Demolición de los héroes

Los últimos héroes del siglo XIX americano fueron hombres como Vanderbilt en los trenes, Rockefeller en el petróleo, Carnegie en el acero, JP Morgan en la electricidad o Henry Ford en el automóvil. Fueron capitanes de la industria que construyeron Estados Unidos. Hoy, en la era de la posmodernidad y la realidad virtual, nos hemos dedicado a la demolición de los héroes. No hay sitio para ellos en un mundo lleno de desencanto y suspicacia.

No obstante, a veces la marea de descreimiento parece ceder derrotada por la resurrección de los héroes, los del pasado, donde es difícil distinguir entre el hombre y el mito. Basta revisar el menú de Netflix, donde todos los pueblos de la Tierra están contando su historia. Allí están renaciendo los emperadores romanos, y también los vikingos y sajones de la alta Edad Media; los gobernantes mongoles de la China de Marco Polo; los Papas y banqueros del Renacimiento y el Terror de Savonarola en la Florencia de los Medici; también los clanes escoceses del siglo XVIII; los fantasmas de Versalles de Luis XIV y el trágico final de esa era en el Terror de la guillotina; los constructores del Imperio Británico alrededor del globo; y los zares de Trotsky, Lenin y los bolcheviques de la revolución rusa. Todos bajo una mirada crítica, pero bondadosa.

No hace falta recurrir a la ficción. La realidad es mil veces más fantástica. Hay en efecto un caso en que la resurrección del héroe ocurre en la realidad de hoy. Viene del mundo musulmán, del Islam, y es la historia del héroe fundador del Imperio Otomano, que llegó a ser el más grande del mundo y duró más de 600 años desde el siglo XIII hasta la Primera Guerra Mundial. Es la saga del gran Ertugrul, origen de la dinastía de los otomanos, enemigos del Imperio Español de Carlos V en el siglo XVI y del Imperio Británico en el XX.

Lo que sucede ahí, sin embargo, es la refundación posmoderna de la identidad de la vieja Turquía, occidentalizada por Ataturk, aliada de la OTAN, y amiga de Rusia desde siempre y hoy.

Solo que en esta narrativa no hay matices en el héroe, ni en sus múltiples antagonistas (entre quienes destaca el general mongol Noyan y su chaman Uduvilge). Son héroes o villanos full time, aun si hay espacio para migrar entre esos extremos y para la conversión sincera. El carisma de esta producción de televisión ha tenido al pueblo turco fascinado a lo largo de sus más de 200 capítulos.

Es la construcción de la realidad. Algo que Occidente no ha visto en décadas, educado como se halla en el claroscuro de la contradicción moral del héroe para reflejar la “realidad” histórica de una manera descarnada y brutal, lo que ha traido consigo la demolición de los héroes.

La producción turca está tomando el mercado sudamericano. La cuestión es que al patecer los héroes parecen indispensables para las sociedades emergentes. En el video en las redes de una manifestación política reciente en Estambul en respaldo del atribulado presidente Erdogan, ante miles de personas con banderas turcas y el presidente y su esposa en primera fila, aparecen en el estrado los héroes de la narrativa televisiva de Ertugrul vestidos de uniforme de batalla. No son los actores, son sus personajes los que están físicamente allí, y el pueblo aplaude agradecido.

Es el mundo de hoy, donde la frontera entre la realidad y la ficción ya no se sabe exactamente dónde se halla y a nadie le importa. Ya sea que se trate de una grosera manipulación o de un recurso legítimo, lamentarse está demás. El hecho es que en el mundo musulmán los héroes están en plena resurrección. Y quizá en Occidente también.





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