Con tristeza para mi persona, hermanos y amigos, doy cuenta de la muerte de Juan Pedro Carcelén, y oramos para que tenga un eterno descanso en la gloria del Señor. Le envío a su familia mis sentidas condolencias y el aliento de fortaleza en estas circunstancias dolorosas.

Rindo un fraternal homenaje a un hombre de trabajo, a un economista de profesión y escritor de vocación, que nació en 1945. Si bien él era siete años menor que yo, eso no fue obstáculo para que formara parte de un grupo contemporáneo de amigos del ámbito empresarial e hípico. Juan Pedro era el menor donde hoy la mayoría pasamos los ochenta abriles.

En los últimos diez años ese círculo de amigos se redujo, porque ya morían unos o porque viajaban otros, pero en ese camino del tiempo la cercanía con Juan Pedro Carcelén nunca terminó aunque él no le entraba mucho a la cuestión bíblica y tenía su forma muy personal de relacionarse con Dios.

Este año nos vimos en varias oportunidades y conversamos como en los viejos tiempos, aunque le exhortaba y predicaba con más intensidad, especialmente oramos juntos en los últimos tres años, al darme él la noticia de su enfermedad. Cuando estábamos entre amigos, con señas discretas me llamaba a un lado y me pedía oración y nos fortalecíamos en el Espíritu.

En lo particular yo aprendía mucho de él y al ver la forma cómo conjugaba saberes, que podrían parecer opuestos, como por ejemplo su lógica matemática y su pasión literaria, actividades que lo han llevado a hacer lo que le gustaba como profesión y como vocación.

Ha sido gerente general del Banco Central de Reserva, superintendente adjunto de Banca y Seguros y un economista brillante en varias empresas privadas. No obstante, en paralelo, era primero un escritor furtivo y después se convirtió en un reconocido autor de libros.

Son varios los títulos que trajo a mi casa y con modestia de escritor me dejaba sus ejemplares, fueron varios títulos especialmente después del 2001 en que empezó a publicar con más frecuencia novelas y libros curiosos.

A la familia Carcelén Ruíz Bravo, le digo que me siento agradecido de su amistad y orgulloso de conocerlo, porque deja grandes ejemplos de vida. Fue una persona extraordinaria y un gran amigo de charla culta, amena y prudente.

En Salmos 23:4, la Palabra del Señor le recuerda a los habitantes de la Tierra: “aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” Y en Juan 11:25, tenemos: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.

Querido Juan Pedro, llevas nombres bíblicos y en el verano pasado lo cometamos personalmente, en lo que han sido las últimas veces que nos vimos, quizá en menos oportunidades que antes pero con mayor sabiduría que en los años mozos, Dios te bendiga y descansa en paz.