A propósito del ‘proceso revolucionario’ que la ultraizquierda —hoy apostando por la vía electoral— pretende declaradamente montar en el Perú de llegar al poder presidencial, vale la pena unos apuntes breves de lo que la entonces inicial ‘nueva democracia’ chavista desplegó con sumo cálculo y paciencia en Venezuela.

Sobre esto mucho deben saber por cierto los más de millón de venezolanos que llegaron a suelo peruano huyendo del afán ‘antisistema’ y ‘revolucionario’ —en el terreno político y económico— iniciado por Chávez y continuado por Maduro.

Esto es pertinente. En medio de una de las contiendas electorales más duras que ha vivido el país, se está presenciando cómo la violencia política de simpatizantes y de una militancia alterada (además de facciones de naturaleza terrorista que estarían conexas) va tomando preocupante forma.

De continuar, esa violencia irá socavando gradualmente las libertades políticas, la sana competencia y además puede elevar su riesgo si es que el prochavismo y prosenderismo peruano, de terminar triunfante este 6 de junio, así se lo propone como lo receta el manual totalitario gestado y exportado desde La Habana y Caracas.

Como debe saberlo el lector, las represivas y chavistas fuerzas oficiales de seguridad y de (des)inteligencia causaron heridos y muertos en los sectores de la resistencia prodemocrática y la oposición en Venezuela. Una serie de escenarios escalonados y brutales —con ya más de dos décadas— para la prolongación de poderes permanentes persisten, beneficiados además, entre muchos otros factores, por la manipulación de los medios noticiosos controlados por la dictadura. Una característica típica de las tiranías declaradas, los ‘autoritarismos competitivos’ o los sistemas ‘democráticos’ en apariencia. Sistemas muy activos en el control del alcance de los conflictos.

La represión oficial se complementó con miembros de la población, paralelos, quienes fueron capacitados por años para la ‘defensa de la revolución’ tal como lo estipularon los liderazgos castrochavistas.

Estos llamados ‘colectivos’ civiles son verdaderas bandas armadas, fuerzas de choque que han tenido y siguen teniendo un papel crucial en el amedrentamiento de las fuerzas ciudadanas que buscaron resistir en plazas y calles. Armados y motorizados amenazan, persiguen, golpean y hasta matan con total impunidad. Imponen la ley en los ‘territorios revolucionarios’ que controlan en distintas ciudades y donde la policía no se atreve o no quiere ingresar.

Los hay en gran número y con distintos nombres. Los más influyentes crearon y consolidaron vínculos en varios países de la región con otros grupos radicalizados —afines ideológicamente— en proceso de extremización con límites impredecibles.

Estos actores ejecutan a la par de las ideologizadas milicias civiles esparcidas también por todo el país para frenar a ‘los traidores de la patria’.

Existen, por cierto, grupúsculos dedicados a cuestiones de índole ‘social o cultural’ pero opacados, en el momento de la acción, por sus pares violentistas.

Por años y con enormes recursos financieros (muchos provenientes del narcotráfico) la cúpula chavista se cuidó de manera diligente de anticipar escenarios que pongan en riesgo su dominio. Para ello se asesoró de hábiles maestros en el enfrentamiento callejero y represivo de masas disidentes; de expertos en agresiones de ‘baja intensidad’ que operan en Cuba, Irán, Colombia. Estos actores militantes fueron entrenados principalmente por el castrismo, las paramilitares ‘Basij’ (Fuerzas de Resistencia) de Irán y por los otroras narcoterroristas FARC colombianas (hoy actuando vía sus mal llamadas ‘disidencias’).

Todo esto se consolidó durante años no solo por medio de simples colaboraciones tácticas, sino de operantes cooperaciones estratégicas. Sin duda, el penoso éxodo venezolano se explica también por estas agresiones con motivaciones políticas que se sumaron a la debacle económica socialista.

Son ese tipo de ‘experiencias’ importadas las que han confluido en Venezuela por bastante tiempo, de manera planificada y subterránea, al margen del conocimiento público internacional. Cooperaciones estratégicas diseñadas para mantener el poder a toda costa. La inoculación del temor y la violencia progresiva con objetivos políticos fueron los insumos claves.

La ciudadanía en Venezuela se enfrenta a un agresor con apoyos internos y externos colosales al que le está y le seguirá costando muchísimo derrotar.

Es por cierto una gran lección que el resto de latinoamericanos no puede ignorar mucho menos desestimar.

* Miguel Lagos es analista político y columnista enfocado en temas de riesgo y conflictos políticos, radicalización y extremismo político violento 

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