El rostro del terruqueo

Se trata de un recurso político del que se han valido los simpatizantes de Sendero Luminoso.

Por Piero Gayozzo (*) / Edición: Heydi Candela Feijóo

En los últimos meses, a propósito de que un partido con ideario marxista pasara a la segunda vuelta electoral, de que su candidato ganara y fuera elegido presidente del Perú y de que este nombrara a diversos gabinetes ministeriales integrados por personajes con vínculos ideológicos y de membresía con Sendero Luminoso y agrupaciones afines, ha vuelto a surgir cierta tensión sobre los usos del lenguaje y la comunicación política en Perú. Específicamente sobre lo que popularmente se ha denominado como “terruqueo”.

En líneas generales el terruqueo es definido como una estrategia histórica de la derecha para acallar a la izquierda, una forma de discriminación y racismo anclado en el lenguaje común. Entre las críticas académicas destacan las de Maldonado (2020) y Bolo Varela (2021), para quienes el terruqueo es una estrategia política neoliberal que busca desacreditar la disidencia y los reclamos sociales. A la crítica académica se le suman una gran cantidad de “argumentos” de uso común que, siguiendo más o menos las ideas de la izquierda académica, han contribuido a posicionar el “terruqueo” en el debate político.

Es cierto que todavía pueden existir quienes usen de manera indistinta el calificativo “terrorista”, ya sea para descalificar a cualquier crítico del Fujimorismo o como generalización para las personas del ande, tal cual ocurrió en los años 80. No obstante, en estas líneas se pretende, más bien, mostrar que el terruqueo tiene otro rostro. No solo es la exagerada generalización de cierto sector social, sino que también es un recurso político del que se han valido los simpatizantes de Sendero Luminoso para minimizar lo ocurrido durante los años 80 y suavizar el rostro del terrorismo en Perú. El “otro rostro del terruqueo” es, básicamente, una suerte de ventana de Overton pro-senderista.

Antes de proseguir es importante indicar que el “otro rostro del terruqueo” no es un gran plan ni una gran conspiración de la izquierda, al menos no todos participan de misma forma en él, pero su uso tiene un mismo efecto. Hay quienes participan de manera activa y consciente, así como hay muchas otras personas que terminan siendo meros instrumentos que actúan de forma inconsciente o pasiva y que al repetir estos argumentos terminan apoyando intereses de organizaciones radicales.

Comencemos diferenciando dos cosas: el terruqueo como ataque racista y el terruqueo como estrategia discursiva para trivializar el terrorismo en Perú. Nos centraremos en el segundo.

Definamos el “otro rostro del terruqueo” como un recurso discursivo que forma parte de una estrategia para desnaturalizar el significado de la palabra terrorismo y la valoración negativa que de ella se tiene. En efecto, el objetivo que le subyace es la reivindicación de los grupos terroristas de los años 80 y 90, la romantización de la lucha de clases y la estigmatización de toda política económica que no sea izquierdista. Este es el “otro rostro del terruqueo”, se trata de un arma que hábilmente han usado los simpatizantes de sendero con la complicidad tácita de la izquierda peruana, de los indignados, de los cojudignos y de todos los demás integrantes de la fauna woke peruana. En líneas generales, el “otro rostro del terruqueo” se vuelve un instrumento político de la izquierda cuando se emplea para frenar cualquier crítica y para desviar el debate.

En las décadas de los 80s el Perú vivió en carne propia el terrorismo marxista. Desde entonces y por casi 20 años, atravesó una ola de masacres en la que dos grupos de ideología marxista-leninista, Sendero Luminoso (SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), se levantaron en armas y, amparados por sus credos políticos, impulsaron una serie de atentados, asesinatos, masacres, secuestros, robos y otros tantos crímenes como parte de una estrategia que sistematizó el ejercicio del terror en la búsqueda de la toma del gobierno. A esta etapa de la historia peruana se le conoce comúnmente como la época del terrorismo. Por sus prácticas, todos aquellos miembros de SL fueron identificados rápidamente como terroristas y, por usos del lenguaje, de forma despectiva como “terrucos”.

Si denunciar a alguien de terrorista necesariamente trae a la mente los crímenes de SL ¿Cómo es que el “terruqueo” se vuelve un arma de los simpatizantes de sendero? Sencillo, cuando se presta atención absoluta a la forma y no al fondo. De ahí que los primeros títeres de esta estratagema sean los miembros de la cultura woke y los defensores de la corrección política.

El “otro rostro del terruqueo” se vale principalmente de 4 argumentos con los que intenta refutar las acusaciones de terrorismo que procura trivializar. Es importante indicar que esta estrategia no solo no refuta acusación alguna, sino que necesariamente busca la ridiculización del acusador y, con ello, la reconfiguración de la realidad. Los 4 argumentos principales son los siguientes:

1) Ridiculización del término.
2) El intentar volverlo un fenómeno común o cotidiano a través de la comparación forzada. “La marina también practicó el terrorismo”, “Terrorismo mediático”.
3) Apelar a la victimización.
4) Negación del crimen de terrorismo. No hay terrorismo porque Sendero Luminoso no existe. / No todos los acusados de terrorismo fueron terroristas.

El primero y el más básico de los argumentos es la ridiculización del término. Hacer mofa o burla incluyendo o atribuyéndose el rótulo de terrorista es propio de esta argumentación. Esta estrategia, a toda vista falaz, apela al ridículo y una de sus formas más populares fue el irrisorio hashtag #NoalPerruqueo, el cual llevó a un sinsentido extremo lo que debió ser una discusión seria sobre el futuro del país. Se da básicamente cuando el interlocutor se categoriza como “terruco” o hace una generalización exagerada para ridiculizar a la otra parte, por ejemplo: “Ahora todos somos terroristas”, “Como voté por el lápiz, ahora también soy terruco”.

El siguiente argumento (2) procura la banalización y relativización del fenómeno al indicar que otros grupos también practicaron alguna forma de terrorismo, por lo que, al estar en igualdad de condiciones, el rótulo de “terrorista” se vuelve inválido. Quien sostenga esta posición muy probable termine recurriendo a la ridiculización (1). Este “argumento” en realidad se trata de una falacia tu quoque, también conocida como la falacia “tú también”. Su forma más común es la siguiente:

– Sendero Luminoso es una agrupación terrorista porque mató a muchos peruanos.
– La Marina de Guerra del Perú también mató a muchas personas
– por lo tanto, la Marina de Guerra del Perú también es terrorista.

Esta comparación forzada es, por decir lo menos, una absoluta insensatez.

La tercera argumentación es el uso de la victimización. Según esta perspectiva, se acusa a las personas de ser terroristas por su origen étnico y social o por intentar mejorar sus condiciones de vida y las de las demás personas mediante rutas políticas que no son de derecha. La forma más elaborada la presentan Maldonado y Bolo Varela, la más básica puede ser recogida de la asociación entre ayacuchano y sospechoso de terrorista descrita por Aguirre.
En su forma más elaborada este argumento es definido por Hernán Maldonado (2020) como la estrategia de un sector “más duro de la derecha” que intenta “definir como “terrorista”, o “proterrorista”, a cualquier impugnación parcial o general que cuestione al orden neoliberal y particularmente los privilegios de los grupos empresariales”.

A la anterior, le sigue la versión de Oswaldo Bolo Varela (2021) publicada en la revista IDEELE, para quien toda disidencia justa es descalificada de inmoral al ser vinculada al terrorismo. En sus términos, se trata de una estrategia política del neoliberalismo “que deslegitima, desprestigia y expurga a todo potencial enemigo al campo de lo repudiable: la escala más baja de valoración social, ese lugar hoy reservado para el (verdadero) sujeto terrorista”, catalogando de “terruco” a quienes buscan reivindicar causas propias y justas. Para sustentar su afirmación enlista casos en los que se “terruqueó” a pueblos indígenas, estudiantes y trabajadores que reclamaban derechos, instituciones culturales y obras de arte. Estos argumentos siguen la siguiente estructura:

1) Existe una hegemonía neoliberal opresora que cataloga a sus críticos de terroristas
2) Los reclamos sociales critican la hegemonía neoliberal

Conclusión: para los neoliberales los reclamos sociales son terroristas

Sobre los reclamos sociales no podemos invisibilizar otras dos realidades, que son, desde mi perspectiva y la de muchos, el verdadero motivo de crítica: i) la presencia innecesaria de la violencia; y ii) la infiltración de grupos radicales, simpatizantes o remanentes de SL en las movilizaciones. Sobre el primero, solo basta preguntarnos ¿cuán necesario es que los manifestantes arrojen piedras, pinten grafitis, destruyan la propiedad privada y pública, prendan bombardas o desafíen a la policía? Con respecto al segundo, son varios los ejemplos en que se detectó la infiltración de pro-senderistas, ya sea en reclamos sociales, movimientos antimineros, protestas en universidades o huelga de profesores. De acuerdo a lo anterior, no se trata de censurar los reclamos sociales para oprimir al proletariado, tal cual Bolo Varela y Maldonado pretenden hacer creer. No, ese cuento murió hace mucho. Las críticas que se les formulan son sobre la violencia y el oportunismo radical en las protestas.

Lo que el “otro rostro del terruqueo” propone en realidad es la victimización y para ello requiere que se obvie la crítica a la violencia y a la infiltración senderista y que se centra la atención en alguna condición, ya sea la procedencia (serrano o indígena), la etnia, la posición social (pueblos rurales, no contactados, campesinos, obreros, etc.) o las ideas (izquierdistas, feministas) para generar una respuesta emocional desmedida y presentarse como vulnerado por razones que no estaban en discusión. Esto da pie a la narrativa según la cual el orden neoliberal se ha impuesto de tal manera que reclamar por tus derechos es un imposible que es condenado, algo completamente falso en un gobierno de corte liberal.

Ahora, es posible que se haya recurrido al uso del terruqueo para defender el estatus quo y censurar cualquier forma de disidencia o reforma. Como personas críticas no podemos obviar esta posibilidad. Este es el caso extremo del “terruqueo” que realmente es condenable y que no es de uso común ni masivo. En una nota de la BBC se cita a Carlos Aguirre y se indica que alguna vez se usó “terruco” como sinónimo de campesino o andino, pero creer que hoy esa perspectiva sigue siendo de uso común es un tanto descabellado. Por ello, lo más probable es que la forma más básica del argumento (3) tome la forma de la argumentación (1), la ridiculización, para evitar el debate. Estos son ejemplos de ello:

– Me acusas de terrorista por ser de la sierra.
– Claro, como soy izquierdista, también soy terrorista, ¿no?

El cuarto “argumento” reza que no hay terroristas porque SL no existe más. Según los que la utilizan, el grupo subversivo fue desarticulado tras la captura de Abimael Guzmán y la extinción de sus remanentes en los años 90, por lo tanto, no se puede ser terrorista si no hay un grupo terrorista ni acciones terroristas. Este argumento tiene otra forma y es, pues, la defensa de que no todos los acusados de terrorismo practicaron el terrorismo. Quizás, este argumento sea el más sólido que tienen los promotores del “otro rostro del terruqueo”. Básicamente se trata del reconocimiento del terrorismo, pero únicamente para aquellos que han sido condenados por tales acciones. Esta es una perspectiva bastante lógica, pues no podemos culpar a alguien de algo que no ha hecho, pero, ¿es realmente válida?

Para responder a la pregunta debemos analizar la verdadera dimensión de la acusación de terrorismo en nuestro país. Si bien existen quienes pueden usarlo de manera indistinta, en Perú, producto de los destrozos y crímenes de las dos organizaciones terroristas peruanas, el término dejó de referir únicamente a la práctica de acciones criminales como parte de una estrategia que hace uso del terror para someter a la población. En el uso diario, terrorista es sinónimo de miembros o simpatizantes de las agrupaciones e ideologías defendidas por SL y el MRTA. Esto quiere decir que, quienes hacen uso de la palabra “terrorista” en esta otra acepción, lo que condenan, además de los crímenes terroristas per se, es la ideología marxista-leninista en sus versiones senderista y emerretista. Lo que es moralmente condenable para el peruano promedio es la prédica, militancia, simpatía, defensa y justificación de las acciones y de las ideas que invitaron a SL y al MRTA a llevar a cabo sus crímenes. En este otro sentido, el terrorismo en Perú tiene nombre propio -Sendero Luminoso y el MRTA – y una ideología clara, el marxismo. ¿Es un uso incorrecto del lenguaje? Quizás los más puristas indiquen que sí, ya que podría ser visto como una falacia a la generalización. En primera impresión podría serlo, pero ¿qué pasa si incluimos la naturaleza contextual de todo proceso comunicativo?

Todo mensaje es indesligable de un contexto para cumplir con la acción comunicativa por lo que, antes de trivializar las acusaciones que cierto sector efectúa con justa razón sobre los simpatizantes de SL y del MRTA, es importante que los críticos tomen en cuenta este factor, al menos si realmente lo que se desea es dialogar. A ello debemos agregar el hecho de que “terrorista” también se usa como significante de “apologeta del terrorismo”. Esta extensión del significado deja de afectar solo al actor terrorista para incluir a sus simpatizantes y otros actores con algún tipo de vínculo ideológico. Su aparición en el lenguaje hablado no responde a un capricho cualquiera, sino que encuentra sustento en el delito de “apología al terrorismo” que está enumerado como Artículo 316 del Código Penal

Sobre la primera forma del argumento (4) que se describió, es cierto, SL ya no existe, al menos en la forma de SL. SL fue un conjunto de personas organizadas con intereses o principios ideológicos comunes que buscaban plasmar en la sociedad una República Popular a través de la “lucha armada” y para ello incurrieron en actos terroristas. Aunque los actores pueden no ser los mismos, las ideas que motivaron ese accionar siguen presentes en otras organizaciones, tales como MOVADEF, CONARE-SUTEP, el FUDEPP y una larga lista de “órganos generados” que se infiltran en la sociedad para pregonar el Pensamiento Gonzalo. De ahí que las ideas senderistas sigan vigentes y, por extensión, sus simpatizantes sean incluidos en el nuevo término paraguas en que se transformó la palabra “terrorista” en el Perú.

Concluyendo y para que la población esté informada:

1) Al debatir ideas políticas debería evitarse el terruqueo como despectivo racial. Es importante recordar esto porque quizás exista cierto sector que lo use en este sentido. Al evitarlo, no se le dará pie a la otra parte a llevar la discusión por las ramas.

2) Recordar que “terrorista” también tiene una acepción vinculada a la simpatía por SL e ideologías similares – lo que se conoce comúnmente como filo-terrorista – y que muestra el verdadero problema: la continuidad del pensamiento Gonzalo en nuestra sociedad. Este último factor es un hecho, la ideología senderista persiste y debe ser confrontada.

3) El otro rostro del terruqueo, como estrategia de la izquierda más radical y como arma de los izquierdistas soft que repiten sus argumentos sin contemplar el favor que le hacen a los radicales, es una serie de objeciones con poco fundamento y que siguen la consigna de crear un enemigo único: el sistema económico liberal.

(*) Director Ejecutivo de la Sociedad Secular Humanista del Perú (SSH) y miembro de la Asociación Peruana de Periodistas y Comunicadores de la Ciencia APCIENCIA. Autor en el portal Lucidez y en la revista Pensar del Center for Inquiry. Actualmente estudia Ciencia Política en la UNMSM.

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