Cerrado el Congreso el 30 de setiembre del 2019 -día del golpe gris oficialista-, el contrapeso de poder institucional quedó desbaratado. Así, el contexto político, el juego de poder favoreció al gobiernismo quien, finalmente, prosperó con el conflicto.

La popularidad presidencial, el premio máximo, se disparó casi con la misma efervescencia que apuntaló a Fujimori el 5 de abril de 1992. Con o sin tanques. La gente pues estaba cansada del incómodo Parlamento. Otra vez. Con abrumadora sentencia política y emocional el pasado ratificó y el presente ratifica la crónica ojeriza ciudadana anticongresal. Aniquilado el foro parlamentario etiquetado y generalizado como ‘obstruccionista’ y ‘corrupto’, desapareció también de momento el conveniente pararrayos instalado por el régimen para redirigir las furias populares.

El Legislativo era la gran cortina de humo de las coyunturas adversas palaciegas. Ciertamente sus miembros se esforzaron también por autosocavar su relación con la población. Con poco o nada que mostrar -pre y post ‘disolución’- como resultado de gestión gubernamental y en medio de tambaleos ministeriales por el influjo ‘inadvertido’ de Odebrecht, el régimen debe hoy estar anhelando la pronta instalación del ‘nuevo’ Congreso. Urgente, ya que es el elemento distractor clave al que se puede culpar de casi todos los males nacionales -a parte de la Constitución, su capítulo económico y el resistido crecimiento que se apuntaló bajo su sombra-. El efecto: sostener la popularidad presidencial propagandizada por las encuestas.

Relanzando el conflicto dominante de los ‘buenos’ en el Ejecutivo contra los ‘malos’ en el Legislativo, podría mantenerse la pauta de poder a su favor. Harta chamba entonces espera al periodismo progobiernista y más aun a los asesores palaciegos de la confrontación estimulada y de la ‘comunicación política’ de choque. ¿Que podría ocurrir de no funcionar otra vez este conveniente relanzamiento de tensiones? Quizá solo un conflicto mayor podría canalizar una potencial polarización: la incitación a un debate nacional y altamente tóxico que abone indirectamente a favor de las narrativas que pugnan por el desmantelamiento del sistema económico peruano.

Y esta vez ya no solo vía el extremismo violento en las ‘protestas sociales’, sino además vía el enfrentamiento y el pecheo parlamentario. Ahí donde los antisistema han llegado -gracias al ‘voto popular’- para socavar al sistema desde adentro. Una proyección de enfrentamientos que divida aún más a los peruanos y prepare el terreno para el proceso clave donde se configurará el destino del país en los ámbitos sociales, políticos y económicos: las elecciones generales del 2021. El vizcarrismo, probablemente cada vez en mayores aprietos al desmoronarse la estratagema de la ‘lucha [selectiva] anticorrupción’, ¿terminará jugando a favor de los antisistema como válvula de escape o actuará con prudencia política y sensatez? ¿Qué herencia dejará el 2021? No está demás recordar que el desplazamiento de conflictos, la operación de sustituir la tensión que menos conviene por la que más sirve constituye una herramienta fundamental de la estrategia política.

Más cuando se empieza a operar abiertamente en contra de los sectores opositores e independientes amedrentando su posibilidad de competencia y de accion y, sobre todo, su esencial libertad de expresión.