Grandes sectores ciudadanos en las regiones y la capital se encuentran en medio de la incertidumbre y el recelo ante el ya irreversible pase del izquierdista antiliberal Pedro Castillo a la segunda vuelta electoral.

Quién competirá con él está aún por definirse voto a voto. Y como es usual, de ello dependerá cómo se removerán las líneas divisorias, cómo se relocalizará el poder y quién se hará de la presidencia.

Como además es obvio, las tensiones que dibujan nuestro particular sistema de conflictos se elevarán al máximo.

En la coyuntura, Aldo Mariátegui se equivoca al colocar a Corea del Norte como ejemplo central de lo que el triunfo de Pedro Castillo depara al país. No hay que ir muy lejos. Es de hecho (los mismos castillistas lo dicen por cierto) una mescolanza de lo que ocurre ahora en Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y la suicida -política y económicamente- Argentina, lo que amenaza a la mayoría de peruanos.

Castillo tiene muy cerca a Vladimir Cerrón, un bróker hincha e incansable del castrismo chavista en el Perú. Mientras para el partido «Perú Libre» (nada más y nada menos) que lanzó a quien hoy lidera la primera vuelta electoral, su alineación con el proyecto bolivariano es explícito. «El Perú hoy se une a la lista de países soberanos combatientes contra el imperialismo estadounidense. Saldremos del Grupo de Lima, de la Alianza del Pacífico y uniremos lazos con nuestros hermanos países de Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y Argentina. ¡Viva la patria grande!», gritan desde sus cuentas en las redes sociales y desde sus celulares iPhone.

Muy atento a lo que ocurría el domingo 11 de abril, Evo Morales (quien ahora vuelve a controlar Bolivia vía un «muppet presidencial») también lo ha anunciado. «Si la propuesta del pueblo gana en Ecuador y Perú volveremos al proyecto integracionista de la Patria Grande de Chávez, Néstor Kirchner, Lula y Correa ya que renacerá Unasur y se fortalecerá Celac, y con Runasur, que integrará a los pueblos, surgirá la América Plurinacional», tuiteaba con emoción el expresidente cocalero.

Ecuador, por fortuna, logró alejarse de la órbita socialista regional, eligiendo al antichavista Guillermo Lasso a la presidencia. Por un pelo los ecuatorianos se han salvado; algo así como ocurrió con los peruanos con la derrota del Ollanta Humala de polo rojo del 2006.

Es pues claro que una gestión de «Perú Libre», colocaría al país en consonancia a la izquierda extrema continental con epicentro en La Habana. Solo un ciego, un cándido o un parametrado podrían negarlo.

No faltarán por cierto los análisis que intentarán edulcorar o suavizar su letalidad poniéndo al extremista líder como un inofensivo «político razonable» o un «pragmático sin ideología».

Muchos factores pueden explicar la aparición de Pedro Castillo. Pero hay dos cruciales. Primero, la subestimación (sobre todo desde Lima) del alcance ideológico, de las narrativas políticas (más extremistas que radicales en realidad) que se han enraizado sin contricantes hábiles que les hagan frente en los distritos, provincias y regiones. Así, Castillo y asociados prosperan ante «pragmatismos» nebulosas y sin brújula política. Los actores empresariales formales (de todos los tamaños) se han sumado también a esta negligencia.

Y segundo. Desde Toledo, García, Humala y PPK se insistió en evadir reformar con seriedad aquel artífice de la mayor parte de los males nacionales: el Estado. Así, el aparato estatal resistente al cambio y claudicante en casi todos sus roles, alimentó los relatos con los que hoy el extremismo antisistémico se empodera. Por supuesto, la habilidad ha sido que el malestar se direccionó astutamente, más que a ese Estado inoperante, al «modelo económico» y la Constitución que lo contiene.

Pero ha sido sin duda la gestión pública (infestada de corrupción y despilfarro) la generadora innegable del enorme malestar en muchas partes del país

Ciertamente, han sido Vizcarra y Sagasti los protagonistas últimos, los coronadores del actual desastre. La pandemia fue finalmente el peor contexto para mostrarnos ese Estado fallido que nos caracteriza.

Con su ineptitud Vizcarra y Sagasti abonaron al crecimiento de Castillo y del partido de profunda raíz antiliberal «Perú Libre»; grupo que hoy hegemóniza el chiste político que se vive. Una organización cuyo objetivo máximo está en cancelar sobre todo el aspecto económico de la Constitución «neoliberal» (?) de 1993 y establecer un control politizado y peligroso de todas las instituciones. Si es posible su desaparición (como es el caso del Tribunal Constitucional).

¿Cuánto de responsabilidad hay en que Vizcarra y Sagasti hayan dejado todos los problemas nacionales irresueltos? ¿A quiénes ha beneficiado, quizá hasta producto del cálculo político, que las tensiones se expandan sin solución?

Hace varias décadas cierta rama de la ciencia política indicaba que cuando un sistema político activaba todos sus conflictos a la vez, reventaría en pedazos. Era finalmente como construir sobre las cenizas; destruirlo todo para «refundarlo todo».

Cuando no hace mucho Sagastii (funcional a la retórica izquierdista al igual que Vizcarra) se hacía cargo de la presidencia peruana, resaltó que no tendría problema en crear y dejar el «momento constituyente» para un cambio profundo.

El posible triunfo de Castillo quizá puede estar generándole un expectante optimismo.

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