Evo Morales llegó esta semana a Argentina en un avión de la estatal petrolera venezolana PDVSA bajo control de la narcotiranía chavista y registrada en una lista negra de transportes aéreos elaborada por el Departamento del Tesoro norteamericano. No es la primera vez que lo hace, por cierto.

Al evento en Buenos Aires protagonizado por el boliviano se sumó el actualmente prófugo expresidente ecuatoriano Rafael Correa. Otro activista del plan bolivariano de «la patria grande» latinoamericana.

Ambos operadores de La Habana y Caracas —con holgados financiamientos— activan y se mueven a todas sus anchas no solo reforzando la red de cooperación política de la extrema izquierda transnacional, también recalentado la polarización y la «conflictividad social» que va socavando los sistemas políticos y económicos de los países visitados.

El también cocalero exmandatario (para diversos investigadores y periodistas internacionales y sus fuentes de la DEA, Morales es líder de un cártel de narcotráfico con epicentro en la zona del Chapare, el VRAEM boliviano) es un embajador del castrismo y del chavismo de alcance regional. La evidencia acumulada durante años que lo demuestra —podría llenarse todo un libro sobre ello— es tan abrumadora que solo la ingenuidad o una agenda encubierta podrían negarlo.

Morales no se detiene. Es muy activo. Para el próximo 20 y 21 de diciembre ha convocado una reunión de Runasur en el Cusco, Perú, en pro de impulsar «la reconstitución de la América Plurinacional».

En lo que va el prosenderista y prochavista Pedro Castillo en la presidencia, Morales ha estado varias veces en el país. Su influjo en el régimen perulibrista en diversos temas centrales, pero sobre todo en el asunto de la «industrialización de la hoja de coca» (y del narcotráfico como factor de riesgo) es innegablemente notorio. Incluso las comunidades indígenas asháninkas, ya en guerra por sus territorios y contra los traficantes de drogas, han mostrado sus temores y recelos ante estos entreveros. Y con toda razón.

A mediados de agosto en Lima el exmandatario boliviano «apadrinó el nacimiento del nuevo partido del Conare-Movadef» (12/8/2021, Perú21), la Federación Nacional de Trabajadores en la Educación del Perú, Fenatep. Morales habló en el evento sobre «el papel de las organizaciones populares en los cambios políticos, económicos y sociales en América Latina” y sobre cómo cambiar la Constitución.

«La Fenatep no es un grupo cualquiera es la nueva fachada del Conare-Movadef, un organismo generado por Sendero Luminoso y que ahora busca, por segunda vez, convertirse en partido político».

Este —y mucho más— incesante activismo impulsa sin duda los nexos entre el castrochavismo al que Morales es adepto y el superviviente grupo Sendero Luminoso que sigue apostando por diversificar sus organismos generados dentro del poroso sistema político nacional; entre factores externos e internos de tensión crecientes a favor de un proceso de cambio gradualmente autoritario en suelo peruano (como en el sur de Chile, se estará ante un aumento de desafíos violentos sobre todo contra las inversiones y la infraestructura privadas).

Las relaciones de cooperación entre estas fuerzas antidemocráticas son de diversa gama. Van desde las políticas e ideológicas hasta las transaccionales. Uno de los objetivos es consolidar el juego de tableros múltiples en el que se ha convertido la geopolítica regional.

Hoy Perú, gracias también a una ambigüa política exterior o la complicidad de su cancillería, va cediendo ante estos avances.

Mira más contenidos siguiéndonos en FacebookTwitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.