Una seria contradicción ha surgido desde Perú en medio de las tensiones dentro de la región en la que las tiranías pugnan por la supervivencia y la expansión.

Sucede que a la par de antagonizar con Nicolás Maduro en Venezuela, el Gobierno del presidente peruano Martín Vizcarra impulsa la candidatura de Cuba como miembro para el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Un evento importante a llevarse a cabo el próximo 13 de octubre.

La posibilidad de que Cuba —controlado por el totalitarismo castrista desde hace seis décadas— continúe presentándose como un «vigilante defensor» de los derechos humanos es insultante para los cubanos perseguidos, reprimidos e inhabilitados en sus derechos y libertades esenciales.

No puede obviarse además que el directo influjo castrista sobre el actuar del narcoestado chavista pone a Cuba como un impulsor de la violencia política interna y la brutalidad represiva y criminal que se vive hoy en Venezuela.

Aún en esas condiciones, Perú, vía la decisión de su Gobierno de turno —y en representación de «todos los peruanos»— pretende facilitar la elección cubana al máximo organismo mundial de defensa de los derechos humanos.

Perú, por cierto, ya mostró durante la actual gestión de Vizcarra su selectividad o medianía con respecto a otro actor brutal contra los derechos y las libertades: Maduro y sus asociados internos y externos.

En noviembre de 2019 el mandatario peruano presentó al embajador Hugo de Zela como candidato al cargo de secretario general de la OEA. ¿Por qué esta postulación impulsada por Vizcarra generó incomodidad en algunos países antagónicos al chavismo? ¿Perú buscaba jugar a favor del «diálogo», la negociación imprudente y la impunidad de Maduro y la cúpula cívicomilitar que lo secunda? ¿Se contribuiría de esta forma a desmontar la estructura delictiva y dictatorial?

Como es sabido, la candidatura de Hugo de Zela a la OEA no prosperó y fue reelecto Luis Almagro el 20 de marzo de este año. No pocos advirtieron que se pretendía desplazar la atención del ente regional sobre el problema venezolano. Almagro se oponía a esta pretensión encarnada por De Zela.

Y en efecto, el embajador peruano señalaba que, de ser electo en esta institución continental, retiraría a Venezuela del centro de la agenda regional. Para él y, obviamente para el vizcarrismo gobernante en Perú, «descomprimir» la agenda implicaba dar «prioridad a otros temas» que han sido relegados por atender la crisis venezolana. «No puede ser únicamente Venezuela» el foco de atención, resaltaba el diplomático peruano.

Desde otro enfoque, para el reconocido analista y periodista Andrés Oppenheimer, esta postura que encarnaba De Zela propuesto por Vizcarra era un error. Para Oppenheimer la OEA no debe darle a Maduro un líder que sea conveniente para alargar su permanencia en la usurpada presidencia venezolana o descolocar a quienes han venido neutralizándolo. El analista hacía eco a los pedidos de cautela a no facilitarle impunidad a los operadores chavistas a punta de «diálogos» torpes y «encuentros» ingenuos. Es decir, una diplomacia política que minimice las responsabilidades de la brutalidad dictatorial suavizando las denuncias o que colinde finalmente con el colaboracionismo o la complicidad.

«Dos candidatos de la oposición (a Almagro), uno respaldado por Perú y el otro por dos países del Caribe cercanos a Venezuela, están haciendo campaña para evitar que Almagro gane un nuevo mandato como secretario general en las elecciones de la OEA del 20 de marzo. Será un voto secreto, celebrado en la sede de la OEA en Washington. Hablé con ambos candidatos anti-Almagro en los últimos días. Si bien son políticamente diferentes, está claro que si alguno de ellos gana, el nuevo líder de la OEA será mucho menos abierto sobre los abusos no solo en Venezuela, sino también en Nicaragua», advertía a la sazón Oppenheimer.

Eso no es todo. Para Oppenheimer decir (como lo hacía Hugo de Zela) que Almagro se «ha centrado demasiado en Venezuela a expensas de otros problemas regionales» es un absurdo.

«Venezuela es la peor crisis humanitaria de América Latina en décadas. Al menos 4,7 millones de venezolanos han huido a países vecinos en los últimos cinco años. La economía venezolana colapsó en un 60 por ciento durante el mismo período. Millones más pueden escapar en el futuro cercano, forzando las economías de Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y otros países latinoamericanos. Si eso no es una crisis regional, ¿qué es? Si la OEA no se enfoca en Venezuela, ¿en qué debería enfocarse? ¿Celebrar cenas de gala para celebrar los aniversarios de independencia de los países miembros?», se preguntaba Oppenheimer.

En esa perspectiva algunas voces diplomáticas y políticas internacionales comenzaron a señalar que el afán que se pretendía desde esta postulación peruana era alejar a la OEA de la postura contundente y confrontacional representada por Almagro —con gran respaldo en Latinoamérica por cierto— contra los usurpadores del poder en Venezuela. Así, se daría cabida a los «conversaciones» y las negociaciones (socavando el aislamiento y las sanciones, además del influjo estadounidense como le interesa a Rusia, Irán y Cuba) que podrían volver a oxigenar a la narcodictadura. En suma, en viabilizar con el apañamiento cubano, un proceso electoral organizado por el régimen que termine por dar impunidad y hasta una cuota de poder intocable a la cúpula chavista tras veinte años de tropelías y agresiones contra las libertades y los derechos humanos.

Que en este momento la narcodictadura chavista de Venezuela tenga un asiento en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, y que Cuba —uno de sus controladores externos— esté hoy expectante a ocupar también otro sitio crucial en ese ámbito, muestra la incapacidad, las contradicciones y ambigüedades de las democracias liberales para neutralizar a los criminales de lesa humanidad que prosperan con impunidad.