La detención el 12 de junio del empresario colombiano de ascendencia libanesa Álex Nain Saab —señalado como el «testaferro de Maduro»— mientras hacía escala en la isla africana de Cabo Verde en ruta hacia Irán, ha dado otro golpe al plexo de la estructura financiera y de poder chavista en Venezuela. Al menos por el lado de Nicolás Maduro.

El efecto del golpe llega a alcanzar además a la red de colaboraciones estratégicas del régimen bolivariano con el grupo Hezbollah libanés y su controlador Irán. Saab, incluido además en la Lista Clinton [OFAC] estadounidense de personas y empresas vinculadas con dinero proveniente del narcotráfico, ya había sido sindicado tiempo atrás como un financista del grupo terrorista proiraní Hezbollah y un puente a Nicolás Maduro. [Hay observadores como Joseph Humire que señalan a Álex Saab más como testaferro de Tareck El Aissami que de Maduro].

Actualmente, Irán es un actor clave extrarregional que viene influyendo en el curso de los conflictos políticos, los entramados financieros y en la dinámica delictiva en torno al problema venezolano que ya ha adoptado alcance regional y hasta transcontinental.

Rusia y China constituyen hoy tambien dos aliados importantes, dos muros de contención de lo que ya se conoce como el «castrochavismo».

El mes pasado, el exvicepresidente de Venezuela —de ascendencia sirio libanés— y hoy ministro de Industrias y Producción Tareck El Aissami y su cooperante régimen iraní, celebraron haber anotado un gol de media cancha al lograr atracar el primero de cinco buques con insumos y combustible en la costa venezolana. «¡Seguimos avanzando y venciendo!», apuntó El Aissami en su cuenta de Twitter el 25 de mayo.

Irán, por su parte, ya había advertido a Estados Unidos que habría «consecuencias» si impedía la «llegada de los buques a Venezuela». Esta cooperación entre iraníes y castrochavistas ha significado un desafío al régimen estadounidense, tanto de contornos económicos, políticos como de seguridad nacional y hemisférica.

En medio de estas pulsiones geopolíticas, rebrota la noticia [Roger Boyes] de que Irán estaría pugnando por colocar a El Aissami [también con serios nexos con Hezbollah] como una opción presidencial. Un sustituto ante los tambaleos de Nicolás Maduro por conducir los asuntos internos y externos.

No es la primera vez que este afán surge. Luego de haber asumido la vicepresidencia de Venezuela en enero de 2017, los impulsos para que El Aissami asuma la presidencia brotaron [George Chaya]. En ese entonces el contexto tenía a Maduro como «pendiendo de un hilo». El temor para sus asociados externos era que el régimen podía sucumbir en cualquier momento. Ello no ocurrió. Como se sabe, el heredero de Chávez ha podido capear casi todos los temporales que le han sido adversos.

Hoy la opción de un ascenso del otrora exvicepresidente —y muy cercano a Hugo Chávez en vida—, Tareck El Aissami, se estaría relanzando luego de las tensiones de los cargueros petroleros iraníes que amenazan con no cesar. Esto en circunstancias en las que el chavismo trata de aliviar no solo sus serias carencias financieras, logísticas y de abastecimiento, sino de administrar el alcance del conflicto de alta presión en el que está inmerso.

Los operativos de sobrevivencia de la narcodictadura en el poder en Venezuela oscilan entre los niveles económicos, diplomáticos, políticos y los de grado altamente delictivo y criminal. Mientras sus nexos con el terrorismo internacional no son menores.

Cabe la pregunta: ¿es ya inviable Nicolás Maduro como detentador del usurpado poder que «dirige» Venezuela?

Como es sabido, no solo Maduro ha sido sancionado y acusado por una serie de delitos incluyendo el narcoterrorismo, también hay precio por la cabeza de El Aissami por atentar, entre otras normas, contra la Ley de Designación de Cabecillas Extranjeros del Narcotráfico. Son 15 millones de dólares por el primero y 10 millones dólares por el segundo las recompensas de alcance mundial que obran vigentes gracias a la Administración para el Control de Drogas [DEA] y al Departamento de Justicia de Estados Unidos.

En esa condición efectuar un cambio de uno por otro [en el que Maduro «renuncia» o El Aissami es «elegido» vía otro fraude electoral] sería apostar casi por una misma ficha o posición «quemada». La escala de presión se acelera con un enroque de impacto político de este tipo.

Si los asociados internos y externos del castrochavismo apuestan por un «cambio de rostro», tendría que ser alguien con menos luces y más opciones para surfear —sobre todo en la ONU— el mundillo de la relaciones internacionales y las «zonas grises» de la diplomacia. Además alguien que se acomode mucho más o evite incomodidades a ciertos sectores de la prensa internacional que han sido funcionales a las narrativas de esta ultraizquierda dictatorial.

Maduro —con aliados antioccidentales enormes— se ha «estabilizado» de cierta forma en el poder y los desenlaces de las tensiones le siguen sonriendo. Sus antagonistas, divididos e infiltrados, no han alcanzado el desmoronamiento irreversible «del oficialismo», mientras la población atraviesa una catástrofe social y económica interna y un éxodo sin precedentes.

Por su parte, salvo los prochavistas México y Argentina, el resto de Latinoamérica ha bajado la guardia abrumados por los efectos del coronavirus.

En otra proyección, el empoderamiento de El Aissami podría desatar escenarios mucho más contraproducentes para los intereses extrarregionales iraníes —y de otros actores atentos— muy activos sobre los factores que están condicionando el destino venezolano.

A todos los plazos, poner todos los reflectores en El Aissami puede resultar en un bumerán que retorne hiriente contra las mismas fuerzas antioccidentales que lo patrocinan. De darse, sería una oportunidad de contraataque valioso que las democracias libres occidentales no deberían desaprovechar.

Un detalle que influye además en la supervivencia del régimen no puede ser obviado: mientras muchos de los acontecimientos más importantes en torno a la problemática venezolana —de impacto hemisférico— se dan a niveles de operativos anticriminales y antiterroristas, grandes sectores de la prensa mundial continúan siendo increíblemente funcionales, directos o indirectos, a las estrategias y propagandas castrochavistas.

Estas posturas tienden a la subestimación, a la invisibilización de las acciones de esta extrema izquierda y proviolenta que sigue impune e inamovible hasta ahora en el poder.