Así como Pedro Castillo buscó marcar aparente distancia del venezolano Nicolás Maduro y del boliviano Evo Morales con simples pronunciamientos cosméticos, así también busca hoy instalar una aparente línea divisoria con su directo auspiciador Vladimir Cerrón. Un falso ‘distanciamiento’ y de conveniencia electoralista.

Es un movimiento obvio, que se esperaba venir, previsible, ya que estas conexiones de Castillo ponen en riesgo sus cálculos de ‘moderacion’ y ‘centrismo’ como con candidez algunos sectores pretenden arroparlo (motivados, entre otros, por un antifujimorismo visceral y casi profesional; ese mismo que ha permitido comer caliente a mucha gente sobre todo desde el 2011).

Castillo y asociados saben que sus lazos abiertos (gestados durante años de coincidencias ideológicas) son contraproducentes hoy para captar el voto de los electores indecisos.

Por supuesto en esta coalición extremista puede haber fricciones internas. Pero constituyen el mismo proyecto totalitario. El lector no debe tener ninguna duda de que de llegar al poder presidencial se ‘reagruparán’, se cimentarán aún más.

Pero lo cierto es que hoy ni Castillo se ha desvinculado de la extrema izquierda continental liderada por el castrochavismo (y su embajador Vladimir Cerrón) ni tampoco de las fuerzas prosenderistas infiltrados en diversos sectores (como en el educativo donde pugnan por mayores cuotas de poder como el control de la Derrama Magisterial).

A estos flancos se suma los nexos con el etnonacionalismo de Antauro Humala; ese ‘reservismo radical’ que ha unificado no solo la lucha de clases marxista con la homofobia y la xenofobia, sino también con el racismo, la lucha de razas. Es decir todo el combo antiliberal completo. Letal.

Aquí pues no hay separaciones ni líneas divisorias que se hallan activado. Hay obvio cálculo táctico electoral. Una estratagema simple y chambona para confundir a un electorado cada vez más tenso ante lo que podría venirse en términos de confrontaciones sociales políticas y económicas. Lástima que no pocos en el periodismo supuestamente prodemocrático en el país, estén haciendo eco de estas evidentes jugadas políticas.

En suma: tanto el castrochavismo peruano, el senderismo, el emerretismo reciclado y el etnocacerismo hace tiempo soldaron sus objetivos de poder. Eso lo muestra una sencilla revisión de lo que estos sectores y sus operadores han estado propagandizando en los últimos años. Tanto con megáfono en mano en costas, sierras y selvas como en las efectivas redes sociales en línea.

Hoy estos agentes del extremismo van cosechando de estos esfuerzos alimentando el reclutamiento político e ideológico sobre todo entre los jóvenes.

La ciudadanía democrática y liberal —incluyendo a la prensa— deben tener mucha cautela en dar asidero a estos cálculos y manipulaciones. No debe olvidarse que la ingenuidad no es una virtud de la política.

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