¿Castillo no cae por el antifujimorismo?

Si Perú tuviera hoy a Keiko Fujimori en la presidencia y no a la dupla Castillo-Cerrón, con todo lo que ahora se está viendo en asuntos de corrupción, ineptitud e infiltración de extremistas en el sector público, ya habría sido expectorada de la presidencia. Hace rato. Quizá no duraba ni un mes luego del 28 de julio de 2021.

Una fuerte convergencia de la protesta en las calles y un Congreso corajudo habrían ya actuado para defenestrar con toda razón a la podredumbre como la que hoy se ve.

¿Por qué no pasa lo mismo con el prosenderismo corrupto? No es un error apuntar que es quizás el factor del «antifujimorismo» el que sigue dando un efecto teflón que le permite a la izquierda presidencial la sobrevivencia y la impunidad.

Hay quien ha dicho que «a este paso, el presidente va a empezar a recibir coimas en vivo en TV Perú e igual no va a pasar nada» (Ronald Cross).

Son en realidad múltiples factores los que impiden el fin de este desgobierno. Uno es el enjuague que ha alineado a un número de congresistas que juegan a favor del gobiernismo neutralizando toda vacancia legítima y constitucional.

Pero es quizá la resistencia que genera cualquier posible beneficio político de rebote a favor del fujimorismo si Castillo cae, la que puede estar conteniendo los desenlaces.

Ese afán receloso se observa mucho en la prensa (sobre todo en la que dio soporte a Vizcarra y Sagasti, aunque va disminuyendo ante lo obvio y las groseras evidencias).

Ello influye en sectores de la opinión pública bloqueando que pueda formarse una ola de indignación general que revierta al fin la dinámica tóxica del conflicto y la situación de poder nacional.

El antifujimorismo (casi profesional en algunos «influencers») ha logrado establecer su campaña por años con tanto éxito que hasta Abimael Guzmán o Polay Campos (de haber sido liberados) hubiesen podido llegar a ser presidentes como otros «males menores» en competencia con cualquier heredero del fujimorismo. Ese es el «éxito» comunicacional -que además les aseguró cuotas de poder en varios gobiernos- de estas fuerzas que terminaron de propiciar el triunfo de Castillo-Cerrón sobre la base de impulsar, como diría la presuntuosa politología, (caprichosas) «identidades políticas negativas». Hoy se lamentan, reculan, aunque los más termocéfalos persisten en su posición.

Curiosamente, cierto otrora sector del antifujimorismo tradicional como el de los Vargas Llosa, salvaron cierta consistencia al ayudar a advertir y diagnosticar sobre los peligros de alta gama que el (mal mayor) neosenderismo corruptor provocaría.

El año 2000 no fueron en estricto las marchas las que hicieron sucumbir al fujimorismo primigenio, fue un explosivo vladivideo. Quizá algo de eso falta hoy.

Aun así cabe preguntarse que si de darse el caso, el antifujimorismo actual seguiría desestimando lo evidente agarrando tercamente la soga que aún sostiene a Castillo y asociados internos y externos.

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