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COLUMNISTA INVITADO

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LA DECISIÓN DE ARGUEDAS

La depresión le ganó la vida. Y quizá fue eso y mucho más: la angustia, la inquietud, el dolor: todo lo que nos lleva a cometer hasta los peores actos. Eso fue. Esa crisis emocional se llevó a José María Arguedas, el sufrimiento encarnado en el alma y en su vida misma.

El 2 de diciembre de 1969 la vida se le apagó. Cuatro días antes, el 28 de noviembre, había decidido terminar con su vida con un disparó en la sien, en un salón de la Universidad Agraria La Molina. Arguedas sufrió una herida mortal y tras esos cuatro días de agonía en el hospital, falleció a los 58 años de edad.

No era la primera vez. Ya antes había intentado hacerlo. El 11 de abril de 1966 fue su primera tentativa de suicidio con una sobredosis de barbitúricos. Todo ello no era gratuito. Arguedas había recibido tratamiento psiquiátrico desde años atrás y encontró en la literatura un espacio de escape, de salida, una especie de luz que de pronto encendía el camino para el desahogo y para vivir.

Antes de morir, Arguedas escribió dos misivas que exploran sus emociones más profundas. En la carta que dirigió a los estudiantes se pudo leer un sentimiento desgarrador: “Me retiro ahora porque siento, he comprobado, que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida”.

Hace 48 años Arguedas se fue de este mundo entre violines y arpas, pero jamás nos abandonó el escritor, el poeta, el antropólogo. Su vida fue mucho más que una bala incrustada en la sien. Fue la lucha constante con el Perú, sus culturas y sus mundos para encontrar una identidad. Sin Arguedas, no entenderíamos la razón de ser parte de una nación, de un todo; no comprenderíamos que somos todas las sangres a la vez.

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