¿Venezolanos deben exigir intervención militar contra Maduro?

Enorme entusiasmo despertó en Venezuela y en el mundo libre que las fuerzas prodemocráticas eligieran como líder opositora a María Corina Machado a través de unas elecciones primarias sin intervención del régimen dictatorial. No hubo así chance de fraude. El resultado sin embargo será desconocido en ruta al proceso electoral presidencial del próximo año. Como ha ocurrido antes, el régimen apunta a ganar tiempo, a “pasear” los reclamos internos y externos por competir limpiamente.

Inescrupulosos como estos no dejan el poder hasta que alguien se los arrebate. Y quizá, asumiendo al fin esa condición, el mundo libre considere que la única forma de removerlos es ejecutando una presión (más allá de las agotadas sanciones económicas y la diplomacia que solo pellizcan a Maduro, Diosdado y sus asociados) que implique una intervención internacional (de base legal como el TIAR o el R2P), una fuerza mayor que ya no eluda el factor militar. Son millones de venezolanos que esperan una oportunidad de retornar a su país y suelen afirmar que ya no hay otra opción que el derrocamiento del cívico-militar Cártel de Los Soles que se adueñó de Venezuela vía una cubanización progresiva.

Esta estructura de poder político y criminal es hace tiempo un amenaza para la seguridad del continente. Por ejemplo, la narcotiranía chavista no solo exportó a criminales del Tren de Aragua al Perú para desestablizarlo social y económicamente, ahora incita con fines políticos desde Caracas la división entre la diáspora venezolana y los peruanos. Con sospechoso oportunismo ya apareció Antauro Humala desde el sur intentando usar la xenofobia electoralmente y hasta planteando “campos de refugiados que los alimente” la ONU, como en Siria, para los venezolanos en suelo peruano. Es impredecible el alcance que estas propuestas descabellados puedan tener entre ciertos sectores del electorado incitado hacia la violencia.

Maduro no dejará el poder

El chavismo y su controlador el castrismo, han sido pues unos innovadores de la “tiranología”. Ante los cómplices y los ingenuos intercalaron con habilidad —entre otras estratagemas— “diálogos”, “negociaciones”, “elecciones” y enorme violencia. Así se volvieron inamovibles del poder.

Hugo Chávez partió en 2013 por azar del destino. De seguir con vida, habría maximizado la intensidad de la escala de conflictos internos y externos en torno al problema venezolano que dejó de ser, desde hace tiempo, solo de los venezolanos. Chávez siempre lo dijo: lo suyo —y de sus asociados— era un proyecto de poder de largo alcance. Una operación política e ideológica que tenía como estrategia de fondo un proceso revolucionario de base cívico-militar. Tras fracasar en hacerse de la conducción del país por la vía armada y violenta, apostó por la “ventana táctica” (1997). Es decir, avanzar dentro del terreno “burgués” de la democracia representativa y electoral. Así, vía el voto popular y el audaz recalentamiento de los antagonismos y la conflictividad social, llegó al Palacio de Miraflores en 1999.

No fue la toma del poder, fue la inicial toma del Gobierno lo que obtuvo Chávez. El poder real lo daría después la aplicación dosificada de los principios revolucionarios bolivarianos dentro de la democracia políticamente libre, pero inadvertida. En paralelo, y en el tablero de ajedrez económico, las sorpresas no tardarían. El candidato y potencial dictador aseguraba que respetaría las precarias libertades económicas y la propiedad privada. Ya en el trono, el socialismo económico marxista fue montando su pesada infraestructura. La libertad de expresión y de prensa fueron también sus primeras víctimas. Los derechos humanos, ni qué decir. Así pues, poco a poco, vía sondeos lentos, el “Chávez revolucionario” fue avanzando, liquidando al “Chávez presidente” de la democracia representativa. Era el “Chávez versus Chávez”, que muy bien describió —y advirtió— el desaparecido periodista y analista político argentino venezolano Alberto Garrido hace ya veinte años.

El chavismo no es solo un simple o tradicional régimen despótico de signo político. Es una fuerza conectada a oscuras redes criminales de dimensión transnacional. Un proyecto de poder de largo alcance que no solo se fortaleció sobre la base de un proceso revolucionario político e ideológico, sino que además, en ese andar, llegó a establecer colaboraciones tácticas y reales vínculos estratégicos tanto con el narcotráfico como con el terrorismo internacional. He ahí su letalidad.

Con infiltración y constante asesoramiento castrista de orden ideopolítico, la lógica criminal y delictiva del poder encontró asidero. Varias veces Maduro (y Diosdado Cabello, número dos del chavismo) el continuador a dedo de Chávez amenazó que él solo saldrá muerto de la usurpada presidencia. Que la revolución durará “200 años” en Venezuela. El mismo Alberto Garrido resaltó en 2003 (cuando una inmensa mayoría subestimaba los peligros) algo que Chávez siempre advertía: “La revolución bolivariana jamás dejará el poder“. Dijo que hasta tenían derecho a “exportar su modelo“, como efectivamente ocurrió de forma ecualizada ahí donde buscó instalarse.

Hoy que el alcance del conflicto de contornos políticos y criminales se ha expandido y las remarcadas líneas divisorias muestran con mayor nitidez a sus efectivos soportes externos (Cuba, Rusia, China, Irán) Maduro y asociados le siguen apostando al mismo esquema irreversible.

Diosdado Cabello y Nicolás Maduro
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