Acto de fe

El Presupuesto 2019 del Estado peruano es de unos 168 mil millones de soles, un monto casi 7% mayor que el de 2018, pese a que la economía crecería 3.9% en el más delirante escenario del optimismo. Algo no está bien acá.

Algo más no está nada bien. El Presupuesto que se da el Estado peruano para 2019 equivale a unos 50 mil millones de dólares, y el tamaño de la economía peruana es de unos 200 mil millones de dólares. Es decir, se lleva de entrada una cuarta parte de la torta y a cambio -salvo por la excepcional calidad humana de personas individuales- ofrece a los peruanos una seguridad ciudadana, una salud y una educación inaceptables. Las virtudes de personas individuales, por mucho mérito que tengan, no no pueden compensar la ausencia de un sistema que sea fruto del trabajo humano organizado.

La tercera falla en el Presupuesto 2019 es que las entidades subnacionales -los gobiernos regionales y locales- consiguen para sí en esta ocasión lo que posiblemente sea el mayor presupuesto de su historia: 50 mil millones de soles, es decir el 30% del Presupuesto del Estado peruano (y el 35% del gasto en inversión).

Claramente, esta es una apuesta del gobierno con la complicidad del Congreso a que las entidades subnacionales pueden identificar y ejecutar mejor la inversión (y el gasto corriente) del Estado. ¿Será que tanto el presidente de la República como el del Consejo de Ministros provienen de gobiernos regionales -de Costa y Selva- y”creen” en eso? Es un acto de fe.

Uno que, sin embargo, no estamos obligados a compartir. ¿Es esa realmente una buena idea?

Veamos. Los 50 mil millones de soles en cuestión se reparten en 24 mil para los gobiernos regionales y 16 mil para los locales. Es decir, los primeros se llevan dos tercios de todo eso.

Durante el gobierno de Toledo (es un decir), una regionalización fallida de nacimiento con una arquitectura fatalmente mal diseñada (que vino de la mano con la elección de presidentes de las regiones) desembocó durante el gobierno de García -en medio del colapso de la burbuja global de 2008 y ante el inminente desplome del crecimiento- en que el gobierno transfiriera a las regiones de manera vehemente la enorme mayor parte del Presupuesto.

Tal decisión solo podía ser acertada si estas se hallaban ya en condiciones de ejecutar mejor que otras entidades -ya fuera el gobierno central o las empresas mediante obras por impuestos-. Pero no lo estaban. Los gobiernos regionales ciertamente no estaban a salvo siquiera del virus de la corrupción, más cerca de Dios como los niños o el “buen salvaje” de Rousseau. El acto de fe fue un monumental error estratégico.

El hecho de la experiencia es que esa transferencia fue el origen de la más abrumadora ola de corrupción que el Perú ha conocido jamás. Comenzó en Ancash y se fue extendiendo como una mancha de aceite a otras regiones, sin ningún control. Pequeña escala, desde luego, al lado de lo que ocurría paralelamente con las empresas brasileñas en los megaproyectos de obra pública. La complicidad fue total, en todo el Estado peruano.

Pero, sin haber aprendido nada, aquí vamos de nuevo.

Los gobiernos subnacionales se llevan este año de 2019 no solo el mayor presupuesto de su historia -50 mil millones de soles-, sino un aumento de 20% respecto del año anterior. ¿Con qué argumento? ¿Ha mejorado su capacidad de gasto? ¿Ha sido erradicada la corrupción? ¿Esta la Contraloría, al menos, preparada ya para lidiar con esto?

Se trata de un nuevo acto de fe. Como decía Einstein, seguimos haciendo lo mismo y esperando resultados diferentes. Bien inteligente.





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