Estas reflexiones podrán parecer exageradas. Sin embargo, son necesarias en esta época plagada de tanta incertidumbre y llena de desenlaces insospechados. ¿Acaso era predecible el curso político adoptado por Vizcarra, apenas dos años atrás?. ¡Claro que no!. Razón que invita a indagar en la trastienda de la coyuntura nacional, más allá de las intenciones manifiestas, para descubrir esa lógica interna que finalmente explicará los escenarios sorprendentes.

El desafío del Covid-19 encuentra a un Vizcarra fortalecido. Ha derrotado en toda la línea a la oposición democrática y el cierre del Congreso lo disparó en las encuestas. Colofón de ello fueron el fallo del TC y las elecciones complementarias, ambas en enero, que legitimaron su acción y le procuró un Parlamento a la medida.

Por eso vio al coronavirus como oportunidad para asentar su hegemonía. Desechó, en consecuencia, cualquier convocatoria a personajes calificados para un Gabinete de Ancha Base y persistió con el desvencijado elenco que le acompañó en su aventura golpista. Planea, entonces, una cuarentena improvisada, absoluta y coercitiva, de indiscutible humor autoritario. Igualmente, apuesta por una nueva relación con la población, diluyendo la intermediación institucional, con una comunicación mediática, directa, cotidiana y casi obligatoria, para conseguir un protagonismo indisputado. ¡Cómo en los mejores libretos de los dictadores carismáticos!.

Mas estas locas ilusiones sucumbieron ante la magnitud de la pandemia. La confrontación y el autoritarismo son mala receta para enfrentar la crisis de salud. Peor aún, para salir de la debacle económica y social que el errático manejo de la primera ha ocasionado. Pero tercamente el Gobierno descarta cualquier propósito de enmienda. Rechaza políticas alternativas y seguirán los zoquetes de siempre. El balance vizcarrista liquida el menor hálito de esperanza ciudadana.

¿Qué queda entonces?. Un triunfalismo obcecado que no aplaca ni convence. Al contrario, este cinismo contumaz exacerba el descontento y torna al país ingobernable. Estas circunstancias empujarán a Vizcarra a prescindir de las formas democráticas y enrumbar hacia el Estado de Excepción. El paso más obvio en esta dirección será la suspensión de los derechos constitucionales relativos a la libertad y seguridad personales, así se levante la cuarentena. La coartada se esfuma pero subsistirá el control político y social militarizado, bajo la forma de estado de emergencia o toque de queda.

Entretanto en la economía destrozada los problemas crecerán. El estatismo que ronda en el círculo palaciego está de plácemes. Aprovechando el colapso buscarán doblegar a los empresarios con sus protocolos estúpidos, reglamentos detallistas, autorizaciones previas, inspecciones punitivas, sanciones por cualquier cosa y, como no, cupos a granel y por cada paso. Pero esta vía burocrática jamás reactivará la producción ni el comercio. Por lo tanto, el malestar se extenderá peligrosamente.

Según su costumbre el vizcarrismo culpará a terceros. Sin ser zahorí el próximo blanco de las iras gubernamentales será la clase empresarial. Le imputarán del desabastecimiento y especulación, de la concertación de precios y el acaparamiento. Orquestarán campañas para indisponerlos ante el pueblo, jugando en pared con un Congreso neófito y populista. La tentación de intervenir y tomar las empresas será irresistible. La amenaza contra las clínicas fue campanazo. Una jauría exaltada salió de sus madrigueras exigiendo la estatización de la economía. ¿Ese es el camino?.