En noviembre de 2019 el mandatario peruano presentó al experimentado embajador Hugo de Zela como candidato al cargo de Secretario General de la OEA. La elección será este 20 de marzo y Luis Almagro, quien ocupa hoy el cargo, va a la reelección por cinco años más con el apoyo contundente sobre todo de los EE.UU, Colombia, Brasil, Uruguay y Ecuador. La otra candidata es la ecuatoriana María Fernanda Espinosa exministra de Relaciones Exteriores de Rafael Correa, continuo aliado del castrochavismo. Esta candidatura sin duda jugará abiertamente por estabilizar a la dictadura socialista en Venezuela. ¿Por qué la postulación impulsada por Vizcarra ha generado incomodidad en algunos países antagónicos al chavismo? ¿Perú jugará a favor del ‘diálogo’ y la negociación imprudente y la impunidad de Maduro y la cúpula cívico-militar que lo secunda? ¿Se contribuirá de esta forma a desmontar la estructura delictiva y dictatorial? Vizcarra señaló que se busca «fortalecer la acción diplomática» de la OEA para la «atención efectiva de los asuntos prioritarios que competen a la vecindad continental, en un contexto regional marcado por la polarización».

Ciertamente hoy en el continente no hay nada más prioritario que la debacle venezolana y el penoso éxodo generado por la dictadura de corte criminal instalado en el poder. Sin embargo, el embajador Hugo de Zela ha venido señalando que, de ser electo en esta institución continental, retirará a Venezuela del centro de la agenda regional. Para él y, obviamente para el vizcarrismo gobernante, ‘descomprimir’ la agenda implica dar «prioridad a otros temas» que han sido relegados por atender la crisis venezolana. ‘No puede ser únicamente Venezuela» el foco de atención, resalta De Zela [05/12/2019. EFE]. Desde otro enfoque, para el reconocido analista y periodista Andrés Oppenheimer, esta postura que encarna De Zela propuesto por Vizcarra es un error. Para Oppenheimer la OEA no debe darle a Maduro un líder que sea conveniente para alargar su permanencia en la usurpada presidencia venezolana o descolocar a quienes han venido neutralizandolo. De fondo el analista hace eco a los pedidos de cautela a no facilitarle impunidad a los operadores chavistas a punta de ‘diálogos’ torpes y ‘encuentros’ ingenuos. Es decir, una diplomacia política que minimice las responsabilidades de la brutalidad dictatorial suavizando las denuncias o que colinde finalmente con el colaboracionismo o la complicidad. «Dos candidatos de la oposición [a Almagro], uno respaldado por Perú y el otro por dos países del Caribe cercanos a Venezuela, están haciendo campaña para evitar que Almagro gane un nuevo mandato como secretario general en las elecciones de la OEA del 20 de marzo. Será un voto secreto, celebrado en la sede de la OEA en Washington, DC.

Hablé con ambos candidatos anti-Almagro en los últimos días. Si bien son políticamente diferentes, está claro que si alguno de ellos gana, el nuevo líder de la OEA será mucho menos abierto sobre los abusos no solo en Venezuela, sino también en Nicaragua», advierte Oppenheimer. Eso no es todo. Para Oppenheimer decir [como lo hacen María Fernanda Espinosa y Hugo de Zela] que Almagro se «ha centrado demasiado en Venezuela a expensas de otros problemas regionales», es un absurdo. «Venezuela es la peor crisis humanitaria de América Latina en décadas. Al menos 4,7 millones de venezolanos han huido a países vecinos en los últimos cinco años. La economía venezolana colapsó en un 60 por ciento durante el mismo período. Millones más pueden escapar en el futuro cercano, forzando las economías de Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y otros países latinoamericanos. Si eso no es una crisis regional, ¿qué es? Si la OEA no se enfoca en Venezuela, ¿en qué debería enfocarse? ¿Celebrar cenas de gala para celebrar los aniversarios de independencia de los países miembros?», se pregunta Oppenheimer [14/02/2019. El Nuevo Herald].

En esta perspectiva algunas voces diplomáticas y políticas internacionales comienzan a señalar que el afán que se pretende desde esta postulación peruana es alejar a la OEA de la postura contundente y confrontacional representada por Almagro -con gran respaldo en Latinoamérica por cierto- contra los usurpadores del poder en Venezuela. Así, se daría cabida a los ‘diálogos’ y las negociaciones [socavando el aislamiento y las sanciones, además del influjo estadounidense como le interesa a Rusia y Cuba] que podrían volver a oxigenar a la narcodictadura. En suma, en viabilizar, con el apañamiento cubano, un proceso electoral organizado por el régimen que termine por dar impunidad y hasta una cuota de poder intocable a la cúpula chavista tras veinte años de tropelías y agresiones contra las libertades y los derechos humanos. La pregunta de fondo -y que parece no tomarse en cuenta- es si los venezolanos y demás latinoamericanos aceptarán este tipo de desenlace a la problemática.