerrando el ojo en Cruz Verde.

Hoy lunes, Arequipa, mis fotos, ese color que cubre y late con el corazón de sillar  marcan mi punto de retorno a Expreso.  ç

Roberto Cores

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