Ronald Arquiñigo

Ronald Arquiñigo

CUADERNO DE BITÁCORA

Acerca de Ronald Arquiñigo:

Rigoberta que estás en el cielo

Murió Rigoberta, una anciana quechuahablante, natural de Abancay, de carácter de acero y andar calmoso, que vivía en mi barrio y que se había convertido en un símbolo de tenacidad y soledad entre los vecinos. Vestía con orgullo un hermoso traje andino con un sombrero grande. Nunca supe por qué su constante mal humor, y no pocas veces deseé estar lejos de ella, pues hablaba confusamente, con un acento de rabia en su voz que asustaba; y sus ojos, afectados por un tic nervioso, echaban miradas airadas que la convertían en un personaje de reacciones impredecibles.

En el barrio nunca nadie entendió sus reacciones iracundas; eran tan sorpresiva como inestable que de pronto podía refunfuñar, sonreír o pedir dinero de manera no siempre cortés, pese a que se esforzaba por sobrevivir a costa de sus pocas fuerzas y a su voluntad inquebrantable. Vendía globos infantiles en las calles, playas y mercados, y en el Centro de Lima. Algunos turistas la invitaban a almorzar, otros le daban generosas propinas. Era una mujer que, pese a todo, conmovía. Era furibunda, aunque mejor sería decir, melancólica.

La bodeguera del barrio dice que siempre compraba las presas más suculentas y costosas para sus guisos, desmerecía las menudencias, aun cuando podía faltarle el dinero. Echaba lisuras con poca elegancia y murmuraba siempre quejándose. Su esposo murió más enfermo que ella, de pulmonía, luego de haberse extraviado varios días debido a su amnesia nunca tratada. Lo encontraron desnudo y más delgado que un tronco de guarango hecho cenizas, con los huesos pronunciados en la tela arrugada de su piel. Ambos tuvieron un hijo que la acompañó hasta que sucumbió a los cuarenta años de una neumonía. Vivía en un almacén, a condición de cuidarlo. Pero murió sin dejar algo, apenas un sombrero grande y unos globos infantiles que ahora tocan el cielo de su habitación abandonada.

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