Utopía literaria

Excuse el intimismo. Hasta hace tres años, pertenecí al staff de un histórico suplemento cultural en un importante diario y un objetivo planteado fue dar palabra al mudo, como en título ribeyriano. Con los ojos puestos en escritores trujillanos, iqueños… abrimos el espectro. La editora abrió campo para que todo aquel que quisiera publicar su cuento, lo hiciera en sus páginas. Para tal fin, se leían todas las narraciones y se elegía una cada semana. El sueño de ser leído es de todo aquel que pretenda crear ficción y no solo de aquellos que tienen “amigos” o un nombre, porque en el Perú, como el perro que se muerde la cola: “para tener un nombre, primero hay que tener un nombre”.

El camino de este sueño se truncó. La lid contra las argollas culturales, pero la fe en que algún día la fama literaria no dependa de nombres sino de obras, persistió. Cuando terminé de escribir mi novela “La entraña del mal” (sobre el asesinato de John Lennon y el escondido impulso criminal de Chapman) una editorial grande no la leyó, y otra prefirió vincularse a un escritor que le abría la puerta a un celebrado creador extranjero. Cuando una persona requirió de mi pluma para escribir y publicar un libro de autoayuda, encontré Amazon, luego Kobo, Apple, Google. Especialmente la primera, una librería virtual universal donde cualquier autor sin dinero puede publicar gratuitamente su novela y venderla sin exponer ni un centavo de su billetera. Descubrí que ya varios escritores (mexicanos, españoles, ecuatorianos…) vivían de su literatura, dado que Amazon ofrece 70 % del total como regalías para el escritor.

Introduje mi novela y todos mis poemarios, creé allí dentro mi página de autor, vendí mucho, y me percaté que dar batalla a los pequeños círculos culturales (editoriales, medios, escritores) y sus privilegios implicaba compartir este secreto: “que todos pueden autoeditarse, vender y no depender de quienes te publicarían solo si tienes un nombre, eres amigo, vedette, futbolista o celebridad”.

Amazon tiene riesgos, cualquier obra mal concebida podría tener acceso, no hay límites, pero también puede encontrar lectoría cualquier obra maestra sin padrino. Es, en definitiva, un mecanismo de democratización de la literatura. Lo impasable, pero también lo excelente de cualquier “sin fama”, tiene la puerta abierta.

Es verdad que no todos deberían ser reconocidos, pero también que todos tienen derecho a ser visibles. La fama literaria no es una heredad.

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