Alfredo Vignolo

Acerca de Alfredo Vignolo:

Periodista; Presidente de la Fundación Ética Periodística y Presidente de la Comisión Patriótica para la Defensa del Mar de Grau.

LA ÉTICA PÚBLICA

  • Fecha lunes 9 de julio del 2018
  • Fecha 9:21 pm

Ante los vergonzosos hechos:

La opinión pública se asombra cada vez menos ante las acusaciones de corrupción que afectan a quienes ocupan las funciones del Estado.

El drama del poder radica en que pone a personas ordinarias frente a tentaciones extraordinarias. No hay duda de que, al llegar al poder, innumerables timbres y contactos abren el ancho campo de un enriquecimiento personal que supera muchas veces la fantasía ¿Si las tentaciones del poder son extraordinarias, cómo podrían resistirlas los hombres ordinarios?

Lo asombroso no es que haya corrupción, sino que no haya más todavía. Porque sólo hombres extraordinarios podrían resistir las tentaciones del poder y esos, lo sabemos, escasean.

Se puede temer que los poderosos sucumban ante las tentaciones extraordinarias si prueban ser hombres ordinarios, lo previsible es que los funcionarios de menor jerarquía, sepan controlar las tentaciones ordinarias que los rodean. También existe otra corrupción hormiga por impulso de la cual los funcionarios ordinarios, ceden con frecuencia ante las tentaciones ordinarias que se les presentan. Quizás contribuya a esta situación la falta de una ética pública, lo que ha florecido es la impunidad y el olvido…

Hay hechos que no están previstos en la ley como infracciones, pero que de una u otra forma causan enorme perjuicio al romper el equilibrio para una relación entre las persona. O, en otros casos, no obstante la vigencia de la ley, ésta es vulnerada como se estruja un papel inservible, para  favorecer a quienes detentan algún poder ya sea político y/o económico.

El escándalo y el daño que esto origina dan lugar a la reacción que demanda una enmienda en la conducta, sobre la base de sólidas fórmulas culturales y morales. Una de éstas es la organización de entidades encargadas de velar por la ética pública.  El éxito o fracaso depende de su idoneidad e independencia, imposibles si tales instituciones surgen y actúan bajo el alero de los gobiernos, porque sus personeros se preocuparán de evitar o cubrir las críticas adversas surgidas del clamor público por actos deshonestos.

Y aunque no hay un organismo oficial que “cautele” la ética pública, es oportuno que la sociedad civil -al margen de cualquier línea ideológica- forme una institución a la que se le confíe tan delicada, difícil y hasta riesgosa pero o urgente tarea, el país ya no da para más. Como toda entidad de resguardo moral, sus acuerdos no tendrían fuerza coercitiva pero servirán como cuestionamiento de honor, –palabra inexistente para muchos-  de lo antiético que se comete al en los estamentos del Estado.

Lo público no es algo inestable que “flota” y que de manera indebida puede estar a expensas de intereses, autoritarismo ni de la obsecuencia sumisa de quienes estando obligados a cumplir un deber, no lo hacen.

Ética pública es responder espontáneamente a los deberes de función, sin mácula; es la ética social fundamentada en los valores supremos.

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