Afanosa en confundir a indecisos y oponentes, la candidatura del prosenderista y prochavista Pedro Castillo ha decidido adoptar diversas formas en vía al 6 de junio en que se definirá quién se hará del poder presidencial en Perú.

La desesperación por unas encuestas que van sincerando su estancamiento –y seguro su caída– en la aceptación electoral ha hecho que muestre ahora distintas caras dependiendo de a qué sectores de dirige. Así, el castillismo ha pasado de marcar táctica ‘distancia’ con su auspiciador Cerrón como con el Movadef senderista (por ejemplo, el virtual congresista Guillermo Bermejo está ahora convenientemente mudo y oculto) a convocar varios equipos de ‘asesores técnicos’ –que hasta incluye al otrora vizcarrismo palaciego– que le fabriquen diversas prendas con que arroparse bajo una aparente ‘moderación política y económica’.

No hay que ser pues un experto de la politología para darse cuenta que estas jugadas son claramente una estratagema electorera. Muy común por cierto en los prospectos de dictadores bolivarianos como Chávez, Correa, Morales… y hasta el podemita y prochavista Pablo Iglesias en España quien posaba como un inofensivo ‘socialdemócrata de centro’ en tiempo de elecciones, para luego retomar la narrativa y la acción prepotente y extremista de izquierda (así llegó a compartir el poder, en ‘coalición progresista’ con el incorregible PSOE de Pedro Sánchez).

Los disfuerzos que intentan ‘potabilizar’ políticamente a Castillo son obvios. Lo cierto es que en el frente externo, el candidato mantiene vínculos innegables con la ultraizquierda continental. Es un tubo de ensayo más en suelo peruano.

Pero es en el frente interno donde las apariencias de marketeo político no serán fáciles de instalar.

Hay que repetirlo: tanto el franquiciado castrochavismo peruano, el senderismo, el emerretismo reciclado y el etnocacerismo hace tiempo soldaron sus objetivos de poder. Eso lo muestra una sencilla revisión de lo que estos sectores y sus operadores han estado propagandizando en los últimos años. Tanto con megáfono en mano en costas, sierras y selvas como en las efectivas redes sociales en línea.

Por su parte, los nexos con el etnonacionalismo de Antauro Humala no son nada menores.

El antaurismo o ‘radicalismo reservista’ –en realidad más extremista que radical–, constituye un peligroso planteamiento que incuba el odio y los conflictos extremos y proviolentos. Ha unificado como señalamos en anterior columna no solo la lucha de clases marxista con la homofobia y la xenofobia, sino también con el racismo, la lucha de razas.

Ya hace un tiempo el líder del antaurismo promocionaba ese gran frente que uniría a los de Sendero y el Movadef, los reciclados del MRTA y los etnocaceristas. Es lo que bautizó como la ‘izquierda macha’; aquella que en contraste con la izquierda light no dudaría en sacar adelante un real proceso revolucionario. Ello sin descartar la ventana táctica de la vía electoral.

Como anotábamos hace varios años en este mismo espacio (ver: ‘Etno-senderismo-emerretista’. 5/12/2012. Expreso), estas fuerzas, estos operadores del extremismo, han venido accionando aliados e infiltrados en la base social e incitando desafíos violentos en cuanta ‘protesta’ se gestó en el país, sobre todo en las tensiones antimineras.

Antauro hizo lo suyo: acuñó toda una retórica que buscaba comunicarse estratégicamente con los sectores populares y rurales inadvertidos. Términos o frases como ‘tumbarse a los presidelincuentes de la republiqueta globoneoliberal’ o de la ‘timocracia fuji-odebrechista’ son replicados por el activismo etnocacerista y sus cooperantes. Ellos obvian que gran parte de la corrupción fue montada por la izquierda política latinoamericana (con Lula da Silva como una de las cabezas) en asociación con los mercantilistas antiliberales.

Son a todas estas fuerzas externas e internas conectadas subterráneamente por años, de uno u otro modo y en simetría de objetivos políticos, que el proyecto de poder que encabeza –pero no controla– Castillo está apuntalando en ruta al Palacio de Gobierno peruano a partir del 28 de julio. Es la oportunidad, quizá una que ni ellos mismos esperaban sino a largo plazo, de no solo lograr al fin cambiar la pauta de poder real e ideológica sino de controlar directamente el sistema de conflictos nacional. Y el que logre controlar este factor, dominará en propicia posición al país.

Mientras estas aparentes ‘moderaciones’ vía ‘planes técnicos’ de última hora –que dicen no significar atentados antieconómicos o antipolíticos liberales– se vuelven a repetir en la región gracias a los funcionales o los inescrupulosos perseguidores de cuotas de poder, la candidez política (como ha ocurrido con ciertos ‘opositores’ en Venezuela imposibilitados de expectorar del trono a la narcodictadura castrochavista y militar) continúa con la pose de que una posición ‘neutral’ o el voto blanco o viciado ‘son lo mejor’ en la actual y riesgosa coyuntura peruana.

No cabe duda, como lo muestra la historia política latinoamericana de los últimos veinte años, de que los enemigos de la libertad crecen exitosos bajo la sombra de los tibios.

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