«Vizcarra podía ser el político sagaz que movía sus fichas prediciendo la táctica errática del enemigo. No le incomodaba demasiado la atmósfera conspirativa si eso lo colocaba en el lugar y en el momento precisos», anotaba la periodista Rafaella León en su libro [«Vizcarra, retrato de un poder en construcción». 2019] sobre el mandatario peruano y sus destrezas en los pugilatos políticos.

«Impresionante la muñeca política de Martín Vizcarra. Admirable», tuiteaba hace un día la periodista Verónica Linares a propósito del pecheo del presidente con las clínicas; operación que algunos registran como «triunfo político», mientras que no pocos lo ven como un nuevo intento de recuperar aprobación popular vía encuestas o distraer sobre los desaciertos del sector público y la incapacidad de gestión oficial en medio de la pandemia.

¿Es Vizcarra un «genio de la política»? Como apuntábamos en este espacio [«Los estrategas de Vizcarra» 10/6/2019. Expreso], los asesores palaciegos han tenido un rol determinante en la ruta gobiernista y su contrapolítica contenciosa.

Desde que se asumió el poder hace poco más de dos años, el núcleo de la estrategia de los operadores del vizcarrismo ha sido uno de manual: la confrontación incesante para la polarización constante. Sobre ello, la vieja receta de crear un enemigo del momento [sean los «corruptos» elegidos selectivamente, el Congreso «fujiaprista», los que «no cumplen la cuarentena» como los piuranos, los informales, etc… las farmacias, clínicas y en general el sector privado] para convertirlo en un pararrayos de los malos humores ciudadanos encontró viada. De ahí a la victimización política del régimen se llegó con un solo paso.

El gobiernismo apostó por dividir —a los otros— y unificar —a los suyos— al mismo tiempo. El resultado: administró las líneas divisorias y relocalizó el poder a su antojo «fáctico», apuntalando su propia narrativa de victimización y prosperando con los conflictos.

No obstante, su aparente éxito no está precisamente en las habilidades estratégicas con respecto a la política [a estas alturas cualquier estudiante advertido de ciencia política podría detectar su «operatividad»] sino en la enorme —y a veces hasta ridícula— incapacidad de sus antagonistas o rivales en contrarrestar su «comunicación política» contenciosa. Así, el vizcarrismo la ha tenido sencilla ante competidores que hicieron gala de una torpeza o una ausencia notable de toda estrategia política operante y funcional.

Aupado además por una prensa militante y progobiernista y los efectos polítizados de unas encuestas [últimamente vía «onlíne» o «telefónicas»] de las que existen no pocas dudas sobre su veracidad, el desenvolvimiento presidencial fue facilitado. De hecho si se le quitasen estos dos factores claves de apoyo, la famosa «muñeca política» presidencial se quebraría en pedazos.

En vez de priorizar atención en las políticas públicas de resultados y la gestión eficiente, la mira del Ejecutivo se centra en la mera «comunicación política» y la propaganda que hagan «clic» con la aprobación de corto plazo en las encuestas sobre la base de confrontaciones estimuladas para el «moldeo de percepciones». No sobre los resultados concretos de una gestión gubernamental; y que es el factor por el cual, paradójica y paralelamente, la desaprobación gubernativa agarró alza entre la gente en diversos momentos.

Los réditos actuales de los estrategas del vizcarrismo están más, entonces, en la simple comunicación política y retórica para «ganar» las tensiones de poder en competencia o en aniquilamiento [que por cierto es el norte de la mayoría de políticos], que en los resultados concretos de gestión ejecutiva [que por cierto es el norte de todo efectivo gestor y estadista] para los que fue electo como parte de la plancha en 2016 y poscaída de PPK. En esto último tiene poco o nada que mostrar.

El populismo del régimen [también de contornos ideológicos como bien lo ha resaltado Enrique Ghersi: «Hecatombe social está siendo ocultada por el gobierno». 21/6/2020. Correo], adicto como se ha dicho a los índices de popularidad vía la manipulación de percepciones más que a los resultados reales, ha estado ganando el juego político con suma facilidad. Esto no por una inherente habilidad estratégica [o por la «virtù e fortuna» de la que hablaba el cientista de la política Maquiavelo] sino por encontrarse ante rivales ineptos políticamente o por walkover. Es decir: en una cancha, ahí donde puso la pelota, vacía de retadores serios.

Sin duda y sin contrincantes capaces, qué fácil la han tenido —incluso ante el hoy vilipendiado sector privado— los proconflictivos asesores palaciegos y sus juegos políticos de choque permanente.