Ahora a salvar la democracia y al Perú
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Por Ricardo Sánchez-Serra

Cuando le pregunté a un cordial amigo ¿por quién apostaría en estas elecciones? Me expresó: “Tú sabes que en todas las elecciones que he apostado, he ganado. En esta elección no me atrevo a apostar”.

Y estuvo claro que para los limeños fue una sorpresa, pero para provincias no lo fue, debido a que en la urbe y en el ámbito rural, se vive en Marte y en Plutón, cercanos en la galaxia, pero alejados del universo.

Estábamos en dos mundos, que la pandemia hizo aflorar, mal en el sistema sanitario y la macroeconomía que no llegaba a la gente de a pie, y que afectó a todos, tanto citadinos como a habitante rural. Entonces, el resultado fue que se elegiría a extremos que solucionen las falencias rápidamente.

Tuve un sueño ligero de que un centro democrático pudiera ser una solución para los peruanos, con propuestas concretas sobre cómo mejorar la economía y traer “para ayer” las vacunas verdaderas como Sputnik V, Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson y apoyar en el desarrollo de la vacuna peruana del Dr. Manolo Fernández. Además de construir, modernizar la infraestructura sanitaria.

La reacción popular fue llevar a la segunda vuelta a un radical de izquierda –comunista-, Pedro Castillo, como un voto de protesta por el abandono de las provincias frente al virus chino, y que en realidad afectaba también a todo el país, por culpa de la ineptitud de los gobiernos contaminados de izquierda, de Vizcarra y sus adláteres los morados, que nos llevaron a la catástrofe.

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Castillo tenía el plus de ser un humilde profesor de primaria. Recuérdese que siempre el maestro –especialmente en provincias- era visto como el sabio, el buenito, honorable y que gozaba de gran reputación. Ahora, en segunda vuelta saldrá todo su peligroso bagaje anterior, oculto por los 18 candidatos presidenciales y minimizado por los medios y redes. Y al que los verolovers indicaban que Castillo era inflado por la ultraderecha, en desmedro de su postulante.

En el otro sector del electorado, se nominó a Keiko Fujimori para la segunda vuelta, quien hizo una campaña tranquila, pacífica, con spots genialmente creados e impactantes, mientras sus contrincantes –aunque muy bien preparados- se sacaban lo ojos con peleas públicas y disparándose a los pies: los votos que ganaban con la mano derecha, lo perdían con la mano izquierda.

Los medios, en su mayoría, jugaban sus propias juergas, ninguneando a algunos candidatos, apostando por otros y destrozando a los que no les eran proclives. Nunca vi a tanto periodista que trataba como dama a su entrevistado favorito, mientras que a otros los sentaban en la Cuna de Judas.

Por otra parte, como es habitual, el tiro al blanco era al que estaba primero, Forsyth, luego Lescano –del que esperaba mejor performance y tenía a la Lampa como un símbolo envidiable- y al que venía como una tromba, López Aliaga como el mejor candidato conservador. Y, también a De Soto, al que ruinmente le achacaban senectud, cuando tenía o tiene una sabiduría envidiable.

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Ahora el Perú escogerá entre democracia y comunismo a lo Corea del Norte, entre desarrollo y pobreza, entre libertad y opresión, eso es lo que representan Keiko Fujimori y Pedro Castillo, respectivamente.

Los que se consideren fuerzas democráticas deben realizar un acuerdo tipo “Punto Fijo” o un pacto por la democracia, estableciendo un programa de Gobierno que pueda incluir asistencia de los técnicos. Las heridas de la campaña deben sanar rápidamente y cualquier “piconería” o soberbia deben dejarse de lado.

Keiko Fujimori representa la democracia y hay que salvar a la República, que nos legaron los patriotas, San Martín, Castilla, Grau, Bolognesi, Quiñones, Ponce, Cáceres, Bonilla, los comandos Chavín de Huántar y tanto héroe que se sacrificó por la Patria.

Y como la gobernabilidad estará siempre en peligro, el Congreso debe definir de una vez por todas lo que es “incapacidad moral” en la función presidencial y que cualquier proyecto de ley que se presente por parte del Ejecutivo no se le disfrace de “cuestión de confianza”, que solo puede invocarse cuando el Parlamento se derribe dos Consejos de Ministros, de acuerdo al espíritu de los constituyentes.

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