A un año de la muerte del terrorista Abimael Guzmán

Restos del mayor asesino de la historia de Perú, fueron reducidos a cenizas.

Abimael Guzmán, el mayor asesino de la historia de Perú, murió hace un año y sus restos fueron reducidos a cenizas, las mismas que ahora envuelven su figura, prácticamente olvidada en un país al que le dejó una herencia de muerte y terror como líder y fundador de la banda terrorista Sendero Luminoso.

Falleció a sus 86 años, por neumonía. Solo, sin pena ni gloria, y cargando en su conciencia -si la tenía- la muerte de miles de peruanos, mientras cumplía cadena perpetua en una cárcel militar de máxima seguridad del Callao, donde estaba recluido desde 1992.

Al día siguiente de su deceso, cuando se cumplían exactos 29 años desde su captura, las portadas de los principales diarios peruanos celebraban la muerte del «monstruo», del «diablo», del «mayor genocida de la historia» del país, que sonaba como una suerte de losa final a la etapa de violencia y mortandad que azotó Perú entre 1980 y 2000.

«Nadie sintió dolor, ninguna pesadumbre, ni siquiera su familia o los pocos familiares que le quedan, que no quisieron recoger el cadáver», recuerda a Efe el escritor Umberto Jara, autor del libro «Abimael: El sendero del terror» (Planeta, 2021).

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Si bien, como un acto reflejo del alma colectiva, la noticia de su muerte incendió dolorosos recuerdos de quien, bajo una bandera maoísta, encarnó las peores atrocidades de una larga guerra, el debate nacional pronto se centró en qué hacer con su cadáver, ante el temor de que el sitio donde pudiera ser enterrado se convirtiera en un lugar de peregrinación.

Finalmente, tras 13 días en la morgue, sus restos fueron incinerados en un acto que ahora parece haber sepultado una historia que muchos ya consideran archivada. Sobre sus cenizas, nadie sabe qué fue de ellas. Tampoco ha despertado interés.

Un legado de muerte

Como artífice de cientos de atentados, su legado quedó reducido a las enormes heridas que aún duelen a quienes vivieron, en su propia piel, la orgía de violencia y horror, en el que murieron 69.000 personas, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Como actor político, su prédica marxista-leninista-maoísta no caló. Tras su captura, los últimos remanentes de Sendero se trasladaron al selvático Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), pero reemplazaron su influjo ideológico por el poder del dinero que logran con el control de la suculenta maquinaria del tráfico de cocaína.

«Su muerte fue como el final de un ciclo político arcaico que correspondió al siglo XX, el vacío de un espacio político que no se ha logrado llenar», reflexiona Jara, para quien Guzmán fue un hombre «ciego» y desfasado, «un fanático que estaba fuera de la realidad» por idear una revolución «que solo era posible en el desvarío de su mente».

El hombre, nacido en diciembre de 1934 en la región surandina de Arequipa, promovió el partido Comunista del Perú cuando era profesor de filosofía en una universidad de Ayacucho, buscó entrenamiento militar y financiación en China y la Unión Soviética.

Tras la creación de la banda terrorista, adoptó el alias de «camarada Gonzalo» para pasar a la clandestinidad y lanzar su primera acción armada en las elecciones generales de 1980, en el retorno de Perú a la democracia tras años de régimen militar.

«Guzmán empieza a construir Sendero Luminoso en el ejemplo de Mao (Tse-Tung) de los años sesenta que ya no existía y si a eso le añadimos que estaba fuera de percibir que Rusia ya no era esa súper revolución que se había imaginado, que el muro de Berlín caía, solo un hombre que se ha encerrado en el guión del fanatismo pudo haber tenido esa noción», insiste Jara.

¿Y el pensamiento Gonzalo?

Para el autor, quien conserva entre sus manos un manuscrito de más de 400 páginas escrito por el propio terrorista, Guzmán no fue ningún ideólogo ni intelectual, sino más bien un repetidor de autores clásicos del comunismo y un «psicópata» carente de empatía del dolor ajeno.

«Cuando uno revisa bien su vida se da cuenta de que no hay ningún trabajo doctrinario suyo, no existe ese pensamiento Gonzalo», sostiene tras recordar que el denominado «eslogan» del «pensamiento Gonzalo» lo acuñó Augusta La Torre, quien fue la primera esposa de Guzmán y jugó un rol clave en la fundación y liderazgo de la guerrilla maoísta.

«Caldo de cultivo»

A los ojos de Jara, el terrorista halló en el marxismo-leninismo un «pretexto para convertir su profundo rencor en una opción política», un rencor sembrado en sus años de infancia, desnudos de cualquier tipo de afecto y arraigo por ser «un hijo abandonado» y siempre «un forastero».

A un año de su último aliento y a treinta del inicio del final de Sendero, el investigador insiste en la necesidad de reavivar los recuerdos del pasado para entender Perú hoy, donde el terrorismo prácticamente se aniquiló pero donde, advierte, persiste la pobreza .

Y esta, agrega, de no ser atendida puede ser caldo de cultivo de tendencias extremistas que encaucen justos reclamos en la violencia, un camino que, acierta, «nunca va a poder dar frutos válidos para una sociedad». EFE

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