Hace una semana Martín Vizcarra sentenciaba en entrevista que era «jefe del Gobierno y no jefe del Estado». Inmediatamente diversas voces -incluso progobiernistas- y la misma Constitución lo corregían. Según el artículo 110 de la Carta Política, «el presidente de la República es el Jefe del Estado y personifica a la Nación”. Clarísimo.

Este último viernes el mandatario asistió, en una presencia inusual, a la entrega de credenciales por parte del JNE a los miembros del «nuevo» Congreso. No se tiene registro que en las últimas décadas un presidente haya asistido a este tipo de evento. ¿Hay un mensaje de signo político de fondo y de forma en esto?

Para el jurista Enrique Ghersi «los congresistas no tienen mandato imperativo porque nadie les puede decir u ordenar cómo actuar, cómo votar o cómo legislar; por lo tanto, lo dicho por el presidente en los últimos días, y su misma presencia en la entrega de credenciales por parte de la autoridad electoral, es una intromisión del mandatario en las labores del Congreso” [Expreso, 29/02/2020].

Al parecer Vizcarra y sus estrategas de la comunicación política de choque van asfaltando la vía que pretenden recorrer durante los meses preelectorales que quedan hasta el 2021. Como se ha venido advirtiendo, el movimiento puede tratar de recolocar las atenciones en un Parlamento al que al Ejecutivo le sirvió en mucho para culpar de la «obstrucción» a su mandato y su operatividad, así como de pararrayos de las incomodidades ciudadanas. El mensaje en simple de su presencia en el JNE bien puede ser: «Estaré muy pendiente de lo que hagan o dejen de hacer, sino… ya saben».

Asi, más que un jefe de Gobierno casi ausente precisamente en el liderazgo gubernamental que le corresponde, sin resultados prácticos de gestión y encasillado en una «lucha anticorrupción» [selectiva], se tendrá en «acción» y en retórica a un jefe de Congreso dictándole a los legisladores lo que tendrán que hacer. Dando el ritmo y exigiendo plazos para evitar una fiscalización que se supone tendrá que concretarse pero inadecuado para sus estimados políticos.

En suma, no se cuenta entonces con un jefe de Estado -como dice el mismo presidente-, sino que tampoco se tendrá un ejecutor de Gobierno. Un liderazgo otra vez «distraído» en ser una especie de jefe congresal afanoso por controlar la pauta de conflictos y el juego de poder y, sobre todo, dar sostén a la adictiva popularidad vía las encuestas. ¿Sorprende?