No se prorratea la decisión política


El vuelco en el escenario político del país aconseja, ahora que la oposición ya no tiene mayoría automática en el Congreso y la vía ha quedado despejada, que el gobierno ponga a prueba el nuevo estado de cosas desempolvando cuanto antes la media docena de proyectos de ley que el Presidente llevó al Congreso cuando asumió el cargo y también el pedido de facultades delegadas.

Puede ser incluso el momento de lanzar reformas que antes se pensó inviables dentro del anterior estado de cosas de un gobierno dividido. Quizás ahora, dada la recomposición de fuerzas, existen consensos que antes parecieron imposibles.

No obstante, en lugar de eso, sin pensarlo bien, el gobierno ha preferido enfrascarse en un falso problema: el del cambio del gabinete.

Bastaría ir nombrando uno por uno, con tiempo, a los ministros que hayan renunciado en lugar de hacerse un nudo para luego romperse la cabeza luego procurando sacarse de la manga un gabinete multipartidario que no es otra cosa que una pura entelequia de la imaginación sin existencia real.

Un recambio del Consejo de ministros en paquete, guiado por el buen deseo de la reconciliación, parece una buena idea, pero es una caja de Pandora que abre demasiadas posibilidades. Unas que en el viento de palabras parecen formidables solo hasta que alguien toma un lápiz y un papel y se estanca de entrada solo en los primeros nombres tratando de desenredar por adelantado la maraña insoluble de consecuencias posibles. En la práctica, es comprarse un boleto de lotería o hacer apuestas a ciegas en la esperanza de que, de una combinación fortuita de personas elegidas casi al azar, va a emanar el plan que nadie se atreve a plantear en voz alta.

Empeñarse en eso es un despropósito, una infinita pérdida de tiempo y de energías empleadas en un propósito inconducente. Es la ilusión errada de que de todo eso va a salir la solución de algún problema en vez de crear otros nuevos y más intrincados.

Nada sustituye la decisión política. Es imposible prorratear y dividir la responsabilidad de decidir cargándola sobre los hombros de un arreglo multipartidario donde la responsabilidad es anónima y colectiva.

El presidente Kuczynski fue elegido para gobernar. Ahora puede hacerlo por primera vez. Tome la decisión, y vaya adelante.