Ronald Arquiñigo

Ronald Arquiñigo

CUADERNO DE BITÁCORA

Acerca de Ronald Arquiñigo:

El señor de todos los fuegos

Tenía la barba de meses, era magro, de extremidades largas como una araña, y tan flaco que daba lástima verlo, sobre todo cuando hurgaba entre los basurales de las calles golpeando las montañas de desperdicios entre las humaredas oscuras, muchas veces desnudo, defendiéndose del hambre como podía, en ocasiones atacando a las ratas en la defensa de su territorio y acompañado de los perros de la cuadra, y en otras azuzando a un enemigo imaginario con un bastón que en realidad era una palanca de cambio de un Mustang, cuya empuñadura ostentaba la figura de un escorpión disecado. En las noches se refugiaba en una casita de cartones a la espalda de la parroquia, en una calle angosta, poco transitada, oscura y silenciosa. A la luz del día se exhibía cubierto por una túnica negra merodeando la huaca en un trance demencial, pues se lo veía hablando solo y frotándose las manos, como frente a un fuego imaginario, pero siempre riendo a carcajadas, con esos dientes estropeados que apenas podían partir una manzana podrida. Lo más llamativo en él era su fijación por el fuego, y, por tanto, lo único cierto en él. Cuando tenía una pequeña fogata cerca, encendida con heroico esfuerzo por sus manos nervudas, hecha con hojas secas, papeles, excremento de perro triturada por sus manos y (si acaso encontraba del viejo carpintero), un poco de aserrín, entonces su rostro, sucio por la mugre de la ciudad y aborrecido por el desprecio de mucha gente, admitía la luz de la esperanza. Era así de sencillo: el carácter gris que ostentaba, su risa escandalosa y ese andar enfermizo que asustaba a los niños, pasaban a convertirse en una antorcha en medio de la niebla cuando acercaba su rostro al movimiento frenético de su pequeña hoguera y entonces todo él era de luz. Hoy finalmente, luego de mucho tiempo, pude acercarme a él y le estreché la mano. Sentí el calor de su alma cálida y el corazón de dragón de su fogata fiel. Y entonces supe que no estaba loco.

 

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