Gabriel Boric, el presidente electo de Chile, llega también con un pack de posturas sobre las caliente tensiones que de una u otra forma impactan en la geopolítica global. Una de ellas es su posición anti-Israel y a favor de los reclamos palestinos.

Israel es para el joven presidente (35 años) un «Estado genocida y asesino»; así se lo hizo saber a la comunidad judía (de 18 mil personas) asentada en el país. Por su parte, la diáspora palestina es de 350 mil personas en suelo chileno, la más grande del mundo fuera del Medio Oriente.

En junio de 2021 y pese a la indignación de los chilenos judíos, Boric apoyó «un proyecto de ley en el Congreso Nacional de Chile que pide un boicot a los bienes, servicios y productos de los asentamientos israelíes» (20/12/2021. The Jerusalem Post). La legislación con una clara intencionalidad fue redactada por el Grupo Interparlamentario Chile-Palestina en la Cámara de Diputados del Congreso chileno.

Para algunos estudiosos de la influencia que ha ganado Irán en esta parte del continente americano, el triunfo del antisionista Boric puede ser entendido como una «victoria», una ocasión valiosa para las actividades expansivas del país persa.

«Para Irán, la elección de Boric representa una oportunidad para elevar su perfil y proteger sus activos en este remoto rincón de América Latina, en un momento en que una creciente ola de populismo de izquierda está llegando nuevamente al poder en toda la región. (…) Irán ya tiene un punto de apoyo en cada país, gracias a los centros culturales que ha ayudado a establecer. Ha cultivado políticos locales y movimientos de extrema izquierda o nativistas. Ha reclutado activistas, periodistas y académicos, haciendo proselitismo, de manera específica, entre personas influyentes públicas. (…) Los representantes iraníes no han perdido tiempo celebrando la victoria de Boric recordando a sus seguidores su troleo en Twitter a la comunidad judía local. El Centro Islámico de Irán en Santiago ya felicitó a Boric, pidiendo al nuevo presidente que abra sus puertas a los emisarios de Irán», anotaba Emanuele Ottolengui (27/12/2021. FDD) a propósito de la coyuntura chilena y los riesgos en materia de seguridad y política exterior.

Y es que hay una advertencia que se anexa al viejo conflicto israelí-palestino. «Poseer y defender las demandas más radicales de los palestinos es el núcleo de la agenda revolucionaria de Irán y el caballo de Troya que a menudo ha utilizado para ganar partidarios en toda América Latina. Chile siempre ha ofrecido un terreno propicio, dada su gran diáspora palestina. Y ahora, el ascenso al poder de un político casado con estos mismos puntos de vista radicales anti-Israel ofrece a Irán una gran oportunidad», resalta Ottolengui.

Y hay, por cierto, un serio precedente. Ocurrió con Hugo Chávez quien, con un sentimiento antiestadounidense y antiisraelí muy hondo (en 2010 condenó «desde el fondo de su alma y de sus vísceras, al maldito Estado de Israel») apalancó cuanto proyecto de infiltración planteó el régimen iraní. Venezuela así se convirtió, gracias al creciente influjo del extremismo izquierdista al que Teherán es afecto, en un centro logístico y de apoyo geopolítico que ha beneficiado sin pausa tanto a Irán como a uno de sus patrocinados más persistentes, letales y subterráneos de la región: el Hezbollah libanés.

Proiraníes peruanos apoyaron a Castillo

Al norte de Chile, en Perú, la opaca presidencia de Pedro Castillo lleva ya casi medio año de inaugurada. Por táctica, su real dirección aún no se muestra del todo y se agazapa bajo una ambigua política exterior progresiva o crecientemente funcional a la agenda izquierdista subcontinental. ¿Cuál será su grado de permisividad con los afanes de penetración de los iraníes y de su brazo operativo Hezbollah en suelo peruano (y por efecto en Sudamérica)?

Durante la campaña electoral de 2021, el prosenderista y hoy mandatario Castillo contó con el apoyo de un operador clave señalado por sus vínculos con el grupo Hezbollah. Como es sabido ésta organización terrorista recibe el patrocinio directo de Irán vía el soporte y el entrenamiento de la Fuerza Quds (la unidad de élite de la Guardia Revolucionaria Islámica).

El operador islámico es conocido como Edwar Quiroga y fue fundador —entre otros entes— del Inkarri Islam, un «centro cultural» chiita con sede en la región Apurímac, al sureste de Perú.

Quiroga tuvo un rol no menor apareciendo incluso en reportajes periodísticos (15/6/2021. Willax TV) donde se le escucha hablar sobre las posibilidades y acciones que se podían realizar para manipular (anular o impugnar actas de votos donde esté ganando el contrincante) los resultados electorales de las mesas de votación (de forma individualizada pero masiva) a favor de la candidatura de Pedro Castillo (quien compitió con Keiko Fujimori en la segunda vuelta electoral por la presidencia) sobre todo en las regiones del sur peruano. Un tema espinoso del que ya poco se habla a la vez de la actual desaparición de Quiroga del escenario político (tal vez considerado ahora como un elemento inconveniente para la imagen pública del presidente).

El triunfo del ultraizquierdista Castillo en Perú y el reciente del hasta hace poco probolivariano Boric en Chile, puede darle a Teherán el oxígeno necesario para intentar evadir los esfuerzos contraextremistas y las sanciones antiterroristas que los países occidentales han venido colocando en su contra.

Un escenario regional de tableros múltiples con cada juego específico de acuerdo a las dinámicas internas de cada país ambienta el proceso antiguo y continuo de infiltración iraní. Perú y Chile (como Colombia y Brasil según los próximos resultados electorales que ya avecinan) no serán obviados por estas pulsiones.

Hezbollah aumenta el riesgo de conflictos políticos y delictivos en Latinoamérica

Cabe recordar que uno de los grandes demandantes y cooperantes de los cárteles de narcotráfico es el grupo terrorista libanés y proiraní Hezbollah. Un actor extrarregional que ha logrado por años echar raíces en Latinoamérica y el Caribe, convirtiéndolo en una zona neurálgica para la generación de recursos financieros y logísticos ilícitos.

Con su red de alcance global, Hezbollah entra a ser parte de la distribución transcontinental de drogas y suministros ilegales.

Múltiples investigaciones ubican a este grupo extremista como articulador de redes de delincuencia transnacionales, de financiamiento del terrorismo y de «oleoductos» subterráneos de apoyo político. Los fondos —enviados luego a las zonas de influencia y conflicto en los que están involucrados— obtenidos vía actividades ilegales en el continente americano son cuantiosos (ver: Proyecto Cassandra – DEA).

El Departamento de Justicia de los EE. UU. clasificó a Hezbollah como una «organización criminal transnacional» (TOC). Su asociación con cárteles de la droga latinoamericanos, el lavado de dinero, el contrabando… en suma, el crimen organizado amarrado a objetivos políticos puntuales y de largo alcance suelen aparecer describiendo su naturaleza operativa actual.

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