Hay quien ha soltado la idea de que «Castillo sigue atrapado en la misma dicotomía: no puede sobrevivir sin el cerronismo pero no puede gobernar efectivamente con él. Y en esta danza de pleitos, dimes y diretes, de amagar para un lado y para el otro, se va a pasar todo el gobierno».

Este tipo de ideas —respetables por supuesto— alimentan la equivocada percepción de que solo bastaría darle «apoyo para sobrevivir» (desde el llamado sector «caviar» que lo ayudó a ganar el 6 de junio) para que así pueda desmarcarse fácilmente del díscolo sector de «Perú Libre» controlado por el exgobernador de Junín.

¿El ahora mandatario «lucha internamente por liberarse» de sus añejos socios político ideológicos?

Castillo no está «atrapado» en ninguna dicotomía. Su atención principal, en evidente coordinación con Cerrón (Bellido y Bermejo), estaría en todo caso en cómo agregar más poder mientras ambos aparentan separarse, «pelearse». Si para ello necesitan de tontos útiles o ambiciosos que les den temporal flotación ante la opinión pública, los usarán.

En otra palabras: el proceso de su pretendida «democracia (en realidad dictadura) revolucionaria» proseguirá utilizando, cada vez que las tensiones arrecien, a personajes ministeriables y supuestamente «centristas» e «independientes» para ir legitimándose. De manual.

Cualquier amago de «moderación» con nuevos colaboracionistas (como la que podría ocurrir con la coalición que le dio soporte a Vizcarra y Sagasti) siempre, siempre estará supeditado al objetivo de fondo: socavar vía sondeos lentos a la democracia liberal y la república mientras se apalanca desde abajo —y desde las calles— el proceso «refundacional».

Durante la segunda vuelta electoral, Pedro Castillo no solo buscó marcar aparente distancia del venezolano Nicolás Maduro y del boliviano Evo Morales con simples pronunciamientos cosméticos, también instaló una aparente línea divisoria con su directo auspiciador Vladimir Cerrón. Un falso «distanciamiento» y de conveniencia electoralista.

Estos gestos fueron movimientos obvios, que se esperaban venir, previsibles, ya que estas conexiones de Castillo ponían en riesgo sus cálculos de «moderación centrista» como con candidez o complicidad algunos sectores lograron arroparlo.

Castillo y sus asociados internos y externos sabían que sus lazos abiertos —gestados durante años de coincidencias ideológicas— eran contraproducentes en esos momentos para captar el voto de los electores indecisos.

Por supuesto, en esta coalición extremista puede haber fricciones internas. Pero constituyen el mismo proyecto totalitario. En mayo anotábamos en este espacio que el lector no debía tener ninguna duda de que de llegar al poder presidencial se reagruparían, se cimentarían aún más.

Y ocurrió. Los peruanos fueron premiados por el nuevo régimen con un gabinete prosenderista y cerronista, luego de ver a Evo Morales celebrando en plena capital y a todo lujo la llegada del «desvinculado» profesor al palacio gubernamental. Maduro y Diosdado también celebraron.

Pero lo cierto es que hoy ni Castillo se ha desvinculado de la extrema izquierda transnacional liderada por el castrochavismo, ni tampoco de las fuerzas prosenderistas infiltradas en diversas instancias estatales.

A estos flancos se agregan los nexos con el etnonacionalismo de Antauro Humala que de una u otra forma tendrá, exigirá también su cuota de influencia.

Aquí pues no hay separaciones ni líneas divisorias que se hallan activado. Hubo obvio e inicial cálculo táctico electoral que ahora se replica para afianzar posiciones ya alcanzadas en cargos públicos vitales y, a su vez, convertir en funcionales a las dudosas oposiciones parlamentarias. Una estratagema simple y chambona que insiste además en confundir a una ciudadanía cada vez más tensa ante lo que podría venir en términos de confrontaciones sociales políticas y económicas.

Llama la atención que no pocos en el periodismo prodemocrático en el país, estén haciendo eco de estas evidentes jugadas políticas.

En suma: tanto el castrismo chavista peruano, el senderismo (incluyendo a los actúan en el VRAEM), el emerretismo reciclado y el etnocacerismo hace tiempo soldaron sus objetivos de poder. Eso lo muestra una sencilla revisión de lo que estos sectores y sus operadores han estado propagandizando en los últimos años. Tanto con megáfono en mano en costas, sierras y selvas como en las efectivas redes sociales en línea.

Hoy estos agentes del extremismo van cosechando de estos esfuerzos alimentando el reclutamiento político e ideológico sobre todo entre los jóvenes.

Han logrado llegar al Gobierno; ahora les urge consolidar el poder real.

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