La exvicepresidenta y excongresista Mercedes Aráoz soltó hace poco un dato interesante: «Aguiar (asesor de Vizcarra hasta hace dos semanas) me dijo textualmente (en 2018) que lo que pretendían cerrar definitivamente en el Perú era el conflicto fujimorismo versus antifujimorismo que dominaba la escena política desde hace años».

«La tarde en que nos reunimos, descifré que Aguiar tenía claro que la estrategia de Vizcarra debería ser destruir totalmente al fujimorismo, y a cualquier otro eventual aliado político tradicional que se le uniera en el camino después de su deslinde con Fuerza Popular», recuerda la exvicepresidenta.

Lo anterior fue con respecto a liquidar al «fujimorismo», mientras con respecto a cancelar al «antifujimorismo» Aráoz señala: «A la luz de los últimos hechos, es decir el baloteo del breve presidente del Consejo de Ministros Pedro Cateriano, parece que ha logrado su segundo objetivo, borrar, también, al antifujimorismo militante como fuerza gravitante en su entorno. Y es que ha quedado claro que abandonó a Cateriano ante un Congreso que es su hijo natural».

Para Mercedes Aráoz, Aguiar parece haber logrado —junto a Vizcarra—, desmontar a estos antagonistas. Así, su reciente renuncia como consejero presidencial «se debe a que ya cumplió con sus dos metas trazadas».

La pregunta salta: ¿logró «Maxi» realmente cumplir su cometido?

Otorgar ese «éxito» al exasesor palaciego es, por decir lo menos, apresurado. Ni el fujimorismo (incluyendo a keikistas y kenjistas), si bien hoy debilitado (coincido con J. C. Tafur, ver: «¿Resurrección naranja?». 23/8/2020. La República), ni sus contradictores han sido cancelados.

Por otro lado, ubicar a Cateriano como exponente máximo del sector contrario al fujimorismo es inexacto. Mucho del antifujimorismo está concentrado aún en la izquierda con presencia no menor en el actual Congreso, en diversas regiones, provincias y distritos. En todo caso se desbancó (vía el abandono a Cateriano) al antifujimorismo vargasllosista, mientras se fue funcional al antifujimorismo «caviar», socialista y comunista; sectores cada vez más seguros de contar con una expectante proyección a futuro.

Podría entonces atribuirse a Aguiar el afán que se ha tenido desde el gobiernismo en lograr un desplazamiento del conflicto «fujis – antifujis» por otra tensión en el que la izquierda (y cierto «centrismo») tendría la oportunidad de administrar a su favor un nuevo conflicto potencial y dominante (este logro, que tiene como máximo objetivo el derrumbe de la Constitución del 93 y el régimen económico que contiene, lo veremos sin nebulosidad a partir de las elecciones del 2021). La presencia gravitante del expremier V. Zeballos y otros brokers políticos e ideológicos izquierdistas en el gobierno de Vizcarra no han sido simples coincidencias.

En esa línea, no son pocas las voces que han resaltado cómo el vizcarrismo ha jugado, directa o indirectamente, en pro del izquierdismo ideológico, político y económico. Aguiar (quien habría asesorado también políticamente al prochavista Rafael Correa en Ecuador) parece haber marcado el sendero en el que las narrativas, los planteamientos de la izquierda peruana van desplazándose con paciencia hacia el poder.

Por cierto, hay que reconocerle al «experto en comunicación política» Aguiar, el haber ubicado como un elemento central dentro de la estrategia política oficialista, a aquella confrontación principal que ha marcado el proceso político peruano de los últimos años: fujimoristas versus antifujimoristas. Y aunque distraído en ese esquema para instrumentalizarlo y apuntalar la popularidad vía encuestas y hacer prosperar a Vizcarra con tensiones estimuladas, se descuidó en elentar las acciones ejecutivas de gobernar con resultados concretos. En la gestion eficaz. En esto, como bien se sabe, el asesorado mandatario tiene casi nada o muy poco que mostrar.

Como apuntábamos en este espacio («El pantano del fujimorismo – antifujimorismo». 17/1/2020. Expreso), el país cumplirá una década en 2021 de haber sometido muchas —o casi todas— de sus oportunidades políticas a la polarización irresoluble del fujimorismo versus sus oponentes. Fue con los Humala-Heredia a partir del 2011 que dicha confrontación agarró una mayor tracción. Hoy sus móviles y sus efectos, de uno u otro modo, continúan direccionado las circunstancias.

Los protagonistas de este «conveniente» antagonismo parecen pugnar por mantener, desde ambos lados, los intentos de exterminio total y mutuo en vigencia. A fin de cuentas es la línea divisoria que aparentó relocalizar el poder durante los últimos años; encuadrando a la opinión pública y empujándola electoralmente a tomar postura por cualquiera de los bandos. El cuento del «mal menor» dominó los contextos, incluso en los ámbitos regionales. Mientras el voto obligatorio lo canalizó.

Generando cierta «rentabilidad» política para sus impulsores, este encasillamiento de «identidades políticas negativas», parece haber reducido espacio o desalentado el surgimiento de otras opciones; es decir, de otras alternativas de poder u otras líneas divisorias que apostasen por una sana competencia y no por el exterminio de los consensos.

Así, mientras las acciones de gobierno (ejecutivas y legislativas) fueron descuidadas por la contrapolítica del chaveteo cotidiano, el fujimorismo keikista logró controlar abrumadoramente el Congreso, mientras sus contradictores lograron bloquearlos en su ruta a la presidencia. Un pantano político se expandió en el país a punta de una polarización que no se cansó de monopolizar la agenda pública y nacional.

Como es obvio esta confrontación ha proseguido este 2020 con distinta intensidad; y puede volver a relanzarse en 2021. Siendo así, le espera a los peruanos una renovada cantaleta de choques y tensiones entre el fujimorismo versus el antifujimorismo. Aquel conflicto dominante que ha desplazado otras tensiones mucho más importantes y productivas. Y todo para entretenimiento y rédito de quienes han convertido la política en un show y, a la par, en acomodaticias fuentes de poder gracias a la manipulación del «mal menor». Todo esto sin importar que sectores electorales considerables —y tal vez crecientes— se muestren seriamente inclinados por el «blanco» y «viciado» o el «ninguno» ante las encuestas y las urnas.

Urge pues otros actores y organizaciones en competencia para al menos el 2026. Fuerzas que superen esta dicotomía fangosa que ha dado forma tóxica al sistema de conflicto peruano. Y que además ha empantanado al país en desmedro de las soluciones prácticas a los problemas nacionales así como de los acuerdos básicos (sociales, políticos y económicos).

Esta pulsión irracional por el poder que entusiasma a muchos de sus activistas, terminará por hastiar, por cansar cada vez más a una ciudadanía expectante por resultados de gestión gubernamental que acompañen sus esfuerzos en un ambiente de seguridad y recuperación luego de la atroz pandemia y la crisis sanitaria y económica. No destruyendo lo avanzado vía la locura del antisistema proviolento, sino arreglando y reforzando dentro de un sistema perfectible.

Que el voto blanco y viciado se incrementen en futuras elecciones mostrará la disconformidad no menor con los protagonistas de esta polarización incesante y politicamente mediocre.

Si estos bandos no se corrigen o autorregulan gozarán a futuro de ínfima legitimidad.