Evo Morales ha vuelto al Perú. Otra vez. Y advierte que no es asesor de la bicefalía Cerrón-Castillo, ni pretende serlo. «He sido convocado por el pueblo», parece decir.

No obstante, Morales no ha tenido remilgos en aconsejar algunos pasos iniciales al régimen castillista (en el marco de relanzar una «revolución dentro de la revolución», y, por supuesto, dentro de una «democracia» boba, inadvertida) que va mostrando su alineamiento a las formas bolivarianas regionales y autoritarias.

Quizá la presencia de Morales en suelo peruano —que no es casual— apunta a querer instalar la idea de que Castillo (el 28 de julio hasta se vistió con un atuendo similar al del excocalero) está «más pegado» al proceso boliviano que al venezolano. Un esfuerzo en realidad cosmético.

Lo que el Movimiento al Socialismo (MAS) dirigido por el exmandatario montó durante poco más de trece años en Bolivia, fue un escenario «híbrido» y distractor en el que se publicitó la imagen de un «país en crecimiento» (artificioso en realidad como han señalado economistas serios y que tuvo al Leviatán estatal como protagonista de los «cambios»), mientras en paralelo se montaba a ritmo gradual una calculada estructura política prodictatorial.

Así, «la ruta» boliviana parecía «distinta» a la venezolana, pero formaba de fondo un plan —otro matiz— innegablemente alineado con el proyecto de expansión castrochavista regional y dictatorial.

«Cuando las cortes están bajo el control del Ejecutivo, así como las otras ramas del Estado, como es el caso de Bolivia, existe una dictadura», subrayaba con acierto Ian Vásquez del Instituto Cato (21/8/2018).

Pero hay un aspecto clave de la apariencia híbrida del evismo: el ideológico.

Morales es solo y a veces un «pragmático» por cálculo. En realidad encarna un entrevero profundamente ideologizado bajo un aparente e «inofensivo eclecticismo» (así marqueteado durante años por la prensa internacional y funcional a los extremismos de izquierda).

Quienes han tenido la oportunidad de leer sus verificados pronunciamientos públicos se han topado con apologías constantes a tiranos que causaron éxodos sin precedentes y hasta millones de muertes registradas en la historia política global.

Así como coincidía y continúa amplificando a los Castro y a Chávez en la máxima de que el «socialismo es el único camino a la paz perdurable y a la justicia social», Evo ha sido un apologeta de la memoria del ídolo maoísta.

«Un día como hoy en 1976 nos dejó nuestro hermano líder constructor de la revolución antiimperialista china, Mao Tse Tung, creador del Partido Comunista y el primer presidente de la República Popular China. Reinvindicamos su consigna… para ser un buen revolucionario», anotaba el boliviano (9/9/2018).

«Recordamos el natalicio de Mao Tse Tung, líder de la Revolución China. Mao decía: ‘todos los imperialistas son tigres de papel, parecen poderosos pero en realidad no lo son’. Desde Sudamérica decimos que nosotros somos tigres de acero y derrotamos al imperio. Nuestro homenaje a Mao», apuntaba Evo con orgullo (28/12/2018).

Como bien debe saber el lector para millones de chinos Mao significó un símbolo del fanatismo asesino. Para los peruanos, su nombre y figura evoca al terrorismo senderista que masacró al pueblo campesino y popular que decía «representar y defender».

Hay pues en Morales, tal como con Chávez, aquello que se conoce como necrofilia política: ese «amor —peligroso— por las ideas muertas». Ideas que provocaron antaño brutales agresiones a los derechos humanos y el cercenamiento de todas las libertades. (Con justa razón el mundo va sancionando las prédicas neonazis, ¿puede seguir obviándose el riesgo de subestimar o invisibilizar a quienes reivindican la barbarie del comunismo y de los socialismos reales?).

Hace nueve años uno de los más reconocidos expertos latinoamericanos en comunicación política y una especialista en análisis del discurso de los medios, publicaban un texto fundamental («¡Ey, las ideologías existen!». 2012. Mario Riorda y Marcela Farré. Argentina) que contradecía con fundamento a quienes sentenciaron que las ideologías políticas ya no tenían influjo tanto en las campañas electorales como en los sistemas de conflictos. Un error.

La negada lucha política ideológica (curiosamente lanzada contra el «neoliberalismo», ahí sí, la «ideología» a la que se ha culpado de todos los males políticos y socioeconómicos mundiales) ha sido precisamente una constante; sobre todo en el resultado del empoderamiento que las ultraizquierdas violentas han consolidado sin importar fronteras.

Su llegada a controlar gobiernos vía la ventana táctica electoral como también lo hizo el chavismo, se explica en gran parte por este accionar ideológicamente propagandístico que el establishment politológico «centrista» y latinoamericano desestimó casi adrede.

En contraste, otros análisis de la política han ido mostrando cómo detrás de estos aparentes «pragmatismos» (arropados a veces solo como «intereses económicos» competitivos) yacen los contenidos de las antiguas ideologías en pugna. Siguen pues existiendo, vivitas y coleando.

Qué cómodo, entusiasta y seguro se debe sentir Morales hoy retornando al Perú pos 28 de julio de 2021. Un país donde ideopolíticos marxistas, leninistas, maoístas y hasta castrochavistas se sienten reivindicados desde la «presidencia de la república» gracias al «voto popular».

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