La candidatura presidencial encabezada por el prochavista y prosenderista Pedro Castillo reagrupó casi triunfantes -en la primera vuelta electoral- a las fuerzas extremistas políticas y violentas en suelo peruano.

No obstante, a poco de la segunda vuelta que definirá el destino social, político y económico del país en las urnas, las encuestas van achicando la ventaja o mostrando un empate técnico. La contrincante Keiko Fujimori, reduciendo su antivoto, acelera su proyección.

Si bien estas fuerzas extremas se infiltraron y establecieron relaciones de cooperación subterránea e inconfesada por años en cuanto conflicto social (sobre todo antimineras) se presentó por todo el territorio nacional, ahora se van mostrado explicitas en torno a un proyecto político único y con potencial de llegar a la presidencia. Castillo los ha empoderado y reagrupado cada vez más abiertamente.

Inclusive sus conectados en países como Cuba, Venezuela y Bolivia no tienen ya freno en ocultar sus expectativas de triunfo dentro del juego de tableros múltiples que es la candente política latinoamericana. Es el frente externo al que el castillismo también sería funcional.

Ellos saben que Perú, como Colombia, es una plaza crucial que sumar para consolidar la enorme red de la ultraizquierda continental y prodictatorial.

Sobre esto, por cierto, ya se ha escrito bastante. Y es positivo que cada vez más gente en la región, sin importar fronteras, estén asumiendo cautelas y cancelando subestimaciones sobre estas amenazas reales contra las democracias liberales y las libertades en general.

En torno a Castillo han emergido nada más y nada menos que Sendero Luminoso y su apéndice “político” llamado Movadef (ahora ya con presencia congresal). Un actor muy resistido por los peruanos por su barbarie terrorista iniciada en los ochenta y que continúa hasta hoy vía su facción remanente y narcoterrorista en la selva del VRAEM bajo el nombre táctico de “Militarizado Partido Comunista del Perú”.

De hecho, uno de los virtuales congresistas de Castillo, Guillermo Bermejo (relacionado inicialmente al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, MRTA, y luego al chavismo venezolano) está siendo procesado judicialmente por sus nexos con esta ramificación del senderismo primigenio.

Como nunca, los peruanos asisten a ver cómo estos grupos que fueron sus agresores salvajes en el pasado y actualmente, van consolidando espacios de poder vía la ventana táctica electoral. Es el precio de haber descuidado, entre otros factores, la lucha ideológica que debió sumarse a los éxitos contraterroristas en el plano militar.

El cóctel extremista de colores externos —con el castrochavismo— e internos con Sendero Luminoso y los emerretista reciclados aumenta sabor con la presencia del antaurismo etnocacerista de Antauro Humala; un exmilitar hermano del otrora presidente Ollanta Humala y hoy en prisión por la asonada golpista del año 2005 (donde murieron varios policías) contra el régimen toledista.

Este caudillo ha aportado a la coalición pro-Castillo un ingrediente nocivo para la competencia política: el racismo.

De la lucha de clases a la lucha de razas

Apartando las tradicionales bufonadas de su cabecilla no subyace a los discursos del antaurismo una verdadera prédica democrática ni de ‘lucha anticorrupción’. Mucho menos una prédica ‘libertaria’ como señalan sus auspiciadores. Cero. Solo la ingenuidad o el temerario cálculo político pueden considerarlo de esa forma.

El antaurismo o radicalismo reservista, encarna un peligroso planteamiento que incuba el odio y los conflictos extremos y proviolentos. No se conforma con el factor ‘clasista‘ de lucha de clases marxista, además cruza destornillado vía el factor ‘etnocultural‘ hacia la lucha de razas.

Sazonando e incitando los instintos sociales básicos para la polarización política aparece incluso la homofobia y hasta la xenofobia —con sospechosos vínculos con el chavismo ansioso en descalificar a la diáspora pacífica venezolana en Perú— como arma política y electoral.

No han sido menores los efectos que estas narrativas han tenido dentro de la famosa ‘conflictividad social‘ en los últimos veinte años (a parte de las que se montaron contra el ‘modelo económico’ y la Constitución que lo contiene).

¿Han sido conscientes de estos riesgos aquellos que subestimaron y hasta aplaudieron los pronunciamientos supuestamente ‘democráticos‘ y ‘anticorruptores‘ de Antauro Humala?

En esencia, pues, eso es el etnocacerismo peruano con su mezcla anacrónica de nacionalismo étnico y de una impuesta colectivización absoluta de las decisiones y de los resultados en todos los ámbitos. El totalitarismo puro y la violencia dosificada y ‘popular‘.

Aquella organización que montó escenario político en la asonada de 2005 en Andahuaylas, teniendo como símbolo el remedo del águila fascista sobre una chakana andina distorsionada. Asonada contrademocrática que tensionó el sistema político pretendiendo dinamitarlo para encumbrar a la ‘raza cobriza‘ y ‘tahuantinsuyana‘. Un socialismo ‘etnopatriótico’ y racista germinando sobre la base de un deformado y falso ‘indigenismo’.

Estas fuerzas extremistas con añejos objetivos politicos y no ajenas a la amenaza de violencia y la intimidación contra los antagonistas y disidentes, ¿recurrirán a la manipulación de las tensiones sociales vía estrenados nexos con grupos delictivos y criminales (como ha ocurrido en Venezuela) para consolidar el control absoluto de la pauta de poder?

Y es que no debe quedar duda de que el 6 de junio próximo, de ganar Castillo y sus controladores la presidencia peruana, se intentará dar forma a un ‘nuevo’ sistema de conflictos que desmontará gradualmente las ya precarias instituciones liberales y republicanas. Contra la sociedad abierta finalmente.

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