Más allá de la lamentable pérdida de miles de vidas y del derrumbe de la economía a causa del coronavirus, esta pandemia tiene la virtud (si así podemos llamarla), de rescatar la fe en la trascendencia humana.

La inmensa mayoría de personas incluyendo sin duda a los ateos (que no creen en Dios) y a los agnósticos (que sin negar a Dios, consideran inaccesible la noción a lo absoluto), sea por el temor a la muerte, o por sincera adhesión; han vuelto su mirada a Dios.

He visto y oído a muchos hombres y mujeres, pero sobre todo a varones, que por falsos prejuicios antes se cohibían de manifestar su fe, hoy lo hacen patente pidiendo a Dios los proteja ante la contingencia de que termine su existencia y el consecuente temor a lo desconocido.

Esto me recuerda un episodio que me tocó vivir en mi juventud hacer 54 años (pues ya peino canas), durante el terremoto del 17 de octubre de 1966, que azoto Lima, Callao y el Norte Chico, ocasionando además de cuantiosos daños materiales, la muerte de 225 personas y 258,000 damnificados.

Estaba yo entonces en mis comienzos como periodista en la prensa escrita en el diario Expreso y era un fin de semana en que me encontraba de visita a mis padres que vivían en un pequeño fundo, cerca al mar en la localidad de Barranca.

Eran las 4.41 de la tarde del 17 de Octubre, cuando se desato aquel terremoto que tuvo una intensidad de 8 grados en la Escala de Mercalli, y una duración de 45 segundos, seguido de movimientos cada vez menos intensos y de un maremoto que impulso las olas del mar, que rebasaron casi cien metros de la playa.

Encendí entones la radio para tener noticias de Lima, pero las emisoras de la capital habían silenciado. Sin embargo en onda corta pude escuchar a los rudos pescadores mar adentro, generalmente acostumbrados a duras interjecciones; implorar a Dios casi llorando por sus vidas.

Aunque desde siempre he sido un hombre de fe, aquel episodio en mi juventud me hizo comprender con mayor intensidad, no solo el valor de la solidaridad con el prójimo, sino además la necesidad de buscar la trascendencia en la inconmensurabilidad de lo infinitamente superior, a nuestro breve tránsito por la vida.

Comprendí además que para los hombres y mujeres de fe y de buena voluntad, pero también para aquellos que como el hijo pródigo vuelven al redil pidiendo perdón por sus yerros, existe la trascendencia, más de allá de nuestra  efímera existencia.

Por ello creo que esta pandemia, además de su enorme daño a la vida humana y a la economía, fortalece la fe de los hombres en Dios, haciendo votos por un mundo mejor, donde no ocurra lo de hoy, que en medio de la  tragedia siga la corrupción y la falta solidaridad en la atención pública y privada de los afectados por el coronavirus, sin que importe el dolor humano.