No hay ningún año en el complicado Vraem peruano en el que no se registre asesinatos, atentados y amenazas de violencia por parte del narcoterrorismo senderista remanente.

Este 2021 inicia lamentablemente con el saldo de cuatro civiles –dos menores de 15 y 16 años entre ellos– muertos en el centro poblado de Huarcatán, distrito de Pucacolpa, provincia de Huanta (Ayacucho) en Perú.

Al momento de escribir este texto no hay aún sobre este ataque un pronunciamiento oficial del Gobierno central o de las fuerzas del orden que operan en el territorio. Sin embargo, algunos medios locales y capitalinos han dado cuenta de un ‘grupo de terroristas’ o ‘columna de subversivos’ señalados por ‘fuentes militares y policiales’ como los perpetradores de los asesinatos. “Según la investigación policial, los subversivos (de Sendero) incursionaron con el propósito de llevarse a los menores de edad para enrolarlos en sus filas, pero ante su negativa fueron asesinados”, apunta Correo (Lima). Por su parte, el analista en temas de seguridad Pedro Yaranga ha resaltado la ‘incursión de terroristas’ en el pequeño poblado de Huarcatán.

En los últimos años al grueso de peruanos que viven fuera de las delimitaciones del Vraem (Valle de los ríos Ene, Apurímac y Mantaro y que cubre ciertas zonas de las regiones Ayacucho, Huancavelica, Cusco y Junín) se le ha hecho casi normal escuchar las noticias sobre la caída ‘exclusiva’ de miembros de las fuerzas militares y policiales afincadas en la zona y a cargo de la lucha contraterrorista. Esto puede haber reforzado la percepción ciudadana de que ‘ya no existen acciones de terrorismo’ al no haber civiles entre los caídos. Esto por supuesto no es exacto.

Ciertamente, según información policial de julio de 2019 recogida por periodistas, son 164 efectivos de las fuerzas deseguridad (129 militares y 35 policías) los asesinados entre 1999 y 2019. No obstante las agresiones contra civiles no han estado ausentes.

Aunque en mucha menor medida que con los uniformados, la violencia ejecutada como los asesinatos selectivos, los secuestros, así como el desplazamiento de civiles se han desenvuelto dando tracción además a las amenazas de violencia constantes. Es decir, terrorismo puro y duro contra ciudadanos no uniformados –y con no menores objetivos políticos–.

En ese sentido, como se ha anotado ya en este mismo espacio “es importante dejar de ver a los senderistas del Vraem como simples ‘sicarios’ o ‘guachimanes’ del narcotráfico… La hoz y el martillo, que los ‘camaradas Quispe Palomino’ enarbolaron desde los ochentas bajo las órdenes del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reynoso (capturado en septiembre de 1992 y purgando cadena perpetua), continúan siendo claves, por ejemplo, no solo como soporte de la escenografía video-fotográfica del ‘Militarizado Partido Comunista del Perú’ (MPCP) en esa zona, sino además para las futuras estrategias comunicacionales y en las narrativas político extremistas que le pueden ser favorables. Es decir, en la proyectada propaganda política incluyendo los espacios digitales ‘en línea’ en pro del reclutamiento” de potenciales simpatizantes y militantes.

El último atentado de este 23 de marzo en Huarcatán, Huanta, ha tenido características verdaderamente brutales. Según se ha dicho fueron entre 15 y 25 los terroristas implicados. Las víctimas (cuatro de cinco ya que uno pudo escapar) pertenecientes al Comité de Autodefensa fueron secuestradas, torturadas y ultimadas a pedradas (dos de ellos colgados luego de un árbol). Las imágenes hacen recordar muchos de los momentos terribles de la época terrorista que el país vivió a partir de 1980.

Según diversos medios locales y en la capital, luego de incursionar en el poblado y realizar una ‘charla’ proselitista en plena plaza, a los acusados de ser ‘soplones’ e ‘informantes’ de las fuerzas de seguridad les quitaron los celulares, se los llevaron secuestrados y los ejecutaron salvajemente a pocos kilómetros del lugar. Los narcoterroristas estaban comandados por el ‘camarada Fernando’ quien a su vez “recibe órdenes del ‘camarada Antonio’, uno de los más sanguinarios de la facción de Sendero Luminoso que opera en el Vraem”, señaló una fuente policial a Expreso (Lima).

Mientras la barbarie reflota crónicamente en el abrupto territorio del Vraem, en la capital peruana algunos sectores continúan ‘debatiendo’ –incluso hasta con cierta soberbia en el ámbito académico– si en el país hubo, post 1980, ‘terrorismo’ o ‘conflicto armado interno’. Un desperdiciado esfuerzo y una confrontación que continúa sumándose a distraer y evadir concentrar todos los esfuerzos para neutralizar al narcoterrorismo remanente. Una violencia que sigue enlutando al país no solo por la irreparable pérdida de militares y policías, sino también de otros civiles en estado de desventaja y desprotegidos. Uniformados y no uniformados. Peruanos todos, al fin y al cabo.

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